viernes, 12 de julio de 2013

Capítulo 29- Me enamoré de un patán




No pudo esperar a que llegara el fin de semana. Estaba ansiosa por salir con sus amigas. Prepararon sus horarios para poder verse. Hace mucho que no hacían esas salidas llenas de anécdotas y comentarios que no daban lugar a dejar de reír. A veces, les parecía mentira que pasara tanto tiempo sin juntarse, pero las obligaciones, entre ellas el estudio facultativo. A Sofía le encantaba esas reuniones, fuera en el lugar que fuera, lo importante es que se rodeara de las personas que estimaba. Aprovechando que ya no hacía frío y que el calorcito regalaba una temperatura agradable, decidieron juntarse en la casa de una de ellas, no por nada en la de Monse. Ya que ella acostumbra a agasajar a sus invitados con cosas dulces y caseras. Ese día había hecho un bizcochuelo de vainilla y naranja. Eran las cinco de la tarde, y era hora de los clásicos mates. Sofía,  y otras tres chicas más, coparon la sala de la casa de Monse. Una de ellas estaba planeando casarse, ahorraba para ese momento. Si bien, faltaba casi un año para eso, mejor comenzar desde temprano. Todas llegaron a un acuerdo para salir por la noche. No querían algo demasiado concurrido, ni muy deshabitado. Así que eligieron un bar, en donde se pueda sentar a comer, y si se quiere se puede ir a la mini pista de baile a mover el cuerpo. la noche era excelente, entre una picada y pizzas, Sofía y sus amigas actualizaban sus estados de vida. Claro estaba que a ella le tocaría contar qué pasó con aquel joven que la tenía levitando por las calles, impulsada por palabras que terminaron siendo espejitos de colores. Fue la última de la ronda en contar la historia de sus últimos días. Con un poco de vino tinto encima tuvo la valentía de narrarla. Monse la ayudaba acotando algunos adjetivos no muy amigables de Joel. Sofía se impresionó ella misma, pensó que rompería en llanto en cuanto lo nombrara, pero no. Al contrario, se reía de las cosas que se acordaba, de lo absurdo que fue todo, de lo irracional que fue ella, de las cosas que aprendió, de lo arrepentida que estaba de haberlo conocido. Ella se reía, y sus amigas también. Al parecer, quería dar a entender que ya no le dolía todo eso. Que ya no le molestaba en el pecho la desazón de haberse encontrado con alguien así en su camino. Que no importaba nada de eso que ya pasó, y que era mejor dejarlo definitivamente atrás, de todas formas, ella no sería la única que vivió algo así.
Llegada la madrugada, y después de  cenar abundantemente, Sofía se animó a bailar. Justo cuando se estaba levantando de la silla, le sonó el celular. No era un número que estaba agendado, pero ella lo conocía, lo recordaba, con su buena memoria acompañándola siempre, pero ésta vez deseaba no tenerla. Era el número de celular de Joel. “¿Por qué me llama? ¿Qué querrá a ésta hora?”. Dudó dos segundos en atender, se apartó de su grupo, en un rincón cerca del baño. Atendió.
-¿Hola?
-Hola Sofía. Disculpá que te llame a ésta hora pero es que tengo algo que me da vueltas en la cabeza… ¿Dónde estás?
-Estoy en un bar con mis amigas. ¿Qué querés?
-Ah… perdóname, si querés te llamo después…
-No, no, decime ahora. De una buena vez. El tono de Sofía sonó ansioso, y a la vez harto. No sabía por qué llamó, y más le valía que le explicara en ese momento, sino no estaría tranquila.
-Bueno… Es que desde la última vez que hablamos, pensé que había quedado todo claro. Entonces, varias veces se me cruzó por la mente volver a llamarte o preguntarte cómo estás. Pero, cuando tu amiga vino a hablar conmigo, me di cuenta de otra cosa. 
-Hacela corta Joel, no tengo muy buena señal acá.
-Quiero decirte, y para quedarme más tranquilo, que yo no hice nada malo. Nunca hice nada malo. Vos entendiste mal algunas cosas. Siempre quise dejar en claro lo que yo sentía, y así lo hice, si te confundiste o pensaste algo que no era, de última fue tu culpa. Perdón te pedí siempre, y la última vez que hablamos, lo entendiste. Así que… disculpá Sofi que te lo diga ahora y de ésta manera, pero… es así.
Sofía no pudo decir una sola palabra. Primero porque no podía creer lo que le estaba diciendo, y segundo porque el nudo que se le armó en la garganta no la dejaba.
-Sofía… hola… decime algo, por favor.
-No tengo buena señal, se me corta la comunicación. Está bien, te entendí perfecto siempre. Déjame, soy una tarada que te creyó, no más… Que descanses.
Cortó. Entró al baño. Se miró al espejo. Pensó que iba a llorar desconsoladamente. Pero no. Se lavó la cara, respiró profundo y dejó que la calma volviera a su cuerpo. Salió al encuentro de sus amigas. Le preguntó a Monse si se podía quedar a dormir en su casa.
-Sí, no hay drama. ¿Qué pasó? Preguntó.
-Después te cuento. Ahora, tengo ganas de irme.
Se despidieron de las demás chicas. Sofía se excusó diciendo que no se sentía bien, y estaba un poco mareada. Así que llamaron a un remis, y se fueron. Durante el viaje de regreso, Sofía no dijo nada, y Monse tenía miedo de preguntar. Tenía un presentimiento de que Joel tenía algo que ver en todo esto. Pero, de todas formas no preguntó. Pensó en esperar hasta llegar a su casa, cuando Sofía dijo:
-Quiero dormir. Por la mañana te explico todo ¿si?
-Sí, está bien.

