viernes, 31 de mayo de 2013

Capítulo 27- Locuras de amiga




Sofía no podía creer que su amiga haya hecho una cosa semejante. Hablar con Joel sin su permiso, y sin contarle lo que le diría. En un primer minuto pensó que lo llamó por teléfono y con un tono sobresaliente le dijo sus verdades. La miró muy bien a los ojos, y no dejó de mirarla nunca. Monserrat cebaba los mates y miraba de vez en cuando la tele, nunca le prestó atención a lo que se emitía, sólo lo puso para tener una distracción por si Sofía se ponía nerviosa y le reclamaba.
-“Se me cruzó la idea hace un par de días, bah, al día siguiente de lo que me contaste que te dijo. Y no te dije nada porque no me ibas a dejar…”
-“¡Pensaste mal! Si me lo hubieses dicho, yo te daba permiso. Siempre y cuando yo esté presente cuando lo llamaras” cuando Sofía terminó de decir eso, su amiga le tomó la mano y con una mirada traviesa con media sonrisa dibujada, le dijo:
-“No lo llamé por teléfono. Lo fui a buscar al trabajo.”
Sofía no reaccionó cuando escuchó lo que su amiga le contaba. Había cometido semejante locura, sólo por ayudarla. Pero, a decir verdad no era necesario. Ella podía manejar las cosas con sus manos, pasaba un momento en el que sentía que tenía todo controlado. Quizás, muy en el fondo de su inconsciente, siempre supo que podía llegar a pasar lo que pasó. Lo seguro, era que nunca pensó que Monse haría una cosa así.
-“¿Cómo?... ¿Hasta su trabajo?... Explicame, nena.”
-“Vos me contaste que trabajaba en una sucursal de estudios terciarios. Busqué por internet cuál sería, y me mandé. Es grande el lugar, así que lo busqué bastante. No me animé a preguntar por él por si me decían que no me quería atender. No quise perder mucho tiempo.”
-“Estás totalmente loca, amiga. Cuándo hiciste eso. Ahora me molesta que no me lo hayas dicho.”
-“Fue el viernes. Y creo que una vez me contaste cuál era la hora de su descanso. Así que fui más o menos a esa hora y lo esperé. Encontré el barcito que tienen ahí, y como él no me conoce personalmente, me senté en una mesa hasta que entrara.”
-“¿Y si no entraba?”
-“Bueno, iba a esperar veinte minutos, o media hora, y si no entraba entonces lo iba a buscar a otro lado, o cerca de la entrada. La cuestión, es que entró. Lo vi y me acerqué, lo llamé por su nombre, se dio vuelta y me miró medio raro. Le dije que soy Monserrat, la amiga de Sofía.”
-“¿Cómo reaccionó cuando dijiste eso?”
-“Hizo un gesto como diciendo ‘qué pesada’. No entendí por qué, pero después le pregunté si tenía cinco minutos para hablar conmigo. Me dijo que sí, y nos sentamos. Lo primero que le aclaré fue que no me mandaste vos. Que fui porque me pareció que a él le hacía falta que le aclaren un par de cosas. Le dije todo lo que tenía ganas de decirle. Eso.”
-“Pero, exactamente. Lo más puntual que le dijiste, ¿qué fue?”
-“Que… podía ir pensando en madurar y no ser tan tarado.”
Sofía quedó pensando. Miraba el mate, y revolvía las ideas. A fin de cuentas su amiga no había echo nada malo, y si quería lo dejaba en secreto, pero, en cambio se lo dijo, y le explicó lo que hizo con un poco de miedo, sin saber, obviamente, lo que Sofía le diría.
-“Bueno, está bien. Ya pasó, ya lo hiciste. No creo que Joel se enoje por esto. Sino, ya me hubiera mandado algún mensaje o algo.”
Sofía se puso tranquila. No se enojó, ni se alteró. Entendió que lo que hizo Monserrat, lo hubiera hecho ella también. Pero, lo pensó mucho mejor, y entendió que ella no lo hubiese hecho sin su permiso.
-“Amiga, (dijo mientras tomaba un mate, y se serenaba) no lo vuelvas a hacer sin preguntármelo antes, aunque sea. No sé, fíjate si no te hubiese molestado si lo hacia yo.”
-“No, vos nunca lo hubiese hecho así.”
-“¡Por eso! En un momento me molestó un poco que te metas en eso, y sin consultarme. Igual, siento que no me estás diciendo todo lo que pasó”
-“¿Qué te hace pensar eso?”
-“Que te conozco, Monse”
Su amiga se quedó en silencio un rato. Era un silencio incomodo entre las dos, estaban tratando un tema que, debió haber quedado enterrado desde un primer minuto. Pero, no, Monserrat tuvo que reavivar el fuego. No quedó otra alternativa que aclarar algo más.
-“Sí, pasó algo más.”
-“¡¿Qué pasó, Monse?!” dijo Sofía levantando un poco la voz, casi atragantándose con el mate.
-“Nada, es que… me repitió lo mismo que a vos. Que no estaba seguro con nada, y eso. Y que… lo sabía desde el principio. Solo que no te dijo nada, para ver qué pasaba.”
-“¿Qué quiso decir con para ver qué pasaba?” Sofía de verdad no entendió por qué dijo eso.
-“Yo supongo que es porque, a ver, cómo decírtelo… para tener a alguien con quien salir.”
-“¿Vos decís que me usó?”
Monserrat no dijo nada, y con ese silencio dio a entender que la respuesta era afirmativa. Se iba un día más, el último del mes. Se hacía tarde, y Sofía prefirió volver a su casa. Quizás encontraría una salida al revuelo que tenía en la mente, durmiendo un poco, o recostándose para escuchar música. Lo que no podría sacarse de la mente era la última frase de su amiga. ¿Sería cierto?

