No
pudo esperar a que llegara el fin de semana. Estaba ansiosa por salir con sus
amigas. Prepararon sus horarios para poder verse. Hace mucho que no hacían esas
salidas llenas de anécdotas y comentarios que no daban lugar a dejar de reír. A
veces, les parecía mentira que pasara tanto tiempo sin juntarse, pero las
obligaciones, entre ellas el estudio facultativo. A Sofía le encantaba esas
reuniones, fuera en el lugar que fuera, lo importante es que se rodeara de las
personas que estimaba. Aprovechando que ya no hacía frío y que el calorcito
regalaba una temperatura agradable, decidieron juntarse en la casa de una de
ellas, no por nada en la de Monse. Ya que ella acostumbra a agasajar a sus
invitados con cosas dulces y caseras. Ese día había hecho un bizcochuelo de
vainilla y naranja. Eran las cinco de la tarde, y era hora de los clásicos
mates. Sofía, y otras tres chicas más,
coparon la sala de la casa de Monse. Una de ellas estaba planeando casarse,
ahorraba para ese momento. Si bien, faltaba casi un año para eso, mejor
comenzar desde temprano. Todas llegaron a un acuerdo para salir por la noche.
No querían algo demasiado concurrido, ni muy deshabitado. Así que eligieron un
bar, en donde se pueda sentar a comer, y si se quiere se puede ir a la mini
pista de baile a mover el cuerpo. la noche era excelente, entre una picada y
pizzas, Sofía y sus amigas actualizaban sus estados de vida. Claro estaba que a
ella le tocaría contar qué pasó con aquel joven que la tenía levitando por las
calles, impulsada por palabras que terminaron siendo espejitos de colores. Fue
la última de la ronda en contar la historia de sus últimos días. Con un poco de
vino tinto encima tuvo la valentía de narrarla. Monse la ayudaba acotando
algunos adjetivos no muy amigables de Joel. Sofía se impresionó ella misma,
pensó que rompería en llanto en cuanto lo nombrara, pero no. Al contrario, se
reía de las cosas que se acordaba, de lo absurdo que fue todo, de lo irracional
que fue ella, de las cosas que aprendió, de lo arrepentida que estaba de
haberlo conocido. Ella se reía, y sus amigas también. Al parecer, quería dar a
entender que ya no le dolía todo eso. Que ya no le molestaba en el pecho la
desazón de haberse encontrado con alguien así en su camino. Que no importaba
nada de eso que ya pasó, y que era mejor dejarlo definitivamente atrás, de
todas formas, ella no sería la única que vivió algo así.
Llegada
la madrugada, y después de cenar
abundantemente, Sofía se animó a bailar. Justo cuando se estaba levantando de
la silla, le sonó el celular. No era un número que estaba agendado, pero ella
lo conocía, lo recordaba, con su buena memoria acompañándola siempre, pero ésta
vez deseaba no tenerla. Era el número de celular de Joel. “¿Por qué me llama? ¿Qué querrá a ésta hora?”. Dudó dos segundos en
atender, se apartó de su grupo, en un rincón cerca del baño. Atendió.
-¿Hola?
-Hola Sofía. Disculpá que te llame a ésta
hora pero es que tengo algo que me da vueltas en la cabeza… ¿Dónde estás?
-Estoy en un bar con mis amigas. ¿Qué
querés?
-Ah… perdóname, si querés te llamo después…
-No, no, decime ahora. De una buena vez. El
tono de Sofía sonó ansioso, y a la vez harto. No sabía por qué llamó, y más le
valía que le explicara en ese momento, sino no estaría tranquila.
-Bueno… Es que desde la última vez que
hablamos, pensé que había quedado todo claro. Entonces, varias veces se me
cruzó por la mente volver a llamarte o preguntarte cómo estás. Pero, cuando tu
amiga vino a hablar conmigo, me di cuenta de otra cosa.
-Hacela corta Joel, no tengo muy buena señal
acá.
-Quiero decirte, y para quedarme más
tranquilo, que yo no hice nada malo. Nunca hice nada malo. Vos entendiste mal
algunas cosas. Siempre quise dejar en claro lo que yo sentía, y así lo hice, si
te confundiste o pensaste algo que no era, de última fue tu culpa. Perdón te
pedí siempre, y la última vez que hablamos, lo entendiste. Así que… disculpá
Sofi que te lo diga ahora y de ésta manera, pero… es así.
Sofía
no pudo decir una sola palabra. Primero porque no podía creer lo que le estaba
diciendo, y segundo porque el nudo que se le armó en la garganta no la dejaba.
-Sofía… hola… decime algo, por favor.
-No tengo buena señal, se me corta la
comunicación. Está bien, te entendí perfecto siempre. Déjame, soy una tarada
que te creyó, no más… Que descanses.
Cortó.
Entró al baño. Se miró al espejo. Pensó que iba a llorar desconsoladamente.
Pero no. Se lavó la cara, respiró profundo y dejó que la calma volviera a su
cuerpo. Salió al encuentro de sus amigas. Le preguntó a Monse si se podía
quedar a dormir en su casa.
-Sí, no hay drama. ¿Qué pasó? Preguntó.
-Después te cuento. Ahora, tengo ganas de
irme.
Se
despidieron de las demás chicas. Sofía se excusó diciendo que no se sentía
bien, y estaba un poco mareada. Así que llamaron a un remis, y se fueron.
Durante el viaje de regreso, Sofía no dijo nada, y Monse tenía miedo de
preguntar. Tenía un presentimiento de que Joel tenía algo que ver en todo esto.
Pero, de todas formas no preguntó. Pensó en esperar hasta llegar a su casa,
cuando Sofía dijo:
-Quiero dormir. Por la mañana te explico
todo ¿si?
-Sí, está bien.



