Siempre supo que el día en que llegaría hasta su puerta la
persona indicada, lo sentiría en toda la piel. Así como se siente una brisa de
frío viento en los brazos en el invierno, así sería la sensación de tener
frente suyo a su “otra mitad”. Hasta aquel momento nadie pudo hacerla levitar
con tan solo un “buen día”. Sofía se crió desde que vino al mundo de los
terrestres en un barrio de Lomas de Zamora. No era un lugar céntrico, pero
tampoco alejado de señal humana. Le gustaba su barrio. Si bien no había
atracciones varias, solía pasear algunos fines de semana por sus calles. No tenía
muchos amigos allí, sólo una amiga, Marisa, que conoció en el colegio secundario.
El barrio era un espacio tranquilo, con casas no muy grandes ni chicas. Hasta hace
poco la mayoría de las calles eran de tierra, ahora son asfaltos. Cambió mucho
el paisaje. Vivía en una esquina, en una casa de color blanco, con un garaje y
un pequeño patio acechado de plantas florales y frutales. Pasaba gran parte de
su día ahí dentro. Sofía disfrutaba cada momento a solas en su pequeño mundo. Para
ella tener todo en orden ahí, era un lujo. Era su pequeño paraíso, el lugar al
cual podía volver cuando necesitara porque las puertas estarían abiertas
siempre. Adentro, la casa era acogedora desde la entrada hasta la puerta del
fondo. Pintada con un color verde casi celeste, la sala presentaba una mesa
amplia con cuatro sillas alrededor. Una mesa lo suficientemente grande para
guardar las cosas de Sofía, ya que en su cuarto no entraban todas sus
pertenencias. Es que desde que ingresó a la universidad, los cajones se
llenaban de apuntes y libros. A un costado de esa mesa, estaba la máquina de
coser, asunto pendiente de toda la vida de Sofía: aprender a coser a máquina. Entrando
más hacia su casa, se ubicaba la cocina, sin lujos, lo necesario, una cocina,
la heladera, una mesa contra la pared, y un armario donde guardar las
galletitas para la hora del desayuno o del mate. Luego, siguiendo el pasillo,
estaba la habitación de su hermano mayor y en el frente, la de sus padres. Llegando
al lavadero, al fondo de la casa, residían sus mascotas: tres perras mestizas, (dos
de siete años y una de seis), que le alegraban los días, siempre y cuando no se
pongan demasiado mimosas. Frente a la cocina estaba la puerta de la habitación
de Sofía. Ese lugarcito mágico que encerraba tantos secretos como letras en un
diccionario. Su mundito era igual de sencillo y sereno como ella. Una cama, un
escritorio, su guardarropa, un armario y una silla de escritorio. Cuadros de
fotos en las paredes, y una guitarra en una de las esquinas. La cama estaba
pegada a la ventana, por lo cual cuando hacían días de pleno sol, Sofía levantaba
toda la persiana para que la inunde los rayos, sea verano o invierno. Ese lugar
encerraba todo sus sueños, sus proyectos, sus anhelos. Sus historias
inventadas, imaginadas, que la hacían volar aunque físicamente tenga los pies
en la tierra.
Así de soñadora, con detalles específicos, Sofía contaba los segundos de una manera diferente. No quería dejar pasar absolutamente nada de todo lo que vivía. Al fin estaba entrando a su vida alguien que pensó que tardaría un poco más en llegar. Es más, pensó que nunca lo haría. De pequeña escribía cosas relacionadas al amor y desamor de las personas. En otra vida seguro fue musa de algún poeta. De eso estaba segura. Y quizás por esos relatos que leyó y escribió, creía que su “amado” se tardaría una década más. En fin.
De la
misma manera en que una cámara graba el atardecer lentamente, ella soñaba
despierta el encuentro que la acercaría aún más a Joel: la primera cita.
Viajó
en colectivo hacia el lugar, mirando a la nada por la ventanilla, escuchando
música, se le perfilaba una sonrisa leve. Se sintió como en las publicidades de
shampoo, el viento hacía un efecto de ola en su pelo, y sus ojos brillaban cual
monedas de oro. ¿Qué le pasaba? No sé, yo tampoco lo sé. Y después de ese día,
lo sabría. Algo en su pecho se lo decía y aseguraba que así sería.
Sin
ningún tipo de nervios encima, sin planear nada de antemano para que todo fluya
según el transcurrir de los minutos, sin ningún miedo entre sus manos, fue
hasta el lugar acordado. A la hora señalada. Y ahí estaba él. Uno más entre las
personas que rodeaban la calle. Pero era el “extraño” más interesante que
conocía. Por algo estaba ahí.
Sofía
nunca fue, ni sigue siendo, muy verbal. No digamos que le cuesta expresarse,
porque no es así. Sólo que a veces no cae muy bien en su carácter que le digan
que es callada. Ella no habla de más, sólo lo necesario y si es necesario.
Tampoco por eso es que sea seria. Etiquetemos esa característica como “no es
muy verbal”. Y menos con alguien con quien se está conociendo. Sofía es
encantadora, así y todo no sea verbal.
Joel
había llegado de sus vacaciones laborales en Uruguay. Trabajaba en la parte
administrativa de una sucursal de estudios terciarios. Durante los días de descanso no
dejaron de estar en contacto permanente, así aún sacrificaran el crédito de sus
celulares. ¡Qué importaba! Era la mayor alegría sorpresiva que recibía Sofía
cada jornada.
Recuerdo
un día nublado, casi tarde noche, en el que se estaban mensajeando. Ella dijo:
- Acá está nublado, ah! cierto que el sol
está en Uruguay
- Jaja! Sos preciosa!
Nada
era comparable con aquel “sos preciosa” que jamás se borraría de la memoria.
Era mitad
de enero. Sábado 21 de enero para ser exacta. Sillas y mesas redondas, sol
pleno, verano en el primer mes, lo ideal: helados. Y fue en ese lugar donde se
vieron por primera vez cara a cara. En una heladería. Dulce de leche, crema
americana y frutilla, clásico.
Ella
no sintió nada de mariposas en el estómago, pero podría asegurar que se perdió
al instante en su mirada, en ese brillo particular. Él no dejaba de mirarla,
como si quisiera dibujarla en su retina, y no olvidársela más. Recorría el
contorno de su figura con sus ojos. Ella tan plena, tan sonriente, tan ilusa.
Tan ella.
Hablaron
de todo un poco. Debían conocerse, al menos en ese momento, mediante palabras.
Contar gustos, placeres, pasatiempos. Esas cosas que, quizás, tendrían en
común. Sofía habló de su carrera, del por qué la eligió, y por qué
le gustaba la comunicación. Ella no supo explicar con palabras exactas lo que
tanto le apasionaba, que era la escritura, y que por medio de ella se podía
expresar.
A medida
que el helado se derretía en el pote, y él quemaba algún que otro cigarrillo, las
sonrisas y las miradas emanaban y viajaban en el aire como ondas
electromagnéticas, o de esas que hacen funcionar los celulares.
-Hay algo que quiero decirte. No lo hice por
mensaje, porque lo quería hacer en persona.- dijo Joel, mirando fijamente a
Sofía.
-¿Qué? Decime.
Casi
con una voz temblorosa, o un poco nerviosa, que se notaba hasta en la mirada,
Joel se animó a decir:
-Te quiero
Y la
besó.

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