lunes, 20 de mayo de 2013

Capítulo 26- Evitar lo anunciado




Sin tener ningún contacto alguno con Joel, Sofía siguió su rumbo predestinado. Dolía algunas noches un frío que recorría sus venas y se centraba en el pecho. Tratando de evitar que su mente caiga en ese pozo de pensar en él, las últimas palabras pronunciadas se paseaban por su memoria. Una tarde en su casa, sola en su habitación, intentaba dormir la siesta, pero una angustia que le apretaba la garganta no la dejó. Era final del mes, y no quería mirar para atrás, supo que no podría evitarlo, se conocía demasiado a ella misma como para ocultárselo. En un arrebato, agarró el celular con la idea de mandarle un mensaje a Joel. Echó en tierra esa idea, por creerla tonta, y un poco más y se pegaba ella misma un cachetazo. Desde aquel día, tomó conciencia de muchas cosas. Hizo un repaso de lo que vivió, y le tocó experimentar. Admitió que parte de la culpa la tuvo ella, forzó o intentó generar algo que desde el principio del problema se le fue planteado. Se acordó de las palabras de su amiga, que le echó la culpa del final anunciado. Y muy en el fondo de su razón, Sofía sabía que podía pasar lo que terminó ocurriendo.
Lo inevitable era extrañarlo. Descubrió una parte de ella que no conocía, y era su capacidad de apegarse a alguien. Pero no a cualquiera, sino al noble caballero que sedujo sus sentidos desde el primer minuto. Algo que no sabía de sí misma. Una aptitud desconocida hasta el momento de entender que la deslumbró ese par de brillos en las pupilas. Entregó hasta la última célula de su cuerpo y alma. Corrió con los brazos abiertos hasta la nada misma y se encontró con un abismo oscuro y frío. Ocultó esa sensación como las mejores ilusionistas. Sólo con alguien de confianza podía ser ella misma. Monserrat ocupaba ese lugar privilegiado. Su amiga era un pilar muy importante en esas situaciones, tanto en las buenas como en las malas. Sofía pensó que ocultando sentimientos podía llegar a enterrarlos definitivamente. Quizás, los dejaría olvidados y empolvándose en el fondo de su cabeza y corazón. Si pudiera.
Un mensaje de texto la sacudió de su nube y la hizo volver al hoy.
-“Ey, amiga, tomamos mate?” preguntaba Monse, a lo mejor con la intención de reanimar a Sofía, conociéndola trataría de ocultar lo que realmente le pasaba. Respondió con un sí. Miró el reloj y vio que eran las cinco. Se levantó y se preparó para salir. Salió de su habitación, en la sala estaba su mamá preparando una ensalada de frutas, mientras miraba una telenovela. “Voy a salir, ma. Voy a tomar mates con Monse” dijo sonriente, aunque la aflicción en el pecho la empujara a no hablar. “Mandale saludos.” Dijo su mamá, le dio un beso y un abrazo. La casa de su amiga quedaba a cinco cuadras. Fue en su bicicleta, primero pasó por la panadería para llevar algunas facturas y compartir. Llegó, y miró al cielo, unas nubes bien blancas se hicieron presentes en medio de tanto color celeste fuerte. Era un domingo perfecto. Abrazó a su amiga en la entrada, y se acomodó en una silla cerca de la mesa. Ya estaba preparado el mate.
-“El próximo finde podríamos salir a pasear no?” Monse tiró una idea para empezar.
-“Sí… estaría bueno. Si el día está como hoy, mejor.” Sofía miró con extrañeza a su amiga. Por algo actuaba así, de una manera demasiado inocente. Añadió: “¿Pasa algo? Te noto rara”
-“Mmm, no… nada. Ricas las medialunas, eh”
Y no, si había algo que Monserrat no podía disimular, ni siquiera haciendo un gran esfuerzo, es dejar en obviedad que metió la pata. Sofía no sabía en qué, pero que alguna macana se había mandado, estaba segura. Después de tomar el mate que le correspondía, preguntó de nuevo.
“¡¿Qué hiciste?! No me podés ocultar que en algo estás metida.”
-“Bueno… está bien, te cuento, pero primero prométeme que no me vas a retar.” Dijo Monse casi con miedo. Sofía dijo que no se alborotaría con la noticia, sin saber que la metida de pata tenía que ver con ella.
-“No, no me voy a enojar. Qué hiciste, Monse.”
-“Hablé con Joel.”
Sofía casi se atraganta con el sorbo de mate y el mordisco de medialuna que dejó en su boca. Abrió bien grandes sus ojos, y con una mirada dijo todo. No entendió la actitud de su amiga.
-“¡Que hiciste qué cosa! Por qué o para qué… explícame.” Se le hizo un nudo en la garganta. Sintió un calor intenso recorrer sus venas, desde sus pies hasta el cuero cabelludo. Conocía a su amiga, claro, la conocía bien. Lo que le haya dicho a Joel, tuvo que ser verdad, de la más cruda. Pero, dudaba en la manera en que se lo dijo. Recordó que ella sabía dónde trabajaba él. Se le cruzó miles de ideas posibles, pero necesitaba escucharlo de su voz.
-“Calmate, no dije nada malo. Calmate, dale, y te explico bien.” Declaró Monserrat, muy calmada.

viernes, 17 de mayo de 2013

Capítulo 25- Al costado del camino




Mientras tomaba los mates que terminó de preparar casi sin hablar, su mamá notó que estaba un poco rara.
-“¿Qué te pasa? ¿Te duele algo?”
-“Nada, me siento un poco cansada. A lo mejor, me estoy por engripar, con el tiempo así.”
-“Cuidate, porque siempre que te agarra, tarda en dejarte.”
-“Sí, ma.”
La realidad era que no sentía nada. Eso la sorprendió desde el primer instante, y desde que le dijo a Joel que no se preocupara, que ella estaría bien y entendía todo. No tuvo ganas de quedarse tirada en la cama, pensando en por qué a ella, no tuvo ganas de reprocharse ni ganas de romper cosas por bronca y enojo. No sintió la necesidad de llamar a nadie, a ninguna de sus amigas. Era como si ella estuviera flotando en una burbuja donde no existía la ley de gravedad. Era muy raro en ella, definitivamente, para que su mamá le preguntara el por qué estaba así. Deseaba muy en su interior que no le preguntara por Joel, que no hiciera referencia al tema, porque no preparó de antemano una respuesta para darle, ni sabía cómo iba a reaccionar cuando le hiciera acordar de él. Le hablaba del clima, de la humedad, de que tenía un parcial esa semana, de cualquier cosa con tal de que no lo mencionara. Pero, lo hizo, le preguntó por él.
-“¿Cómo te fue con Joel?” le dijo mirándola a los ojos, y tomando un sorbo de mate.
-“Bien. ¿Querés tortas fritas? Estaba pensando en hacerlas.”
-“Sí. Creo que no hay harina, te voy a buscar al almacén.”
-“Bueno, yo mientras preparo las demás cosas,”
Logró evadir con satisfacción la cuestión, pero sabía que su mamá se dio cuenta de eso, de que no quería hablar del tema. Era mejor no insistir, pueden ser cosas de parejas jóvenes, habría pensado su mamá. Sofía se predispuso a hacer las tortas fritas prometidas, en parte también porque tenía antojo de ellas. Cuando terminó de amasar, le llegó un mensaje al celular. Era su amiga, preguntándole qué pasó, y porque tendría que esperar hasta al día siguiente para saberlo. Prefirió terminar de fritar la masa y luego contestar, para hacerlo más tranquila y alejada de su mamá.
Le tomó unos minutos decidir lo que le iba a decir a Monserrat. No supo si contarle un poco en ese momento, o decirle que lo haría cuando la vea personalmente. En ese momento, de verdad sintió la necesidad de tenerla cerca. Pero, tomó la decisión de hablarlo cuando se junten en la facultad al día siguiente. Lejos de tener un poco de comprensión, y conociendo el carácter de su amiga, supo que le llegaría un texto un poco reñidor. “¿Qué te hizo? ¿O qué pasó? Bueno, está bien, contame mañana. Descansá.” La pregunta de “qué te hizo” le dio a entender a Sofía que tendría que prepararse para escuchar más verdades sobre Joel. Era muy sabido, inclusive por él, que no caía bien su existencia en Monserrat.
Acordaron encontrarse una hora antes de la clase en el bar de la Facultad. Café para Monse, un matecocido para Sofía, y medialunas para las dos en común. Estaban tranquilas, a pesar de tener un examen en esos días. Monserrat no emitió palabras, siempre fue así cuando alguien le estaba por contar algo, no preguntaba ni insistía. Miraba fijamente a los ojos de Sofía, ella la miró también. Y comenzó a hablar después de tomar media taza de la infusión y dos medialunas.
-“Salimos a pasear por ahí, por el barrio de él. Después de un rato tirados en el pasto, me dijo que me tenía que decir algo importante. Y bueno, me dijo que ya no podíamos seguir con esto. Que sería mejor dejarlo acá. Y eso.”
-“¿Por qué salió con eso ahora?”
-“No sé. Él es así. Es muy inestable emocionalmente. Hubo momentos en que yo entendí que estaba todo bien, y después resulta que me sale con eso. Siento más que nunca que no sabe lo que quiere, más allá de que me metí en la boca del lobo.”
-“Menos mal que lo dijiste vos, eh.”
-“Sí, ya sé. Que por qué no te hice caso, por qué seguí con eso, etc etc.”
-“¡Y sí! Si era para burlarse de vos que seguía con eso. Yo te dije, tenías que terminar con esto hace rato.” Después de un rato de silencio, Monse observa que Sofía quedó callada, sin refutar el reproche. “Vos, ¿cómo estás?”
-“Tranquila, por ahora. No sé. Es raro en mí. Pero, no tuve ataques de nervios, o ganas de llorar. Me hace bien hablar con vos.”
-“Qué bueno, pero que me digas eso, no quita que tengas gran culpa en cómo terminó todo.”
-“¿Por qué gran culpa? Un gran porcentaje, puede ser, pero no toda.  Vos sabés mejor que nadie cómo se comportaba conmigo, cómo me trataba, todo eso. No hice una historia de la nada, sólo del aire. Lo hice de señales que creí que eran verdad.”
-“Ya sé, lo hablamos mucho. Pero, él te dejó muy en claro eso, y como vio que estabas en su mano, decidió manipularte. Y acá tenés el resultado.”
-“Y bueno…” dijo Sofía seguido de un suspiro. Ya se había terminado su matecocido, y quedaban cinco minutos para que empiece la clase. Seguían en el bar. “Ya sabés que no soy inteligente en éstas cosas y mucho menos con Joel.”
-“Lo sé. Pero, si te das cuenta, nunca fue coherente con lo que dijo. Que sí, pero no. ¿Entendés?”
-“Sí, qué sé yo… igual, eso mucho no importa ahora.”
-“¿Te volvió a hablar?”
-“No.”
-“Ay, ay… y bueno, ¿ves? Se terminó definitivamente ¿no?” dijo con una mirada penetrante hacia Sofía.
-“Sí, obvio. Se terminó.” Dejó caer las palabras, como quien se rinde ante algo que ya no tiene otro remedio, ni escapatoria, ni posibilidad de seguir. Miró el reloj, juntó las cosas y antes de levantarse le dijo a Monse. “Gracias por escucharme. La próxima, trataré de prestarte atención.”
-“No me agradezcas nada. Y espero que así sea.”
Agarraron sus bolsos y se fueron al aula donde tendrían la clase de los lunes. Sofía confiaba plenamente en su amiga, siempre con la cuota justa de razón y lógica. Cosas que a ella le faltaban en cantidad. Y más, si se trataba de Joel. Ese sol que terminó por quemarle el corazón por completo.
Ese día, a Sofía le fue imposible concentrarse en la clase. Casi ni tomó apuntes en su cuaderno, porque en su cabeza pasaban otras cosas. Miles de situaciones que le dejaron en claro la posibilidad de centrarse en un solo camino. Seguir aunque no supiera cómo.

domingo, 12 de mayo de 2013

Capítulo 24- La herida no sangra




Sofía abrió la puerta de su casa y encontró una nota de su mamá que decía: “Fuimos a la casa de Nora.” Su hermano estaba en el garaje, arreglando algún desperfecto, mientras su mamá y su papá salieron a la casa de una vieja amiga de ambos. Entró a su habitación, cerró la puerta sin tomar contacto con su mascota, quien tampoco hizo mucho para llamar la atención, ya que estaba muy cómoda descansando en su colchón de la sala. Dejó caer su mochila en el piso, se descalzó y se echó en la cama como si se desplomara después de sufrir una golpiza. Estuvo unos minutos mirando la pared, boca abajo, y con la mente casi en blanco. No sentía ganas de llorar inconsolablemente, era raro en ella. Se sentó con figura india en medio de la cama. Siguió mirando a la nada, apagó el celular para que no la molestaran. Era domingo, pero de todas formas alguien podría querer contactarse con ella, y no quería terceros en ese momento. Suspiró profundo y cuando giró la cabeza para tratar de dormirse, se interpuso en su vista, su computadora. Lo pensó dos minutos, y la encendió. Hace mucho que no escribía algo. Siempre fue una manera de hacer catarsis, cuando no estaba a su alcance molestar a alguna de sus amigas, o cuando no quería hacerlo. Porque, en ocasiones, por más que supiera que podía contar con sus amigas de siempre, no quería hacerlo. Tenía, de vez en cuando, esa sensación de soledad que la acogía en una burbuja. Su escape de emergencia era la escritura. Últimamente entre el estudio, y prestar atención a demás cosas, había dejado el hábito de escribir para ella, y a veces para sus queridos.
Se ubicó en la silla, se puso de nuevo los auriculares y dejó que la música tranquila, que tanto le gusta, la llevara a un lugar plácido que no fuera su cuarto. Ahí estaban los recuerdos, en la almohada, en algunos cuadernos, en la ventana, en el regalo que descansaba en la mesita frente a su cama. Comenzó a escribir en una hoja de Word. Nunca mirando la pantalla, ella escribía observando las teclas. Hubo una noche que se preguntó si eso era un inconveniente psicoanalítico, y si era posible analizar eso. Había momentos en que se le cruzaba esa idea por la cabeza, le gustaba la psicología, y las cuestiones que tenían que ver con los sueños y sus explicaciones. Escribía cada cosa que la mente le expresaba.
Hubo una vez un remolino en las hojas de los árboles que aún no cayeron. Entre ellas se rozaban los bordes dejando ver entre sus venas la alegría del viento. Las sonrisas se dibujaban en las ramas más gruesas, el verano estaba en su mitad, no se veía en el horizonte una posibilidad de secar y volver oscuras sus mejillas. La lluvia era solo una compañera fiel, que invitaba a refrescarse como un pájaro en el arroyo, corriendo a un ritmo tranquilo, en medio de un campo. La sordera de las hojas construyó una corteza que ningún ser