viernes, 29 de marzo de 2013

Capítulo 17- Todo iba bien




Los nuevos vientos tenían a Sofía de muy buen humor. Ya casi lo del pasado no la afectaba en sus días presentes. Pensó en un arrebato que desde ese momento en adelante las cosas se compondrían para bien y no habría necesidad de recordar lo que pasó, esas que le hacen daño a la memoria como una carie a un diente. Esa clase de recuerdos la asaltaban en cualquier momento, claro que no van a pedir permiso para deshilachar una sonrisa dibujada por ella. Porque así son los recuerdos malditos con Sofía. Tal vez una mañana se levantaba de buenas mañas, pero con el transcurrir del día algo le hacía recordar a Joel y su semblante desvanecía como una tela de seda en un barranco. La memoria de Sofía jugaba con cartas sucias, y eso ella no lo podía controlar. Al menos antes de que se volvieran a hablar. Cuando él le escribía, pensaba que era porque sentía interés en ella, y que quizás haya dicho aquello de que no quería ningún compromiso porque tenía miedo. Como una vez le confesó, miedo a que todo sea en vano y salir lastimado. Pero, en ese momento seguro se olvidó de pensar que ella podía ser la que saliera lastimada. Como pasó. Ella estaba segura, siempre estuvo segura. Menos ahora. Después de que Joel le fallara y la destrozara en miles de pedacitos que a su vez se desgarraron al caer al piso en otros miles de pedacitos. Pero, como si un soplido del viento fresco levantara las hojas hasta el cielo, se levantó la esperanza de Sofía para arrancar de nuevo con él. No midió, (nunca lo hizo), las consecuencias de lo que podría llegar a ocurrir. En realidad, ella volvió a ver un camino seguro y firme, como aquella vez que todo marchaba muy bien. Como en aquellos días que soñaba futuro junto a Joel. Así. Volvió a sentir que la confianza la inundaba, la empapaba en cuerpo y alma y no la dejaba moverse más que en la dirección en que Joel se encontraba.
Mayo comenzó con un baile de alegría que movía cada poro de Sofía. Esa semana era el cumpleaños de su amiga, lo iba a aprovechar para ir a visitarla y contarle todo lo relacionado a las novedades del caso. La tendría que actualizar ya que quería obtener su opinión sobre el tema. Si bien, al principio del reencuentro no quiso contar nada a nadie, solo porque tantearía el terreno como un perro que olfatea a su paso, ahora era tanto el júbilo de sentir de nuevo el perfume de su conquistador que no podía aguantarse las ganas de confesar. Además, porque Monserrat era como su hermana, que anduvo perdida hasta hace unos años, y no era justo no contarle las cosas buenas que le estaban ocurriendo. Siempre acudía a ella cuando no soportaba más un peso y estaba a punto de estallar. No era razonable que sólo la llamara cuando le pasaban cosas no muy buenas. Era el momento de contarle que el pañuelo que había tirado lleno de lágrimas, lo volvió a agarrar Joel, para pedir una nueva oportunidad.
Su amiga cumplió años un martes, y fue ese día que Sofía la visitó. Si bien lo festejaría en general ese sábado, no vendría mal una visita de una de sus mejores amigas. Conjuntamente porque Sofía adelantó un poco lo que le contaría esa tarde, conocía muy bien a Monserrat y sabía que la intriga la comería segundo a segundo.
-“Tengo algo que contarte, pero te lo digo a la tarde” sorprendió Sofía.
-“Sos mala, eh. Ahora tengo que esperar hasta que vengas para saberlo” dijo Monse.
Cuando Sofía llegó a la casa de su amiga, la saludó y le dio un fuerte abrazo de esos que lo sienten hasta el alma, le mostró su regalo, era una bandeja de madera para llevar y traer la taza del té, o del café o lo que se quiera tomar fuera de la cocina. Tenía mangos de metal que a su vez estaba forrado con la misma madera de la bandeja. Era de color rojo y en la base tenía dibujos de flores y abejas con el nombre de Monserrat. Era ideal para los días de intenso frío que se avecinaban con el invierno, ya que su amiga es fanática del café y más aún si lo disfrutaba en su habitación mirando una película. El gesto de sorpresa y de agrado que mostró en el momento de revelar el presente dio la certeza de que le gustó. Sofía lo sabía y dio en la tecla indicada. Al instante de descubrir la bandeja, la llevó a la cocina y le puso el frasco con yerba, otro con azúcar, un platito con galletitas dulces surtidas de vainilla y chocolate, el mate y el termo recién cargado con el agua a punto para tomar mates. De forma casi desesperada, su amiga se dirigió hasta la sala, se sentó junto a Sofía en la mesa de vidrio, se cebo un mate y la miró fijamente. Esperó a que tomara aire, y dejara escapar un suspiro. Sofía comenzó su relato, en parte supo que quizás su amiga no estaría de acuerdo con lo que estaba haciendo, pero igual se lo contaría. En cada palabra que soltaba dejaba que saliera corriendo de sus labios una sonrisa constante que delataba su felicidad del momento. En su interior, cada vez que tomaba un sorbo del mate, recordaba el fin de semana anterior que fue cuando se reencontró con Joel. Esas cosas hace tanto no le ocurrían, desde aquel 12 de marzo. Su amiga, quien siempre fue sincera desde que la conoció, no ocultó su rostro que denotaba decepción y casi enfado. Hasta Sofía podía asegurar que el sentimiento exacto era de desilusión. Monserrat no estaba en nada de acuerdo en que ella volviera con él. Con ese muchacho con pocas luces para quererla, que no hizo otra cosa más que tratarla como una muñeca de trapo, a su antojo, y con el descaro de mentirle sobre lo que sentía. No tuvo cuidado, y Sofía vestía permanentemente un corazón de cristal. Cuando cebaba los mates, Monse sacudía la cabeza en señal de disgusto, como diciendo no y negándose a creer lo que estaba escuchando. Luego de que Sofía terminó de resumir lo que había pasado, su amiga, empezó a sermonearla. Con todo respeto y desde lo más profundo de su estima, le dijo:
-“Yo creo que tenés que alejarte de él. Porque ya sabés que no quiere nada con vos, y lo único que pudo hacer fue hacerte sufrir. Mi opinión más sincera es que lo dejés de lado, no le des más importancia, y dejá que él sólo se de cuenta que ya no querés nada. Tené mucho cuidado, amiga, porque él debe estar seguro que vos estás en sus manos y puede manejarte a su capricho. ¿Acaso él va a chasquear sus dedos y decirte ‘Sofía vení’ cuando se le antoje? No es así la cosa.”
Fueron las palabras en forma de dagas a las costillas que la amiga de Sofía lanzó en aquella sala. Los ojos se llenaron de agua, más por el claro razonamiento de Monserrat, que por la rabia que en un instante sintió al notar que no la alegraba la noticia del reencuentro. Su compañera tuvo mucha razón en lo que expresó. Y lo único que estuvo al alcance de Sofía fue mirarla a los ojos y decirle que estaba de acuerdo con ella. Que su mente, su cerebro, sus neuronas le daban un aplauso y le entregaban el juicio. Pero, su corazón, ¡ay su corazón!, tenía los oídos tapados, así como también los ojos. Su boca pertenecía a Joel, también sus manos. Nada era de Sofía. Y aunque parecía el argumento de un loco, asentía con la cabeza a las cosas que su amiga le advertía, pero en el fondo sabía que seguiría acudiendo a los brazos de Joel cuando así lo quisiera.

lunes, 25 de marzo de 2013

Capítulo 16- Un nuevo comienzo




Como si nada hubiera pasado, la última semana de abril, para ser más exactos el miércoles 25, Joel le propuso volver a verse. Él estaba en su casa, ya había regresado de su trabajo, le mandó un mensaje. Cada vez que llegaba un texto de él, Sofía sentía un revuelco en su pecho. Pero, esta vez, luego de tantos días desde que la sinceridad le tocó la puerta y la tiró al piso, no era lo mismo. Sabía que no podía bañarse de emociones como antes lo había hecho. Cuando sonó su celular, ella estaba en la sala de su casa hojeando algunos apuntes y tomando un té negro con azúcar, el teléfono en su cuarto tocó la música que ella eligió como tono. Era una canción de reggae de una banda originaria de la zona sur, como Sofía. Le levantaba el ánimo y las ganas. Fue a revisar el celular y leyó el mensaje.
“Hola! Cómo estás?”
Era una prueba para ver si obtendría respuesta en ese momento. Sofía respondió, y la charla continuó. Era como si se conocieran de hace muchos años. Una conversación de amigos que no se veían de hace varios meses. Y en realidad, no se ven desde el día siguiente al cumpleaños de Sofía, mes y medio contando las marcas en la pared que hacía al costado de su cama, como esas que se hacen cuando se juega al tutti frutti. Dudaba y paseaba en la pequeña habitación de la que era dueña. No sabía si responder que sí, y volver a caer en la trampa de sus ojos, siempre le brillo de sus ojos. O contestar que no, y correr el riesgo de no volver a ver a Joel de ahí en adelante. Finalmente, acepta la invitación de pasar medio día junto a él ese sábado, tomar los mates que siempre supieron compartir, reírse de las cosas que se cuentan, ser lo que Sofía tanto anheló, pero que por alguna razón el destino, o lo que fuera que gobierne el paso del tiempo, le negó de un portazo en su nariz, destrozando no sólo su presente sino también parte de los próximos días, en los que no tendría mucho sentido levantarse de la cama en la mañana. Era una nueva oportunidad, al menos así lo vio ella. Como cuando uno planea salir a divertirse con amigos un domingo desde temprano, pero comienza a llover. Uno cree que deberá posponer ese encuentro, pero luego de un par de horas el sol se asoma y no habría necesidad de cancelar la salida. Sofía vio la luz. Volvió a cegar su camino. Parecía que en su interior se libraba una batalla entre su razón y sus sentimientos. Como siempre lo fue, una lucha donde el ganador de antemano se sabría que sería el corazón. Por más que digan que el corazón no tiene argumentos, ni puede opinar. En ella sí. La dominaba, y la dominaría infinitamente.  En consecuencia, ese fin de semana se volverían a ver, como si un viento fuerte hubiese pasado por su memoria, ocultó todo recuerdo bajo la alfombra. Cerró los ojos por unos cuantos minutos y prefirió dejar a flote los que más le gustaban. En parte, fue mejor que haga eso, así olvidaba por un rato lo que la hizo sufrir. De repente, sus ojos se llenaron de imágenes junto a él, de los hermosos momentos que vivió entre sus brazos, de las veces que se sonrojó por alguna cosa que le susurró al oído, de las miradas a la nada cuando se quedaba pensando en él al hablarle por teléfono. Del regalo, de las palabras, de los besos, de las cosas que pensó que no era posible vivir. Cambió su vida y su manera de filosofarla. Haya hecho bien, o no, cambió su existencia en la tierra. Marcó un suceso histórico en su línea de tiempo, hay un antes y un después de Joel.
Llegó el sábado, como llega el verano al finalizar el año, inevitablemente. Como llega el rocío en las mañanas húmedas de otoño. Como, sin poder impedirlo, llega la piel erizada al sentir el roce de algo frío. Llegó ese momento. Sofía no había preparado nada la noche anterior, su bolso de salida estaba tirado a un costado de la silla cerca de la puerta. Ni siquiera habían hablado de nuevo luego de ese mensaje del miércoles. Ya no lo hacían todos los días, como antes. En ese momento, con mucha suerte, intercambiaban palabras cada dos días, o tres. Cuando quedó arreglado que se verían ese día, ya no había motivo por el cual seguir la charla. Entonces, Sofía no quería ver lo que estaba frente a su frente. Era como si ella misma se colocara la venda en los ojos que le impediría ver la realidad. Joel no quería absolutamente nada con ella, excepto piel. Eran las 9:23 de la mañana, ella estaba desayunando cuando su mamá tomó la bolsa de las compras para ir a hacerlas, le aconsejó que se cuidara al salir, y no olvidara abrigarse porque eran épocas de pescarse leves resfriados y Sofía venía de reponerse de uno. La besó en la frente y salió por la puerta principal saludando a una de las perritas. Cuando salió su madre, y terminó de desayunar el clásico matecocido con leche y tostadas, se dispuso a vestirse, remera color violeta oscuro, casi púrpura, de su color preferido. Jeans negros, zapatillas cómodas del mismo color. Un pañuelo para cubrir el cuello del mismo tono que la remera. Y una campera bordó sin bolsillos. Puso en el bolso su billetera, revisó si tenía caramelos, nunca le podían faltar los caramelos, por si le bajaba la presión, ellos la salvarían de desmayarse. Guardó también un huevo de pascuas de chocolate relleno de confites de colores, ese era el regalo que le llevaría. Sofía nunca llegaba con las manos vacías a la casa de Joel. Si no era algo casero, eran galletitas, o chocolates. A decir verdad, nunca llegaba con las manos vacías a la casa de nadie. No le gustaba. Tomó las llaves, saludó a su papá que estaba arreglando algunas averías de la camioneta, y partió para la parada de colectivos.
Cuando llegó a la casa de Joel, fue él quien le abrió la puerta. La miró, y ella se sintió desnuda, de nuevo, como antes, como siempre que tenía esos ojos marrones claros frente a los suyos negros profundos. La besó como un gesto de saludo y de “buenos días”. Entraron a la sala, prepararon el mate, siempre el mate amargo. Para dulce, ya estaban sus besos.

