lunes, 8 de julio de 2013

Capítulo 28- La idea de despejar la mente




Corría la mitad de octubre. Sofía era otra, estaba más despistada, más perdida en las cosas que la rodeaban. En algunas tardes, con el mate en la mano, miraba la ventana, veía el cielo, y pensaba en Joel. Pero, no eran buenos recuerdos, por algún motivo, los negativos le ganaban la pulseada a las memorias lindas. Si bien, él nunca la trató mal, ni fue incorrecto con ella, no tuvo consideración alguna para lastimarla como lo hizo. Sabía lo que hacía, sabía lo que estaba pasando, no pudo manejar la situación como debía. Se encontró con una chica diferente a otras, con una que le daría cosas que no merecía, y quizás eso lo hizo sentir culpable. Quizá Joel no merecía las cosas que Sofía tenía en sus manos para entregarle. Él ni siquiera sabía qué quería, y se encontró con ella, quien tenía en claro lo que sentía al verlo a los ojos.
Después de aquella charla con su amiga, no volvieron a hablar de él. Era un tema que debía enterrarse, que desde hace mucho debía de haber terminado. Con esa pregunta que quedó rebotando en las paredes de la cabeza de Sofía, se dio por terminado el asunto. Como si fuera un pacto, pero sin la necesidad de verbalizarlo o de escribirlo en algún papel, las dos entendieron que no se debía nombrarlo más. Que fue un mal trago, una piedra en el camino, y que era mejor dejarlo en el recuerdo y que el tiempo, se apiade, y ayude a olvidarlo.
Sofía se concentraba en sus estudios y en ayudar en su casa. Una mañana antes de levantarse, acomodó la almohada y se puso los auriculares para escuchar la radio. Se le cruzó por las neuronas hacer un viaje en las vacaciones. Faltaban dos meses, y sería luego de los exámenes finales en la facultad. Cada vez que le entraba una idea en la cabeza, no se le salía hasta por un buen tiempo después. En fin, se levantó para vestirse y tomar el desayuno con un ánimo excelente. El martes le regalaba un día espléndido, soleado y con un cielo radiante. La loca idea iba a vagar en su mente por toda la mañana, hasta llegar al mediodía. Momento en el que decide comentarle su plan, a su amiga. “Tengo algo en mente que te va a encantar.” Decía el mensaje de texto que le mandó. Sin tardar mucho, Monserrat le respondió: “Me lo decís cuando vengas hoy a casa. No tengo clase en la facu. Te espero.”
Después de terminar un trabajo práctico para presentar al día siguiente, Sofía acomodó su bolsito en el canastito nuevo de su bicicleta, saludó a su mamá y se fue  hasta la casa de Monse. Pedaleó tranquila, sin mucha prisa. Una sonrisa le traicionaba la conciencia y se mostraba impune. La idea no era demasiado descabellada, era solo pasar unos días de descanso en algún lugar que pongan de común acuerdo. Tanto ella como su amiga necesitaban un desenchufe citadino que les permitiera recargar las pilas para empezar un año que no se parezca en nada al que estaba terminando. Llegó a la casa de su amiga, y como siempre, la recepción fue un gran abrazo, más allá de que sólo pasaron tres días desde la última vez que se vieron.
-¡Hola nena! ¿Cómo estás?
-Bien, che. Espero hayas puesto el mate, tengo una súper idea que no me suelta. Adelantó Sofía, sabiendo que Monse es más ansiosa que cualquiera.
-Buenísimo, tengo galletitas con cereales.
Sofía se acomodó en el sillón más esponjoso que su amiga tenía en su casa. Ya no disimulaba su sonrisa. Estaba segura de lo que quería hacer, y necesitaba de la complicidad de su compinche en locuras.
-Básicamente la idea es irme de vacaciones aunque sea una semana. No sé, dónde, tengo tiempo de planearlo. Pero, eso quiero. Y por supuesto, quiero que vengas conmigo. Digo, si querés.
-Pero… pero… ¡cómo no voy a querer! Está buena la idea, aunque sea por un par de días.
-Entonces, ¿no tenés drama en ayudarme a planificar todo?
-Claro que no Sofi, menos mal que avisás con tiempo, así ahorro algo de plata.
Mate iba, y mate venía. Monse fue a buscar mermelada en la heladera, quedó la de manzana, ya no había de ciruela. Charlaron largo rato como siempre. Las ganas de irse de viaje la invadieron a las dos. Dejaron e hablar de eso en seguida, porque se pusieron de acuerdo sin ningún inconveniente.
Llegó la hora de despedirse, quedaron en seguir planificando todo. Tenían tiempo, el viaje sería en enero, pero no debían dormirse en los laureles. Sofía llegaría a su casa justo a la hora de ir a ayudar a su papá en la panificadora. Estaba muy animada, y contenta. Se había ido de su mente ese fantasma que le agarraba del tobillo y la garganta. Estaba borrándose de a poco, con dificultad, pero yéndose al fin. Al doblar la esquina, una casa vecina tenía un parlante en la ventana, se escuchaba una canción. Al principio no la distinguió con facilidad, pero a medida que se aproximaba a la vereda la escuchaba con más nitidez. El semblante le cambió de golpe, se arrugó el entrecejo, y los labios le quedaron tiesos. