lunes, 25 de febrero de 2013

Capítulo 9- Al día siguiente




Ese mismo día que Sofía recibió su regalo, quedó en ir a visitar a Joel la jornada siguiente. Mientras buscaba un lugar para ubicar al oso, pensó en un nombre posible para ponerle.
Sebastián, no. El oso Facundo, no. Carmelo, tampoco. Igual que Joel, mmm, no.
Bueno, ya se decidiría más tarde, por el momento comenzó a buscar una bolsa transparente lo suficientemente grande para envolver el peluche. No quería que se llenara de polvillo con el paso del tiempo, así que decidió buscar algo para cubrirlo y evitar suciedades. Además, porque quería conservarlo tal cual lo recibió el día de su cumpleaños. Buscó en el fondo de su casa, allí donde guardan diversas cosas, como partes viejas de bicicletas, bolsas de supermercado, juguetes en cajas de cartón o madera, alguna que otra herramienta, y pedazos de frazadas que ya no se usan pero que sirven de abrigo para sus mascotas en invierno. Ahí buscó y encontró una bolsa plástica que sólo tendría que cortar un poco para abrirla y poder poner el oso dentro. Así lo hizo, sin perder tiempo, tomó sus tijeras y cortó el nylon mientras tarareaba una canción que escuchó por no sabe dónde. Buscó la cinta scotch en la caja que estaba sobre su escritorio, al lado del parlante del equipo de música. Comenzó a cortar pedacitos de casi cinco centímetros cada uno, para poder pegarlos cómodamente y que se quede bien en el plástico. Listó, lo encontró, le surgió el nombre perfecto para el oso: Román. No supo por qué, pero le gustó. Lo repitió cuando ponía los dos últimos tramos de cinta en la bolsa que, por razones de cuidado, terminó siendo la ropa que usaría el gran oso de peluche, ya bautizado. 
Ya casi de noche, y siendo la hora de ir a cenar, Sofía dejó lo que estaba haciendo en ese momento, que era acomodar su regalo especial en la mesita de luz frente a su cama, y fue a comer. Después, buscó su cámara de fotos y siguió tomando algunas más a Román antes de irse a dormir. En realidad, antes de irse a dormir decidió elegir la ropa que se pondría para el día siguiente. Todo sencillo. Como siempre fue ella, sencilla, simple. Y eso seguro era lo que le gustaba a Joel. O eso, o algo más que Sofía tenía y que ella no se daba cuenta. Pero, no le importaba averiguarlo ahora. Habría tiempo.
Llegó la mañana de ese sábado. Sofía estaba tranquila, dentro de todo. Quedó en verse con Joel por la mañana. Él la iría a buscar en punto de encuentro en común para que no viajara sola ni se perdiera. Allí estaba esperándola ansioso, hace mucho que no la veía, y ya quería estar en su compañía. Sofía bajó del colectivo, le envió un mensaje para preguntar qué camino tomar, o dónde esperarlo exactamente. Acordaron encontrarse una esquina, cuando se localizaron se dieron un beso, ella sin darse mucha cuenta, comenzó a sonreír. Tomados de la mano comenzaron a recorrer el camino hacia la casa de Joel. Mientras conocía el lugar al transitar por sus calles, Sofía comentaba lo lindo que lo pasó en su cumpleaños, y todo porque le llegó un regalo muy especial, más por su remitente que por lo material. Le contó lo que le hizo al oso antes de encontrarle un lugar adecuado en la habitación, cuánto le costó encontrar algo transparente para cubrirlo, y cuánto trabajo le dio envolverlo bien para que no haya ningún orificio por el cual se cuele la mugre. También le comentó el nombre que le puso, y al decirlo Joel mostró una expresión de mitad sorpresa, mitad rareza. No le convenció mucho ese nombre, es más, se lo dijo a Sofía. Le dijo que no le gustaba mucho, pero que lo aceptaba si a ella le parecía bien. Al fin y al cabo el regalo era de ella.
Cuando llegaron a la casa, la mamá y el papá de Joel estaban en la cocina-comedor. La casa era bastante cómoda y placentera. Era un ambiente pacífico, uno de esos hogares en donde se respira tranquilidad. Era más chica que la de Sofía en cuanto al tamaño del edificio, porque en la cantidad de habitaciones eran las mismas. La sala, la cocina-comedor, a la derecha las dos habitaciones y en el medio de éstas, el baño. Por la puerta del fondo se sale al amplio patio, donde tiene lugar la vivienda de los dos perros, y el auto. Tomaban mate. Claudia, la mamá de Joel, le invitó a tomar con ellos, de todas formas saldrían un rato a hacer unas compras y podrían compartir aunque sea unos cuantos. Sofía aceptó, claro, no quedaba bien que se niegue al primer momento de conocerlos, y menos en su propia casa. Igual, a ella le encantaba el mate, así que no hubo problema por esa parte.
Luego de un par de minutos de mateada, los padres de Joel salieron a realizar sus quehaceres. Sofía y él quedaron solos en la casa. De más está decir que lo único que hicieron fue consentirse en abrazos, viciarse en besos, en miradas, en sonrisas. La tele prendida, y la ronda de mates que no quería finalizar. Sofía pasó un día esplendido junto a su novio Joel. Hasta se animó a decir que mejor que su propio cumpleaños. Fue soñado. Ni en la más ilusa de las mujeres enamoradas se podía haber cruzado la idea de que tanta dulzura quepa en menos de 24 horas. Lo amaba.