lunes, 8 de julio de 2013

Capítulo 28- La idea de despejar la mente




Corría la mitad de octubre. Sofía era otra, estaba más despistada, más perdida en las cosas que la rodeaban. En algunas tardes, con el mate en la mano, miraba la ventana, veía el cielo, y pensaba en Joel. Pero, no eran buenos recuerdos, por algún motivo, los negativos le ganaban la pulseada a las memorias lindas. Si bien, él nunca la trató mal, ni fue incorrecto con ella, no tuvo consideración alguna para lastimarla como lo hizo. Sabía lo que hacía, sabía lo que estaba pasando, no pudo manejar la situación como debía. Se encontró con una chica diferente a otras, con una que le daría cosas que no merecía, y quizás eso lo hizo sentir culpable. Quizá Joel no merecía las cosas que Sofía tenía en sus manos para entregarle. Él ni siquiera sabía qué quería, y se encontró con ella, quien tenía en claro lo que sentía al verlo a los ojos.
Después de aquella charla con su amiga, no volvieron a hablar de él. Era un tema que debía enterrarse, que desde hace mucho debía de haber terminado. Con esa pregunta que quedó rebotando en las paredes de la cabeza de Sofía, se dio por terminado el asunto. Como si fuera un pacto, pero sin la necesidad de verbalizarlo o de escribirlo en algún papel, las dos entendieron que no se debía nombrarlo más. Que fue un mal trago, una piedra en el camino, y que era mejor dejarlo en el recuerdo y que el tiempo, se apiade, y ayude a olvidarlo.
Sofía se concentraba en sus estudios y en ayudar en su casa. Una mañana antes de levantarse, acomodó la almohada y se puso los auriculares para escuchar la radio. Se le cruzó por las neuronas hacer un viaje en las vacaciones. Faltaban dos meses, y sería luego de los exámenes finales en la facultad. Cada vez que le entraba una idea en la cabeza, no se le salía hasta por un buen tiempo después. En fin, se levantó para vestirse y tomar el desayuno con un ánimo excelente. El martes le regalaba un día espléndido, soleado y con un cielo radiante. La loca idea iba a vagar en su mente por toda la mañana, hasta llegar al mediodía. Momento en el que decide comentarle su plan, a su amiga. “Tengo algo en mente que te va a encantar.” Decía el mensaje de texto que le mandó. Sin tardar mucho, Monserrat le respondió: “Me lo decís cuando vengas hoy a casa. No tengo clase en la facu. Te espero.”
Después de terminar un trabajo práctico para presentar al día siguiente, Sofía acomodó su bolsito en el canastito nuevo de su bicicleta, saludó a su mamá y se fue  hasta la casa de Monse. Pedaleó tranquila, sin mucha prisa. Una sonrisa le traicionaba la conciencia y se mostraba impune. La idea no era demasiado descabellada, era solo pasar unos días de descanso en algún lugar que pongan de común acuerdo. Tanto ella como su amiga necesitaban un desenchufe citadino que les permitiera recargar las pilas para empezar un año que no se parezca en nada al que estaba terminando. Llegó a la casa de su amiga, y como siempre, la recepción fue un gran abrazo, más allá de que sólo pasaron tres días desde la última vez que se vieron.
-¡Hola nena! ¿Cómo estás?
-Bien, che. Espero hayas puesto el mate, tengo una súper idea que no me suelta. Adelantó Sofía, sabiendo que Monse es más ansiosa que cualquiera.
-Buenísimo, tengo galletitas con cereales.
Sofía se acomodó en el sillón más esponjoso que su amiga tenía en su casa. Ya no disimulaba su sonrisa. Estaba segura de lo que quería hacer, y necesitaba de la complicidad de su compinche en locuras.
-Básicamente la idea es irme de vacaciones aunque sea una semana. No sé, dónde, tengo tiempo de planearlo. Pero, eso quiero. Y por supuesto, quiero que vengas conmigo. Digo, si querés.
-Pero… pero… ¡cómo no voy a querer! Está buena la idea, aunque sea por un par de días.
-Entonces, ¿no tenés drama en ayudarme a planificar todo?
-Claro que no Sofi, menos mal que avisás con tiempo, así ahorro algo de plata.
Mate iba, y mate venía. Monse fue a buscar mermelada en la heladera, quedó la de manzana, ya no había de ciruela. Charlaron largo rato como siempre. Las ganas de irse de viaje la invadieron a las dos. Dejaron e hablar de eso en seguida, porque se pusieron de acuerdo sin ningún inconveniente.
Llegó la hora de despedirse, quedaron en seguir planificando todo. Tenían tiempo, el viaje sería en enero, pero no debían dormirse en los laureles. Sofía llegaría a su casa justo a la hora de ir a ayudar a su papá en la panificadora. Estaba muy animada, y contenta. Se había ido de su mente ese fantasma que le agarraba del tobillo y la garganta. Estaba borrándose de a poco, con dificultad, pero yéndose al fin. Al doblar la esquina, una casa vecina tenía un parlante en la ventana, se escuchaba una canción. Al principio no la distinguió con facilidad, pero a medida que se aproximaba a la vereda la escuchaba con más nitidez. El semblante le cambió de golpe, se arrugó el entrecejo, y los labios le quedaron tiesos. Era una canción que Joel le había dedicado hace mucho tiempo, pero que ella aún recordaba. Y podría apostar sus pulmones a que él ya no se acordaba del momento en que lo hizo. Respiró profundo. Siguió pedaleando, con más rapidez para alejarse de inmediato de ahí. Llegó a su casa, olvidó ese percance, y emprendió camino hasta donde estaba su papá.