viernes, 22 de marzo de 2013

Capítulo 15- En la boca del león




Con la marea más calma, y los vientos soplando con tranquilidad así como en un campo rodeado de espigas y flores blancas pequeñas, Sofía vio un rayito de luz en el horizonte. Creyó que podría darse y dar a Joel una segunda oportunidad. Quizás con un poco más de tiempo los sentimientos cambiarían a su favor. Ya sabía lo que no debía hacer, no debía ceder demasiado espacio en su vida y en sus días como antes. Ahora que se sentía más animada, y con varios parches en su interior, centró su cabeza en pensamientos positivos. Ya comenzó sus clases en la Facultad y no podía permitirse que esa cuestión del corazón roto la desvíe de su meta profesional. Si bien era inevitable que deje de pensar en todo lo que pasó, ahora su mente se enfocaría en sus estudios. Con serena templanza fue tanteando el terreno que de ahora en más Joel le plantearía. En realidad, no le planteó nada claro. Solo imaginó que si él volvió a dirigirle la palabra era porque la extrañaba y era una probabilidad no muy lejana que existiera un intento de segunda vuelta. Con más calma, con más paciencia. Si bien el corazón estaba echo mendrugos, la esperanza nunca la perdió. La dejó en la mesita de luz para cuando se secaran las lágrimas que estaba derramando en esos días. La dejó ahí, al lado de su Román. Una noche vio a la esperanza descansando a su lado, la tomó y se vistió de ella de nuevo. Nunca la perdió. Su alma de nube voladora era inmune a cualquier desilusión. No lo sabía, lo supo desde entonces. Supo también que no debía repetir esos pasos, se prohibió a sí misma hacer lo que antes hizo, o no decir lo que antes no dijo. Vio una nueva probabilidad de conseguir mover alguna sensación más fuerte en Joel. Más allá de lo que quizás dijera Monserrat, o alguna de sus amigas si le contaba la historia, Sofía estaba decidida a hacer lo formulado por su alocada cabeza. Existió la opción que le dio pie para rearmar su mundo mágico entre las nubes de nuevo. Pero esta vez tendría una cuerda que la ataba del pie hasta la pata de su cama en el planeta tierra. Al menos eso ella pensó tener. Pensó asumir el control de la situación, de sus sentimientos y de lo que ocurriría.
Sofía se tomó un sábado para ella. Nada de estudiar, nada de salir a hacer compras ni de salir con sus amigas. Aprovechó la soledad de la mañana fresca y soleada que le regalaba el otoño. Luego de su desayuno cerca de las 9 y media de la mañana, buscó uno de sus libros que descansan en su mini biblioteca hecha de un porta cds reciclado, barnizado y puesto horizontalmente en la pared por encima de un armario. Tomó uno de suspenso, ese que hace años leyó y quiere revivir página por página. Se llamaba “Poco digno para una mujer” de PD James. Era la historia de una joven detective que investigaba el supuesto suicidio de un joven universitario. Esa clase de historias la fascinaban, porque la llevaban a otro espacio de la realidad. La desenchufaban de lo cotidiano y de todo lo que le venía ocurriendo. Se tomó su mañana. Se preparó el mate, le puso boldo. Se ubicó en la sala de su casa, allí donde entraba un poco de sol por la ventana. Y dejó volar las horas. Hace mucho que no se sentía como se sintió en ese momento. Y por un instante la asaltó el antojo de querer que él estuviese a su lado en ese momento.
