Corría
la mitad de octubre. Sofía era otra, estaba más despistada, más perdida en las
cosas que la rodeaban. En algunas tardes, con el mate en la mano, miraba la
ventana, veía el cielo, y pensaba en Joel. Pero, no eran buenos recuerdos, por
algún motivo, los negativos le ganaban la pulseada a las memorias lindas. Si
bien, él nunca la trató mal, ni fue incorrecto con ella, no tuvo consideración
alguna para lastimarla como lo hizo. Sabía lo que hacía, sabía lo que estaba
pasando, no pudo manejar la situación como debía. Se encontró con una chica
diferente a otras, con una que le daría cosas que no merecía, y quizás eso lo
hizo sentir culpable. Quizá Joel no merecía las cosas que Sofía tenía en sus
manos para entregarle. Él ni siquiera sabía qué quería, y se encontró con ella,
quien tenía en claro lo que sentía al verlo a los ojos.
Después
de aquella charla con su amiga, no volvieron a hablar de él. Era un tema que
debía enterrarse, que desde hace mucho debía de haber terminado. Con esa
pregunta que quedó rebotando en las paredes de la cabeza de Sofía, se dio por
terminado el asunto. Como si fuera un pacto, pero sin la necesidad de
verbalizarlo o de escribirlo en algún papel, las dos entendieron que no se
debía nombrarlo más. Que fue un mal trago, una piedra en el camino, y que era
mejor dejarlo en el recuerdo y que el tiempo, se apiade, y ayude a olvidarlo.
Sofía
se concentraba en sus estudios y en ayudar en su casa. Una mañana antes de
levantarse, acomodó la almohada y se puso los auriculares para escuchar la
radio. Se le cruzó por las neuronas hacer un viaje en las vacaciones. Faltaban
dos meses, y sería luego de los exámenes finales en la facultad. Cada vez que
le entraba una idea en la cabeza, no se le salía hasta por un buen tiempo
después. En fin, se levantó para vestirse y tomar el desayuno con un ánimo
excelente. El martes le regalaba un día espléndido, soleado y con un cielo
radiante. La loca idea iba a vagar en su mente por toda la mañana, hasta llegar
al mediodía. Momento en el que decide comentarle su plan, a su amiga. “Tengo algo en mente que te va a encantar.” Decía
el mensaje de texto que le mandó. Sin tardar mucho, Monserrat le respondió: “Me lo decís cuando vengas hoy a casa. No tengo
clase en la facu. Te espero.”
Después
de terminar un trabajo práctico para presentar al día siguiente, Sofía acomodó
su bolsito en el canastito nuevo de su bicicleta, saludó a su mamá y se fue hasta la casa de Monse. Pedaleó tranquila, sin
mucha prisa. Una sonrisa le traicionaba la conciencia y se mostraba impune. La
idea no era demasiado descabellada, era solo pasar unos días de descanso en
algún lugar que pongan de común acuerdo. Tanto ella como su amiga necesitaban
un desenchufe citadino que les permitiera recargar las pilas para empezar un año
que no se parezca en nada al que estaba terminando. Llegó a la casa de su
amiga, y como siempre, la recepción fue un gran abrazo, más allá de que sólo
pasaron tres días desde la última vez que se vieron.
-¡Hola nena! ¿Cómo estás?
-Bien, che. Espero hayas puesto el mate,
tengo una súper idea que no me suelta. Adelantó Sofía, sabiendo que Monse
es más ansiosa que cualquiera.
-Buenísimo, tengo galletitas con cereales.
Sofía
se acomodó en el sillón más esponjoso que su amiga tenía en su casa. Ya no
disimulaba su sonrisa. Estaba segura de lo que quería hacer, y necesitaba de la
complicidad de su compinche en locuras.
-Básicamente la idea es irme de vacaciones
aunque sea una semana. No sé, dónde, tengo tiempo de planearlo. Pero, eso
quiero. Y por supuesto, quiero que vengas conmigo. Digo, si querés.
-Pero… pero… ¡cómo no voy a querer! Está
buena la idea, aunque sea por un par de días.
-Entonces, ¿no tenés drama en ayudarme a
planificar todo?
-Claro que no Sofi, menos mal que avisás con
tiempo, así ahorro algo de plata.
Mate
iba, y mate venía. Monse fue a buscar mermelada en la heladera, quedó la de
manzana, ya no había de ciruela. Charlaron largo rato como siempre. Las ganas
de irse de viaje la invadieron a las dos. Dejaron e hablar de eso en seguida,
porque se pusieron de acuerdo sin ningún inconveniente.
Llegó
la hora de despedirse, quedaron en seguir planificando todo. Tenían tiempo, el
viaje sería en enero, pero no debían dormirse en los laureles. Sofía llegaría a
su casa justo a la hora de ir a ayudar a su papá en la panificadora. Estaba muy
animada, y contenta. Se había ido de su mente ese fantasma que le agarraba del
tobillo y la garganta. Estaba borrándose de a poco, con dificultad, pero
yéndose al fin. Al doblar la esquina, una casa vecina tenía un parlante en la
ventana, se escuchaba una canción. Al principio no la distinguió con facilidad,
pero a medida que se aproximaba a la vereda la escuchaba con más nitidez. El
semblante le cambió de golpe, se arrugó el entrecejo, y los labios le quedaron
tiesos. Era una canción que Joel le había dedicado hace mucho tiempo, pero que
ella aún recordaba. Y podría apostar sus pulmones a que él ya no se acordaba
del momento en que lo hizo. Respiró profundo. Siguió pedaleando, con más rapidez
para alejarse de inmediato de ahí. Llegó a su casa, olvidó ese percance, y
emprendió camino hasta donde estaba su papá.

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