viernes, 31 de mayo de 2013

Capítulo 27- Locuras de amiga




Sofía no podía creer que su amiga haya hecho una cosa semejante. Hablar con Joel sin su permiso, y sin contarle lo que le diría. En un primer minuto pensó que lo llamó por teléfono y con un tono sobresaliente le dijo sus verdades. La miró muy bien a los ojos, y no dejó de mirarla nunca. Monserrat cebaba los mates y miraba de vez en cuando la tele, nunca le prestó atención a lo que se emitía, sólo lo puso para tener una distracción por si Sofía se ponía nerviosa y le reclamaba.
-“Se me cruzó la idea hace un par de días, bah, al día siguiente de lo que me contaste que te dijo. Y no te dije nada porque no me ibas a dejar…”
-“¡Pensaste mal! Si me lo hubieses dicho, yo te daba permiso. Siempre y cuando yo esté presente cuando lo llamaras” cuando Sofía terminó de decir eso, su amiga le tomó la mano y con una mirada traviesa con media sonrisa dibujada, le dijo:
-“No lo llamé por teléfono. Lo fui a buscar al trabajo.”
Sofía no reaccionó cuando escuchó lo que su amiga le contaba. Había cometido semejante locura, sólo por ayudarla. Pero, a decir verdad no era necesario. Ella podía manejar las cosas con sus manos, pasaba un momento en el que sentía que tenía todo controlado. Quizás, muy en el fondo de su inconsciente, siempre supo que podía llegar a pasar lo que pasó. Lo seguro, era que nunca pensó que Monse haría una cosa así.
-“¿Cómo?... ¿Hasta su trabajo?... Explicame, nena.”
-“Vos me contaste que trabajaba en una sucursal de estudios terciarios. Busqué por internet cuál sería, y me mandé. Es grande el lugar, así que lo busqué bastante. No me animé a preguntar por él por si me decían que no me quería atender. No quise perder mucho tiempo.”
-“Estás totalmente loca, amiga. Cuándo hiciste eso. Ahora me molesta que no me lo hayas dicho.”
-“Fue el viernes. Y creo que una vez me contaste cuál era la hora de su descanso. Así que fui más o menos a esa hora y lo esperé. Encontré el barcito que tienen ahí, y como él no me conoce personalmente, me senté en una mesa hasta que entrara.”
-“¿Y si no entraba?”
-“Bueno, iba a esperar veinte minutos, o media hora, y si no entraba entonces lo iba a buscar a otro lado, o cerca de la entrada. La cuestión, es que entró. Lo vi y me acerqué, lo llamé por su nombre, se dio vuelta y me miró medio raro. Le dije que soy Monserrat, la amiga de Sofía.”
-“¿Cómo reaccionó cuando dijiste eso?”