lunes, 18 de febrero de 2013

Capitulo 8- El gran regalo




Llegó el día más esperado por Sofía. Llegó el viernes. Y esta vez no lo esperaba con ansiedad sólo porque fuera su cumpleaños número 23, sino porque Joel le tenía preparada una sorpresa. Fue tanta la propaganda que recibió, que casi no pensaba en otras cosas más que en el regalo.
Día soleado. Pocas veces en el cumpleaños de Sofía se vio tan espectacular el cielo. Sin mucho calor, despertó temprano con muy buen humor. Desayunó en soledad, porque los demás salieron a hacer sus diligencias. Preparó una taza con matecocido con leche, galletitas de agua con mermelada de ciruela. Mientras se calentaba la infusión, fue hasta la puerta principal de la casa, miró al cielo y lo vio despejado. Sólo una nube pasaba por encima de ella en ese momento. Tantas veces ella se sintió en una de esas cuando Joel le decía que era hermosa, o que le encantaba estar con ella. Después fue hasta su cuarto, se peinó, porque aún no lo había hecho. Siempre tuvo el pelo largo hasta llegarle a la cintura. Pero, hace un par de años, se lo corta a la altura de los hombros. Era más como llevarlo así, o al menos un tiempo. Si algún día quisiera dejarse de nuevo el pelo más largo, lo haría. Su look dependía de las ganas que tenía ella. Y al volver a la sala y rever esa nube, sin darse cuenta dibujó una sonrisa delatando su felicidad permanente. Como di estuviera en estado de éxtasis sin haber consumido ningún tipo de estupefacientes más que el recuerdo de Joel en su mente. Esa era la droga lícita más bella que la tenía en paz. Con la frente iluminada de recuerdos y de esperanzas de futuro entre sus brazos, Sofía desayunó tranquila, mirando pero sin ver el noticiero en la televisión.
Después de desayunar se puso a limpiar, esperando un mensaje de él. Era casi un ritual mirar el celular y ver que allí estaba, un mensaje de Joel.
Supuestamente el “gran regalo” llegaría entre las diez y las once de la mañana. Eran las 10:50 y Sofía ya no tenía tanta ansiedad, se le fue pasando mientras tomaba mates con su mamá que había llegado hace unos minutos de hacer las compras y se disponían a prepara el almuerzo.
“Joel me dijo que me va a llegar un regalo”
Le avisó a su madre que, con cara de sorpresa feliz, le dijo que quería saber qué era lo que le regalaría. Sofía admitió no saber qué cosa es lo que va a llegar a su casa. Levantando los hombros y haciendo “puchero” con la boca, dio a entender que Joel nunca dijo qué le daría en su cumpleaños. Era una sorpresa, entonces por eso no podría saberlo con anticipación.
Hace unos días cuando Sofía llegó de sus vacaciones, no tuvo oportunidad de volver a ver a Joel. Lo extrañaba, sí y mucho, pero sabía que al llegar el fin de semana lo iba a ver. No era fácil eso que pasaba en su interior. Podía disimular que ese hecho la emocionaba por demás, podía cambiar de tema rápidamente para que no le llovieran más preguntas, podía escaparse de esos laberintos, era buena en el escapismo. Pero, algo dentro de ella le decía se deje de bobadas, que confíe, que el que no arriesga no gana, y Sofía quería ganar, por supuesto. Vio en Joel alguien distinto, no era como los demás. Qué cosa era, no sé. Nunca lo dijo ni lo expresó en ningún lado. Tal vez, el brillo de sus ojos, que fue lo que siempre la encandilaba. O quizás su personalidad de hombre ocurrente, juguetón, tierno, caballeroso. Quizás porque no tenía definición, y ni siquiera se asemejaba a alguna existente. Y si mal no recuerdo ella le escribió un poema diciendo justamente eso, algo así como: “A veces me quedan cortas las palabras y sus significados, por eso prefiero quedarme callada y sólo mirar el brillo de tus ojos, tan adorables, tan tiernos, tan puros para mi.” Y en tan pocas palabras, ya que su personalidad verbal es bastante breve, pudo explicar apenas unos gramos de todo el peso que le da eso que sentía.
Pasadas las 11, sonó su celular. Era él, avisando que el correo se va a retrasar un poco pero que no se preocupara porque el regalo lo tendría ese día.
Cinco horas más tarde, tocaron el timbre de la casa de Sofía. Atendió su papá. La llamó.
“Te traen un presente”
Sofía, aparentando calma, pero queriendo ir corriendo a 200 kilómetros por hora, se dirigió hasta el portón de la vereda. Con rejas altas, de color negro, mallas metálicas de color gris. Atendió al mensajero. Firmó el papel de constancia de recibo. Lo único que pudo ver en ese momento era un gran envoltorio negro, el regalo estaba dentro de una bolsa de residuos porque le facilitaba el transporte al muchacho de la moto. El envío era grande, y bultoso. No era pesado, pero sí era grande. Algo que ella no esperaba que fuera.
De manera fugaz, Sofía llevó el bolso a la sala de su casa. La esperaba su mamá y su hermano. Lo abrió cuidadosamente. Dentro de la bolsa negra había otra bolsa de tela color roja con un gran moño dorado. Y dentro de esa bolsa estaba el regalo. Casi de inmediato la cara de Sofía se moldeó para dejar ver su sorpresa con una mezcla de emoción. Aunque más bien era dulzura lo que inspiraba su rostro. Por fin, ese regalo que la iba a enamorar según palabras de Joel estaba frente a ella. ¿Qué era? Un oso de peluche color crema amarillo casi naranja, de aproximadamente metro y medio de altura, con una naricita bien roja fuerte, y con un corazón rojo furioso que decía “Te quiero” en letras blancas. No había ninguna tarjeta de felicitaciones, pero no era necesario, el regalo habló por sí sólo. ¿Quién hacía algo así por alguien que no le interesaba? Nadie. Por supuesto que nadie en su sano juicio haría un regalo de ese tipo a otra persona en la cual no siente nada. Sofía abrazó al oso muy fuerte, se sentía esa suavidad que todas las cosas nuevas tienen, ese perfume a nuevo y más de un oso de peluche.
Sí. Era un regalo que cualquier chica quisiera. O al menos, que tengan ese detalle con ella, era resaltar demasiado entre extraños. Sin perder más tiempo, Sofía le mandó un mensaje diciéndole lo mucho que lo quiere y lo mucho que le gustó el regalo. Ahí empezó todo, ahí fue donde Sofía no gobernaba más su razón. Sin saber, claro está, que marcaría una sentencia que pagaría muy duro. Pero, es adelantarme a la historia. Dejemos que fluya.

