Los nuevos
vientos tenían a Sofía de muy buen humor. Ya casi lo del pasado no la afectaba
en sus días presentes. Pensó en un arrebato que desde ese momento en adelante
las cosas se compondrían para bien y no habría necesidad de recordar lo que pasó,
esas que le hacen daño a la memoria como una carie a un diente. Esa clase de
recuerdos la asaltaban en cualquier momento, claro que no van a pedir permiso
para deshilachar una sonrisa dibujada por ella. Porque así son los recuerdos malditos
con Sofía. Tal vez una mañana se levantaba de buenas mañas, pero con el
transcurrir del día algo le hacía recordar a Joel y su semblante desvanecía
como una tela de seda en un barranco. La memoria de Sofía jugaba con cartas sucias,
y eso ella no lo podía controlar. Al menos antes de que se volvieran a hablar. Cuando
él le escribía, pensaba que era porque sentía interés en ella, y que quizás
haya dicho aquello de que no quería ningún compromiso porque tenía miedo. Como una
vez le confesó, miedo a que todo sea en vano y salir lastimado. Pero, en ese
momento seguro se olvidó de pensar que ella podía ser la que saliera lastimada.
Como pasó. Ella estaba segura, siempre estuvo segura. Menos ahora. Después de
que Joel le fallara y la destrozara en miles de pedacitos que a su vez se desgarraron
al caer al piso en otros miles de pedacitos. Pero, como si un soplido del
viento fresco levantara las hojas hasta el cielo, se levantó la esperanza de Sofía
para arrancar de nuevo con él. No midió, (nunca lo hizo), las consecuencias de
lo que podría llegar a ocurrir. En realidad, ella volvió a ver un camino seguro
y firme, como aquella vez que todo marchaba muy bien. Como en aquellos días que
soñaba futuro junto a Joel. Así. Volvió a sentir que la confianza la inundaba,
la empapaba en cuerpo y alma y no la dejaba moverse más que en la dirección en
que Joel se encontraba.
Mayo comenzó
con un baile de alegría que movía cada poro de Sofía. Esa semana era el
cumpleaños de su amiga, lo iba a aprovechar para ir a visitarla y contarle todo
lo relacionado a las novedades del caso. La tendría que actualizar ya que quería
obtener su opinión sobre el tema. Si bien, al principio del reencuentro no
quiso contar nada a nadie, solo porque tantearía el terreno como un perro que olfatea
a su paso, ahora era tanto el júbilo de sentir de nuevo el perfume de su
conquistador que no podía aguantarse las ganas de confesar. Además, porque
Monserrat era como su hermana, que anduvo perdida hasta hace unos años, y no
era justo no contarle las cosas buenas que le estaban ocurriendo. Siempre acudía
a ella cuando no soportaba más un peso y estaba a punto de estallar. No era razonable
que sólo la llamara cuando le pasaban cosas no muy buenas. Era el momento de
contarle que el pañuelo que había tirado lleno de lágrimas, lo volvió a agarrar
Joel, para pedir una nueva oportunidad.
Su amiga
cumplió años un martes, y fue ese día que Sofía la visitó. Si bien lo festejaría
en general ese sábado, no vendría mal una visita de una de sus mejores amigas. Conjuntamente
porque Sofía adelantó un poco lo que le contaría esa tarde, conocía muy bien a Monserrat
y sabía que la intriga la comería segundo a segundo.
-“Tengo algo que contarte, pero te lo digo a
la tarde” sorprendió Sofía.
-“Sos mala, eh. Ahora tengo que esperar
hasta que vengas para saberlo” dijo Monse.