-“Hizo un gesto como diciendo ‘qué pesada’. No entendí por qué, pero después le pregunté si tenía cinco minutos para hablar conmigo. Me dijo que sí, y nos sentamos. Lo primero que le aclaré fue que no me mandaste vos. Que fui porque me pareció que a él le hacía falta que le aclaren un par de cosas. Le dije todo lo que tenía ganas de decirle. Eso.”
-“Pero, exactamente. Lo más puntual que le dijiste, ¿qué fue?”
-“Que… podía ir pensando en madurar y no ser tan tarado.”
Sofía quedó pensando. Miraba el mate, y revolvía las ideas. A fin de cuentas su amiga no había echo nada malo, y si quería lo dejaba en secreto, pero, en cambio se lo dijo, y le explicó lo que hizo con un poco de miedo, sin saber, obviamente, lo que Sofía le diría.
-“Bueno, está bien. Ya pasó, ya lo hiciste. No creo que Joel se enoje por esto. Sino, ya me hubiera mandado algún mensaje o algo.”
Sofía se puso tranquila. No se enojó, ni se alteró. Entendió que lo que hizo Monserrat, lo hubiera hecho ella también. Pero, lo pensó mucho mejor, y entendió que ella no lo hubiese hecho sin su permiso.
-“Amiga, (dijo mientras tomaba un mate, y se serenaba) no lo vuelvas a hacer sin preguntármelo antes, aunque sea. No sé, fíjate si no te hubiese molestado si lo hacia yo.”
-“No, vos nunca lo hubiese hecho así.”
-“¡Por eso! En un momento me molestó un poco que te metas en eso, y sin consultarme. Igual, siento que no me estás diciendo todo lo que pasó”
-“¿Qué te hace pensar eso?”
-“Que te conozco, Monse”
Su amiga se quedó en silencio un rato. Era un silencio incomodo entre las dos, estaban tratando un tema que, debió haber quedado enterrado desde un primer minuto. Pero, no, Monserrat tuvo que reavivar el fuego. No quedó otra alternativa que aclarar algo más.
-“Sí, pasó algo más.”
-“¡¿Qué pasó, Monse?!” dijo Sofía levantando un poco la voz, casi atragantándose con el mate.
-“Nada, es que… me repitió lo mismo que a vos. Que no estaba seguro con nada, y eso. Y que… lo sabía desde el principio. Solo que no te dijo nada, para ver qué pasaba.”
-“¿Qué quiso decir con para ver qué pasaba?” Sofía de verdad no entendió por qué dijo eso.
-“Yo supongo que es porque, a ver, cómo decírtelo… para tener a alguien con quien salir.”
-“¿Vos decís que me usó?”
Monserrat no dijo nada, y con ese silencio dio a entender que la respuesta era afirmativa. Se iba un día más, el último del mes. Se hacía tarde, y Sofía prefirió volver a su casa. Quizás encontraría una salida al revuelo que tenía en la mente, durmiendo un poco, o recostándose para escuchar música. Lo que no podría sacarse de la mente era la última frase de su amiga. ¿Sería cierto?