lunes, 11 de febrero de 2013

Capitulo 7- Promesas, o eso creo




Pasaron 28 días de la llegada de Sofía al lugar de sus esperadas y confusas vacaciones, y llegó el momento de comprar pasaje de regreso. En sus adentros, sentía un mundo de emociones porque los días en ese lugar tan lleno de paz la hacía mantenerse en calma, y no tan ansiosa por volver. Pero, también tenía muchas ganas de regresar, ver a Joel, correr a sus brazos, darle los regalos que compró para él, darle los besos que se aguantó, mostrarle los poemas que inspiró.
Ese día se levantó a la misma hora en la que se venía despertando e ese lugar. Como a las siete, y unos cuantos minutos, ya estaba con la cara lavada para tomar su desayuno, té con leche y pan con mermelada. Nada mal para las vacaciones, además ella siempre desayunaba algo parecido, a veces en lugar de té solía ser matecocido. Al levantarse besó a su mamá mientras se refregaba los ojos. “Buen día” fue el saludo mutuo. Su madre siguió tomando mates, después de barrer el corredor siempre lo hacía, Sofía se fue a la cocina para prender la hornalla donde estaba la tetera. Llevó la azucarera a la mesa del comedor. Todas las mañanas tomaba su desayuno ahí, frente a la puerta principal que miraba al patio. Veía la naturaleza pura, el sol naciente desde una esquina del cielo, el rocío evaporándose a medida que calentaba más los rayos del día. Mientras revolvía con la cucharita con mango color verde inglés, admiraba tan bello acto de amanecer por la ventana y por la puerta. Sonrío levemente y luego se percató de que el motivo de su risa era Joel. Se le antojó que estuviese con ella, ahí deslumbrándose por tan precioso paisaje. Tomando fotos, porque eso era una de las pasiones que compartían. Después de desayunar, mientras se cepillaba los dientes, preparó su bolsito con el cual saldría a comprar los boletos de viaje. Guardó su billetera, los pañuelitos descartables, el celular, algunos caramelos, chicles sin azúcar, un espejito y un anotador con una lapicera. Esas cosas eran las que siempre llevaba consigo en su bolsito de jean que ella misma confeccionó. Se echó perfume, tomó las llaves, cerró la puerta y se dirigió a la vereda donde su mamá la estaba esperando con una bolsa. Es que de paso pasarían por el mercado del pueblo a comprar las últimas cosas que necesitarían ese día y en el momento de viajar.
En cada esquina Sofía tomaba fotos, era el último día que estaría en ese lugar rodeada de verde, de árboles altos, de palmeras, de tierra colorada, de caminos con subidas y bajadas. Ese lugar ajeno a ella, porque no es así donde vive. Cada paso que daba lo guardaba en su retina para no olvidar nada y contarle a Joel cómo pasó sus vacaciones, además de extrañarlo.
Cuando regresó a la casa, eran casi las 12:30. El sol pegaba de lleno en el patio, amenazando en golpear en unos minutos la puerta del frente de la casa. Siempre la mantenían cerrada por ese motivo, cuando se iban a dormir la siesta luego del almuerzo. Por eso, y para que las visitas sepan que están durmiendo y no debían molestar. Ayudó a su mamá a preparar el almuerzo mientras también cebaba los mates. Una empanadas de carne con choclo, con arroz de guarnición. Solo eran ellas dos, así que no había necesidad de preparar demasiada comida. Además habría frutas de postre, entre ellas la pera, la preferida de Sofía. Cuando terminó el almuerzo, y después de levantar la mesa, se fue a lavar sus dientes y a prender el ventilador del cuarto para tener un aire fresco mientras descansaban en el momento de la siesta. Antes de irse a acostar, tiró la yerba usada del mate, para dejarlo listo para cuando se levantaran.
