Ese
mismo día que Sofía recibió su regalo, quedó en ir a visitar a Joel la jornada
siguiente. Mientras buscaba un lugar para ubicar al oso, pensó en un nombre
posible para ponerle.
Sebastián, no. El oso Facundo, no. Carmelo,
tampoco. Igual que Joel, mmm, no.
Bueno,
ya se decidiría más tarde, por el momento comenzó a buscar una bolsa
transparente lo suficientemente grande para envolver el peluche. No quería que
se llenara de polvillo con el paso del tiempo, así que decidió buscar algo para
cubrirlo y evitar suciedades. Además, porque quería conservarlo tal cual lo
recibió el día de su cumpleaños. Buscó en el fondo de su casa, allí donde
guardan diversas cosas, como partes viejas de bicicletas, bolsas de
supermercado, juguetes en cajas de cartón o madera, alguna que otra herramienta,
y pedazos de frazadas que ya no se usan pero que sirven de abrigo para sus
mascotas en invierno. Ahí buscó y encontró una bolsa plástica que sólo tendría
que cortar un poco para abrirla y poder poner el oso dentro. Así lo hizo, sin
perder tiempo, tomó sus tijeras y cortó el nylon mientras tarareaba una canción
que escuchó por no sabe dónde. Buscó la cinta scotch en la caja que estaba
sobre su escritorio, al lado del parlante del equipo de música. Comenzó a
cortar pedacitos de casi cinco centímetros cada uno, para poder pegarlos
cómodamente y que se quede bien en el plástico. Listó, lo encontró, le surgió
el nombre perfecto para el oso: Román. No supo por qué, pero le gustó. Lo
repitió cuando ponía los dos últimos tramos de cinta en la bolsa que, por
razones de cuidado, terminó siendo la ropa que usaría el gran oso de peluche,
ya bautizado.
Ya
casi de noche, y siendo la hora de ir a cenar, Sofía dejó lo que estaba
haciendo en ese momento, que era acomodar su regalo especial en la mesita de
luz frente a su cama, y fue a comer. Después, buscó su cámara de fotos y siguió
tomando algunas más a Román antes de irse a dormir. En realidad, antes de irse
a dormir decidió elegir la ropa que se pondría para el día siguiente. Todo
sencillo. Como siempre fue ella, sencilla, simple. Y eso seguro era lo que le
gustaba a Joel. O eso, o algo más que Sofía tenía y que ella no se daba cuenta.
Pero, no le importaba averiguarlo ahora. Habría tiempo.
Llegó
la mañana de ese sábado. Sofía estaba tranquila, dentro de todo. Quedó en verse
con Joel por la mañana. Él la iría a buscar en punto de encuentro en común para
que no viajara sola ni se perdiera. Allí estaba esperándola ansioso, hace mucho
que no la veía, y ya quería estar en su compañía. Sofía bajó del colectivo, le
envió un mensaje para preguntar qué camino tomar, o dónde esperarlo exactamente.
Acordaron encontrarse una esquina, cuando se localizaron se dieron un beso,
ella sin darse mucha cuenta, comenzó a sonreír. Tomados de la mano comenzaron a
recorrer el camino hacia la casa de Joel. Mientras conocía el lugar al
transitar por sus calles, Sofía comentaba lo lindo que lo pasó en su
cumpleaños, y todo porque le llegó un regalo muy especial, más por su remitente
que por lo material. Le contó lo que le hizo al oso antes de encontrarle un
lugar adecuado en la habitación, cuánto le costó encontrar algo transparente
para cubrirlo, y cuánto trabajo le dio envolverlo bien para que no haya ningún
orificio por el cual se cuele la mugre. También le comentó el nombre que le
puso, y al decirlo Joel mostró una expresión de mitad sorpresa, mitad rareza.
No le convenció mucho ese nombre, es más, se lo dijo a Sofía. Le dijo que no le
gustaba mucho, pero que lo aceptaba si a ella le parecía bien. Al fin y al cabo
el regalo era de ella.
Cuando
llegaron a la casa, la mamá y el papá de Joel estaban en la cocina-comedor. La
casa era bastante cómoda y placentera. Era un ambiente pacífico, uno de esos
hogares en donde se respira tranquilidad. Era más chica que la de Sofía en
cuanto al tamaño del edificio, porque en la cantidad de habitaciones eran las
mismas. La sala, la cocina-comedor, a la derecha las dos habitaciones y en el
medio de éstas, el baño. Por la puerta del fondo se sale al amplio patio, donde
tiene lugar la vivienda de los dos perros, y el auto. Tomaban mate. Claudia, la
mamá de Joel, le invitó a tomar con ellos, de todas formas saldrían un rato a
hacer unas compras y podrían compartir aunque sea unos cuantos. Sofía aceptó,
claro, no quedaba bien que se niegue al primer momento de conocerlos, y menos
en su propia casa. Igual, a ella le encantaba el mate, así que no hubo problema
por esa parte.
Luego
de un par de minutos de mateada, los padres de Joel salieron a realizar sus
quehaceres. Sofía y él quedaron solos en la casa. De más está decir que lo
único que hicieron fue consentirse en abrazos, viciarse en besos, en miradas,
en sonrisas. La tele prendida, y la ronda de mates que no quería finalizar.
Sofía pasó un día esplendido junto a su novio Joel. Hasta se animó a decir que
mejor que su propio cumpleaños. Fue soñado. Ni en la más ilusa de las mujeres
enamoradas se podía haber cruzado la idea de que tanta dulzura quepa en menos
de 24 horas. Lo amaba.