Justo en esa semana, Sofía, se había enfermado, se resfrío por culpa de un cambio de clima medio brusco. Siempre el paso de verano a otoño la trató mal como trapo de piso. Además, las clases en las que cursaba eran de noche. La parada de colectivos frente a la Facultad, quedaba pegada a un campo grande. Por ende, siempre que había mucho viento, característica del otoño, ahí se sentía más que en otro lugar. Eso la maltrató. Y algunos afirmaban que cuando una persona está triste, las defensas bajan, y uno está más propenso a enfermarse. Pero Sofía ya casi no estaba triste. Melancólica, quizás. Obviamente, porque no se olvidaría de la noche a la mañana de algo que la marcó hasta en las venas como un tatuaje en el alma.
Joel volvió a hablar con Sofía porque ella no era como cualquier otra chica. Era de esas que no se encuentran en cualquier lugar. Y al encontrarla no debía dejar escapar. Quizás pensó que él podría poner reglas de ahora en más a la relación. A lo mejor pensó que Sofía, y su mundo de ensueños, llegarían a entender que él no podía sentir nada por ella. No le salía abrigar en su pecho algo parecido a lo que Sofía albergaba. Joel pretendió frenar eso que crecía por su culpa entre las costillas de ella. Su intención no fue confundirla, al contrario, creyó dejar todo muy en claro cuando aquella vez charlaron. Él no quiso tratarla mal, nunca lo quiso. Toda esa situación, toda esa historia se le escapó de las manos como un jabón de tocador resbaloso que cae al piso. No midió todas esas dulzuras, no controló esas miradas que dejaban desnuda el alma de Sofía. Pero, ahora sus pretensiones eran estabilizar el presente para tapar un poco el pasado del que tenía, en gran parte, la culpa del color que tomó. Si volvió fue para remendar lo descocido, y tratar de pegar con algo duradero las partes rotas del frágil cristal que terminó rompiendo por bruscos movimientos con sus manos.
Sofía sintió que se abría otra puerta. Veía por la cerradura que el otro lado estaba más claro. La mitad de abril trajo frío y un nuevo sueño: hacer las cosas mejor. Si bien, no tenía la mayor culpabilidad, supo siempre que abrir las puertas de par en par de su pecho era dejar vulnerable e indefenso a su corazón. Se propuso ir despacio y tener más paciencia. Ir más tranquila y dejar que las cosas fluyan con el correr de las agujas del reloj. Dejó pasar de nuevo a Joel en su existencia, no importó que las cosas estén desordenadas en ella. Las sillas y las mesas se encontraban tiradas, el mantel sin desempolvar, la alfombra sin barrer y algunos almohadones sin sacudir. Había un desorden inusual en el lugar. Era raro en ella estar así, pero al menos estaba mejor que hace un mes. Cosas nuevas empezaría a experimentar. Era dejar que levemente Joel vuelva a conquistar terreno, dejando totalmente de lado el dolor. Y si él se portó mal, ya no se acordaría. Sofía siempre hizo caso al núcleo de su cuerpo, nunca a su razón. En este caso el titiritero, dueño absoluto de las viseras del corazón, era Joel. Quien volvía para realizar una segunda parte.

