Luego
de aquel beso que marcaría su historia, Sofía comenzó
a creer en los cuentos de hadas. No tanto así de cursi, pero veía las cosas con
lentes de diferentes colores. Hasta ese momento no sabía por qué algunos decían
que los que están enamorados tienen cara de idiotas, o andan en la pavada.
Ahora lo confirmaba cada mañana cuando se veía al espejo. Aunque todavía no se
sentía enamorada, su tarea cotidiana más importante era esperar a que él se
acuerde de ella y la deje boba con algo que le diga. Le encantaba eso.
Mientras estaba de vacaciones, Sofía ocupaba su tiempo de
ocio haciendo las cosas que más le gusta, como leer o escribir. En ese verano
intentó volver al dibujo, pero no tuvo demasiado éxito. De chica dibujaba muy
bien, le encantaba hacer garabatos en las hojas de sus cuadernos, pero nunca
estudió de manera profesional, y fue porque no la atrajo mucho esa idea. Quizás
más adelante, en unos años. En cambio, leer y escribir eran las cosas que la
tomaban de la mano y la sacaban del mundo terrenal. Nunca supo por qué, pero
escribir la liberaba, y leer la relajaba. Lo llevaba en el ADN.
Ahora su tiempo era ocupado por alguien, y no por algo o algún
pasatiempo. Unas cuantas partes de ella le decían que por fin llegó a su
vida el merecedor de su cariño. De sus noches, sus días, su atención, su
cuidado, y etc, etc, etc, de cosas que le inspiraba la otra persona. Las letras
que alguna vez de adolescente escribió tendrían, ahora, un destinatario. Y
ahora escribiría nuevas cosas. Ya no poemas de desamor, de ilusiones baratas
sacadas de una feria de barrio. Ya no relatos breves de personas que creyeron
tocar el sol sin quemarse. Joel apareció como por arte de magia, y quizás por
eso fue más sorpresivo aún todo lo que comenzó a vivir. Apareció para que Sofía
escribiera poesías que dibujen con palabras lo
que los latidos no decían con un electrocardiograma.
Sus anotaciones y cuaderno estaban religiosamente guardados
en su mesita de luz. Ahí quedaban alojadas sus letras que, por lo general, brotaban
de noche. Siempre fue ese momento del día en el que se encontraba más
inspirada. Al menos así era desde que comenzó a escribir a los quince años. Cuando
Sofía releía esos escritos, a veces se espantaba de la manera en que se
expresaba, pero se disculpaba ella misma porque razonaba que en ese momento era
más joven que ahora. El tiempo supo pulir su manera de tomar el lápiz y, ésta
vez, garabatear letras con sentimientos. Nunca fue perfeccionista, ni con ella
misma ni con nadie. Pero, tampoco era conformista. Estaba parada en un punto
intermedio. Para las cosas que ella hacía, o le tocaba hacer, siempre buscaba
la forma ingeniosa de hacerla de manera muy satisfactoria. Quizás, esa actitud
le quedó desde la escuela primaria, porque en cada tarea tenía una nota alta, y
su boletín de calificaciones era casi excelente, por no decir admirable. Era la
más inteligente del salón, pero Sofía prefería creer que era la más astuta en
resolver los problemas, o las tareas.
Nunca supo desde cuándo le gusta la literatura, es un amor
sin tiempo. Y uno de sus tantos sueños es llegar a muchos lectores igual que ella,
algún día. Que admiren sus letras sin la
necesidad de tener que otorgarle ningún premio. Y por lo pronto se expresaba en
cartas hacia sus amigos en sus cumpleaños u ocasiones especiales, esperando
aquellos ojos que se asombren al parpadear ante sus letras por tanta ternura
desparramada en una hoja con dedicatoria.
Pero tenía miedo. Acaso hay un manual de cómo conocer
personas, de cómo tratarlas al principio. No hay detector de gente que miente,
a no ser los que usan los detectives, pero son caros. Al menos nunca los vi en
ventas de Sprayette. Y es por eso que Sofía sentía miedo. A que fuera mentira,
a que aquellas cosas lindas que sentía, que más que mariposas eran halcones,
fueran inventos de ella misma.
El
miedo era compartido. Un día, no recuerdo cuál de la semana, Joel le envió un mensaje diciendo, entre otras cosas, que
tenía miedo. ¿Miedo a qué? A que todo eso que estaban viviendo se esfumara como
el humo de alguien que fuma un día de otoño muy ventoso. ¿Cuál fue la respuesta
a ese mensaje?
“No tengas miedo, yo también lo tengo, sin
embargo quiero apostar a que esto es real”
La invadía, claramente, un mundo de sensaciones.
Estaba poco a poco empezando a dejar entrar a alguien, a ese “extraño”, en su
corazón. Ella tampoco podía estar segura de que el suelo que pisaba era seguro.
Pero con cada gesto, con cada palabra, cada detalle que Joel tenía con ella,
sumaba un punto para que los pasos que daba no tengan dudas en el costado.
Centímetro por centímetro pisado, Sofía, abrió
la puerta de la habitación de la confianza. Sí, él se estaba ganando su
confianza. Cómo dudar, si hasta los acentos en todas las frases tenían en sus
puntos finales una red contenedora. Ella se sintió
muy bien. No había experimentado tal emoción de plenitud al sentir que le
importaba a alguien. A alguien que no es amigo, pariente, o cobrador de deudas.
Cómo
no sentir cosas en la piel, como un millón de hormigas recorriendo el brazo,
cuando al enviarle una fotografía de un hermoso paisaje uruguayo, le dice
tiernamente:
-¿Sabés qué falta en esa foto?
-¿Qué cosa?
-Nosotros dos abrazados.
Era
él, debía de ser él. Ese que se robaba de a poco cada neurona de su cerebro, que la dejó tonta al hablarle, que la dejó soñando despierta. Que no permitía
día gris en su calendario, tenía que ser él, su
sol.
Sofía
comenzaba a sentirse importante para alguien especial, que le dijo “te quiero”
al besarla.
No supo si pecaba de inocente. Pero, cómo dudar de una
acción como esa. ¡Imposible dudar!

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