podía romper. Ni piedras ni gritos fuertes, ni hachas o golpes de pico de aves. El remolino trazó las líneas de lo incomprensible en la humanidad. El árbol tan iluminado en medio de la ciudad, creyó llegar al paraíso, y tocar el centro de la tierra con las raíces. Sin quemarse, sin querer huir. El otoño no amenazaba, aunque tirara soplidos helados en las mañanas y en las noches, cuando el sol se escondía. Las hojas resplandecían de verde cálido fuerte. Vigorosas desde abajo hacia arriba, ninguna envidiaba nada, tenían lo necesario para sobresalir y llamar la atención de cualquier nube que decida visitarlas. Un sacudón de vitalidad las empujaba diariamente, como si no existiera peligro en un futuro no lejano. No razonaban, claramente, eran hojas. De un árbol que nunca tuvo flores, nació en el medio de su copa un pimpollo color blanco. Un mediodía de casi otoño un intrépido pajarito posó a su lado. Admiró su belleza, y contempló su timidez. Con las plumas incandescentes a los fieles rayos del sol, cortejó con un canto a la flor naciente entre las hojas. Formaron arco iris en las voces de poetas nocturnos, que buscaban en las estrellas un manto de piedad a algunas heridas. Inspiraron juntos una historia sin fin, que al leerla permite el nacimiento de un universo nuevo donde no existe maldad. De la mano entre los vientos, desde el más leve brillo de los ojos, hasta el más íntimo roce se pertenecían, y se pertenecieron. Perpetuaron en la biografía de cada humano, las líneas que hoy se plasman en un papel. Lo ilógico del relato, es que al comenzar la primavera, se soltaron de sus riendas. El mismo camino que anduvieron, y formaron al costado de la vereda, se deshacía en el horizonte. La bella flor que nació y tomó vida desde el tintineo de la voz del pájaro, veía tristemente cómo caían sus pétalos a la tierra. El ave revolucionaria tomó vuelo para perderse en el firmamento celeste que lloraba silencioso. Migró a otro árbol. Viajó a otra tierra. Dejó una enorme huella en la frágil memoria de la flor. Se resecaba de a poco, una a una sus partes se ponían marrón oscuro. Miró para abajo, una zanja fina transportaba agua hasta un caudal más ancho. Se dejó caer, y mientras cerraba los ojos para siempre, dijo adiós a las hojas que supieron verla feliz. Pidió un cordial saludo al remolino que predijo su nacimiento. Y en el último suspiro, gritó dulcemente: “Ya no me duelen las heridas.”
Sofía no tuvo noción del tiempo, pero cuando miró el reloj, habían pasado dos horas desde su llegada a la casa. El ruido de la puerta de entrada la hizo volver a la realidad, ya que estaba muy metida en lo que escribió. Eso, y un leve ruido en su estómago que indicaba la necesidad de comer algo, la impulsaron a levantarse de la silla para prepara el mate. Antes, agarró el celular y le escribió a Monserrat una de las frases que más sintió expresar: “Ya no me duelen las heridas. Te cuento mañana”