Cuando
Sofía llegó a la casa de su amiga, la saludó y le dio un fuerte abrazo de esos
que lo sienten hasta el alma, le mostró su regalo, era una bandeja de madera para
llevar y traer la taza del té, o del café o lo que se quiera tomar fuera de la
cocina. Tenía mangos de metal que a su vez estaba forrado con la misma madera
de la bandeja. Era de color rojo y en la base tenía dibujos de flores y abejas
con el nombre de Monserrat. Era ideal para los días de intenso frío que se
avecinaban con el invierno, ya que su amiga es fanática del café y más aún si
lo disfrutaba en su habitación mirando una película. El gesto de sorpresa y de agrado
que mostró en el momento de revelar el presente dio la certeza de que le gustó.
Sofía lo sabía y dio en la tecla indicada. Al instante de descubrir la bandeja,
la llevó a la cocina y le puso el frasco con yerba, otro con azúcar, un platito
con galletitas dulces surtidas de vainilla y chocolate, el mate y el termo recién
cargado con el agua a punto para tomar mates. De forma casi desesperada, su
amiga se dirigió hasta la sala, se sentó junto a Sofía en la mesa de vidrio, se
cebo un mate y la miró fijamente. Esperó a que tomara aire, y dejara escapar un
suspiro. Sofía comenzó su relato, en parte supo que quizás su amiga no estaría
de acuerdo con lo que estaba haciendo, pero igual se lo contaría. En cada
palabra que soltaba dejaba que saliera corriendo de sus labios una sonrisa
constante que delataba su felicidad del momento. En su interior, cada vez que
tomaba un sorbo del mate, recordaba el fin de semana anterior que fue cuando se
reencontró con Joel. Esas cosas hace tanto no le ocurrían, desde aquel 12 de
marzo. Su amiga, quien siempre fue sincera desde que la conoció, no ocultó su
rostro que denotaba decepción y casi enfado. Hasta Sofía podía asegurar que el
sentimiento exacto era de desilusión. Monserrat no estaba en nada de acuerdo en
que ella volviera con él. Con ese muchacho con pocas luces para quererla, que
no hizo otra cosa más que tratarla como una muñeca de trapo, a su antojo, y con
el descaro de mentirle sobre lo que sentía. No tuvo cuidado, y Sofía vestía
permanentemente un corazón de cristal. Cuando cebaba los mates, Monse sacudía
la cabeza en señal de disgusto, como diciendo no y negándose a creer lo que
estaba escuchando. Luego de que Sofía terminó de resumir lo que había pasado,
su amiga, empezó a sermonearla. Con todo respeto y desde lo más profundo de su
estima, le dijo:
-“Yo creo que tenés que alejarte de él. Porque
ya sabés que no quiere nada con vos, y lo único que pudo hacer fue hacerte
sufrir. Mi opinión más sincera es que lo dejés de lado, no le des más
importancia, y dejá que él sólo se de cuenta que ya no querés nada. Tené mucho
cuidado, amiga, porque él debe estar seguro que vos estás en sus manos y puede
manejarte a su capricho. ¿Acaso él va a chasquear sus dedos y decirte ‘Sofía vení’
cuando se le antoje? No es así la cosa.”
Fueron
las palabras en forma de dagas a las costillas que la amiga de Sofía lanzó en
aquella sala. Los ojos se llenaron de agua, más por el claro razonamiento de Monserrat,
que por la rabia que en un instante sintió al notar que no la alegraba la noticia
del reencuentro. Su compañera tuvo mucha razón en lo que expresó. Y lo único
que estuvo al alcance de Sofía fue mirarla a los ojos y decirle que estaba de
acuerdo con ella. Que su mente, su cerebro, sus neuronas le daban un aplauso y
le entregaban el juicio. Pero, su corazón, ¡ay su corazón!, tenía los oídos
tapados, así como también los ojos. Su boca pertenecía a Joel, también sus
manos. Nada era de Sofía. Y aunque parecía el argumento de un loco, asentía con
la cabeza a las cosas que su amiga le advertía, pero en el fondo sabía que seguiría
acudiendo a los brazos de Joel cuando así lo quisiera.