Al mismo tiempo que tomaban los ricos mates de la tarde, con ralladura de naranja de la planta del fondo de la casa, Sofía preparaba, muy contenta, la mochila con su ropa. Acomodó cuidadosamente el regalo para Joel. En ese momento sonó su celular, era un mensaje de él.
“¿Cuándo volvés?, tengo tu regalo!”
El regalo del que hablaba Joel, era el presente que tenía pensado darle en el día de los enamorados, pero, como ella estaba de vacaciones, se lo daría en su cumpleaños. Para esa fecha sólo faltaba cinco días. Sofía respondió el mensaje avisando que volvería en menos de 48 horas. Cuando terminó de enviar el mensaje, se quedó pensando en qué podría ser lo que le regalaría.
Al día siguiente llegó el momento de emprender viaje, y lo único que hizo Sofía fue pensar en el momento del reencuentro. Estaba más linda, porque se bronceó con el sol del litoral. Eso la puso más contenta. Revisó si tenía todo listo, lo más importante era saldo y batería cargada del celular. No quería dejar de contestar  los mensajes de Joel.
Ya cuando llegó a la frontera entre la provincia de Misiones y la de Corrientes, eran casi las doce del mediodía. El sol estaba justo por encima de quien lo tratara de mirar. El micro en el que viajaba paró para cargar nafta, y agua caliente para quienes quisieran tomar mates. El lugar seguía siendo muy parecido al que Sofía estaba dejando atrás. Frente al autoservicio podía verse campo, así también en sus costados. Sólo dos kilómetros más adentro había más urbanización. La tierra colorada siguió metiéndose entre las ranuras de la sandalia de Sofía. Mientras sacaba la cámara de fotos de su bolso, sonó el celular. Miró el mensaje, sí, era él, era una vez más, Joel. ¿Cuándo se convirtió en alguien tan importante para ella? ¿Cuándo ella se convirtió en alguien especial para él? No se sabe.
“¿Llegás hoy? Sabés que te extraño mucho, ¿no?”
“El martes hago la compra definitiva de tu regalo. Te va a enamorar!”
Entre otros mensajes. Y sí, Sofía llegaría esa noche-madrugada de domingo a lunes. Y probablemente, (casi seguro), tendría que esperar al fin de semana para verlo, ya que Joel trabajaba de lunes a viernes, desde la mañana hasta la tarde. Pero, no le importó, porque el sábado lo vería. El día después de su cumpleaños, por fin, le daría todos esos besos que ya no aguantaba guardar, los fuertes abrazos en los que se sentía en otra dimensión. Vería, al fin, luego de tantos días ese brillo en los ojos del “extraño” que la cautivó desde el segundo cero. Y, por supuesto, le entregaría en mano el regalo que ella le trajo de recuerdo.
Pero, lo que en ese momento más le intrigaba a Sofía era saber qué cosa le compraría Joel. ¿Qué regalo es eso tan lindo que la va a enamorar? Tendría que esperar un par de días, aunque no le quedaran más uñas por la ansiedad.