lunes, 18 de marzo de 2013

Capítulo 14- Nunca lo fue




Llegó el mes de abril. Sofía y Joel comenzaron a hablarse de nuevo, por mensajes en una red social, pero no como antes. Ya no estaban esas frases que en cada punto llevaban arrastradas mil caricias. Ni esos “yo te quiero más” que delataban cuantos suspiros se guardaron hasta ese momento. Ya no había un “mi sol” que encerraba millones de sensaciones que se empujaban unos a otros dentro de la existencia de Sofía. No había sol, en definitiva. Los días eran más duros con ella. De él no se supo nada. A simple vista no dolió, no dejó siquiera una cicatriz como un raspón cuando se aprende a andar en bicicleta. No dejó huella. Porque si lo hubiera hecho se hubiese notado. Eso se nota en la mirada, como cuando se golpea una manzana, queda una parte morada, oxidada. Pero no, Sofía no pisó tan fuerte. No tuvo la capacidad de despertar tanto fulgor del pecho de Joel. Inexperiencia, o quién sabe qué cosa le impidió hacer aquello. No tuvo fuerza su espíritu para dejar una raíz en la memoria del “extraño” que saqueó su corazón. Ya no se hablaban así. Y esa frialdad primera fue el punta pie para que Sofía entendiera que habría una distancia indeseada por ella. Joel no era malo, por eso aceptaron seguir una amistad que los mantuviera al tanto de las cosas de cada uno. Ella se puso, sin darse cuenta, una prueba de fuego. Tantas veces él pidió perdón que le creyó una vez más. Si parecía sincero al pedir disculpas. Uno puede equivocarse en muchas cosas, claro. Pero, ¿podría alguien, un ser humano con la mente clara, enamorar a otra persona sin estar seguro de lo que sentía? En varias oportunidades, Joel explicó que nunca sintió algo “fuerte” y seguro por Sofía. No era profundo su querer. Y además, era solo eso, querer. No era amor. Nunca lo fue. Nunca fue nada. Es más, fue absolutamente nada. Todo lo que pasó, todo lo que ocurrió en una aparente realidad, toda la secuencia de la historia tan similar a un cuento de hadas, fue creado en la mente de Sofía. Al menos eso se pudo asegurar. La totalidad de los hechos tuvieron como escenario su imaginación, a fin de cuentas su percepción era diferente a la de él. Y más trágica. Porque si desde el principio Joel hubiese puesto los puntos sobre las ies, Sofía hubiera frenado eso que crecía con pasos de gigante. Hubiese seguido imaginando ese futuro perfecto entre sus brazos, pero sabiendo que nada ocurriría. Por qué Joel no expresó eso en la entrada. Por qué no aclaró que no estaba seguro de nada. Por qué tuvo que esperar hasta que Sofía se estrellara contra una muralla. Por qué dejó que pasara. Lo dijo, pero tarde. La noche se hundió en lo más oscuro, casi absorbiendo a la luna, y en ese hundimiento se escapaban las ilusiones de Sofía, sin que ella opusiera resistencia. Era tarde, muy tarde. Sofía enamorada, y él sin sentir nada. Un oso de peluche, y muchas hojas de un cuaderno, la almohada fue cómplice de todo, de charlas y sueños, y al final de lágrimas y tristeza. Joel nunca sintió ese brillo radiante salir de su interior. Por eso nunca se enamoró de Sofía. Se lo explicó, trató de no herirla, pero sabiendo que la hacia pedazos. Y a sabiendas, también, de que se ganaba el infierno.
Sí, se ganó un mar de penurias. No se lo deberá merecer, pero se lo ganó al jugar con un sentimiento tan noble. En el alma de Sofía aún se escuchaban las risas que provocaron su llegada. Quizás él nunca supo que a quien tuvo a su lado era el ser más puro que pudo encontrar entre tanta humanidad descorazonada. Y que de ahora en más él la convirtió en una más de tantas. En una de esas que le da igual hoy que mañana. En una que ya no piensa en castillos de colores, perfumados con flores campestres en las habitaciones, ni con mascotas en el patio jugando alrededor de una mesa llena de galletitas y mate. En una que no sueña en esforzarse por ser diferente en la capacidad de amar, y que ahora ama igual que cualquiera. Que ya no sueña con emocionarse al llegar una hora señalada, en un lugar determinado, o una fecha de cumpleaños. Joel tuvo en sus manos el poder de cambiarse a él, de llenarse de dicha a cada instante sin la necesidad de devolver la mitad de lo que recibía, y que su pase mágico era un “buen día, te quiero”. Lo desperdició. No lo valoró, y lo arrojó a la nada como a una colilla de cigarrillo. Sofía era una más de tantas gracias a él. Qué orgulloso debía sentirse.
Volvieron a hablarse, y muy diferente. Una conversación de las normales. Un “hola, ¿cómo estás?” y nada más allá de lo formal. Seguían siendo los mismos locos de siempre. Con las mismas actitudes, el mismo tono de confianza. Pero ahí faltaba algo, que desapareció aquel lunes de marzo. Comenzaron a hablarse de nuevo, y fue Joel quien puso un principio, otra vez. No soportó la idea de saber que no sabría más nada de ella. O quizás, vio un corte en las paredes de la distancia y sintió que era una oportunidad para mantener algo más que una amistad con Sofía. Al fin y al cabo, ella ya sabía que con él no tendría oportunidad de escribir una historia. Al menos no esa historia que ella tanto transmitió en sus sueños. Entonces, él vio la posibilidad de mantener un cierto contacto afable, cariñoso, afectuoso con ella. Una especie de contrato en el que Sofía ya había leído la letra chica y estaba de acuerdo. No podría reclamar nada. Porque nada fue de ella, así como tampoco nada era de él. Esa nueva, pero conocida, conversación los llevó a la risa. Los transportó a palabras endulzadas con sacarina. Todo pretendía ser liviano, como recomenzar un dibujo.
Después de horas de intercambio de palabras escritas, Sofía sintió un gran alivio en su pecho. Pudo adivinar cuando se acabó ese malestar en su estómago, mezcla de ansiedad y nerviosismo, que la tenía frenética. Charló con él varios minutos. Le robó sonrisas como siempre supo hacerlo. Volvió un ratito a ese día en que empezaron a conversar, en el que se inició todo. Volvió a sentir que Joel le arrancaba el aire. Sabiendo que nada pasó y nada podría pasar en adelante, Sofía se dejó llevar, así como un barquito de papel en el río, con corriente al mar.