lunes, 20 de mayo de 2013

Capítulo 26- Evitar lo anunciado




Sin tener ningún contacto alguno con Joel, Sofía siguió su rumbo predestinado. Dolía algunas noches un frío que recorría sus venas y se centraba en el pecho. Tratando de evitar que su mente caiga en ese pozo de pensar en él, las últimas palabras pronunciadas se paseaban por su memoria. Una tarde en su casa, sola en su habitación, intentaba dormir la siesta, pero una angustia que le apretaba la garganta no la dejó. Era final del mes, y no quería mirar para atrás, supo que no podría evitarlo, se conocía demasiado a ella misma como para ocultárselo. En un arrebato, agarró el celular con la idea de mandarle un mensaje a Joel. Echó en tierra esa idea, por creerla tonta, y un poco más y se pegaba ella misma un cachetazo. Desde aquel día, tomó conciencia de muchas cosas. Hizo un repaso de lo que vivió, y le tocó experimentar. Admitió que parte de la culpa la tuvo ella, forzó o intentó generar algo que desde el principio del problema se le fue planteado. Se acordó de las palabras de su amiga, que le echó la culpa del final anunciado. Y muy en el fondo de su razón, Sofía sabía que podía pasar lo que terminó ocurriendo.
Lo inevitable era extrañarlo. Descubrió una parte de ella que no conocía, y era su capacidad de apegarse a alguien. Pero no a cualquiera, sino al noble caballero que sedujo sus sentidos desde el primer minuto. Algo que no sabía de sí misma. Una aptitud desconocida hasta el momento de entender que la deslumbró ese par de brillos en las pupilas. Entregó hasta la última célula de su cuerpo y alma. Corrió con los brazos abiertos hasta la nada misma y se encontró con un abismo oscuro y frío. Ocultó esa sensación como las mejores ilusionistas. Sólo con alguien de confianza podía ser ella misma. Monserrat ocupaba ese lugar privilegiado. Su amiga era un pilar muy importante en esas situaciones, tanto en las buenas como en las malas. Sofía pensó que ocultando sentimientos podía llegar a enterrarlos definitivamente. Quizás, los dejaría olvidados y empolvándose en el fondo de su cabeza y corazón. Si pudiera.
Un mensaje de texto la sacudió de su nube y la hizo volver al hoy.
-“Ey, amiga, tomamos mate?” preguntaba Monse, a lo mejor con la intención de reanimar a Sofía, conociéndola trataría de ocultar lo que realmente le pasaba. Respondió con un sí. Miró el reloj y vio que eran las cinco. Se levantó y se preparó para salir. Salió de su habitación, en la sala estaba su mamá preparando una ensalada de frutas, mientras miraba una telenovela. “Voy a salir, ma. Voy a tomar mates con Monse” dijo sonriente, aunque la aflicción en el pecho la empujara a no hablar. “Mandale saludos.” Dijo su mamá, le dio un beso y un abrazo. La casa de su amiga quedaba a cinco cuadras. Fue en su bicicleta, primero pasó por la panadería para llevar algunas facturas y compartir. Llegó, y miró al cielo, unas nubes bien blancas se hicieron presentes en medio de tanto color celeste fuerte. Era un domingo perfecto. Abrazó a su amiga en la entrada, y se acomodó en una silla cerca de la mesa. Ya estaba preparado el mate.
-“El próximo finde podríamos salir a pasear no?” Monse tiró una idea para empezar.
-“Sí… estaría bueno. Si el día está como hoy, mejor.” Sofía miró con extrañeza a su amiga. Por algo actuaba así, de una manera demasiado inocente. Añadió: “¿Pasa algo? Te noto rara”
-“Mmm, no… nada. Ricas las medialunas, eh”
Y no, si había algo que Monserrat no podía disimular, ni siquiera haciendo un gran esfuerzo, es dejar en obviedad que metió la pata. Sofía no sabía en qué, pero que alguna macana se había mandado, estaba segura. Después de tomar el mate que le correspondía, preguntó de nuevo.
“¡¿Qué hiciste?! No me podés ocultar que en algo estás metida.”
-“Bueno… está bien, te cuento, pero primero prométeme que no me vas a retar.” Dijo Monse casi con miedo. Sofía dijo que no se alborotaría con la noticia, sin saber que la metida de pata tenía que ver con ella.
-“No, no me voy a enojar. Qué hiciste, Monse.”
-“Hablé con Joel.”
Sofía casi se atraganta con el sorbo de mate y el mordisco de medialuna que dejó en su boca. Abrió bien grandes sus ojos, y con una mirada dijo todo. No entendió la actitud de su amiga.
-“¡Que hiciste qué cosa! Por qué o para qué… explícame.” Se le hizo un nudo en la garganta. Sintió un calor intenso recorrer sus venas, desde sus pies hasta el cuero cabelludo. Conocía a su amiga, claro, la conocía bien. Lo que le haya dicho a Joel, tuvo que ser verdad, de la más cruda. Pero, dudaba en la manera en que se lo dijo. Recordó que ella sabía dónde trabajaba él. Se le cruzó miles de ideas posibles, pero necesitaba escucharlo de su voz.
-“Calmate, no dije nada malo. Calmate, dale, y te explico bien.” Declaró Monserrat, muy calmada.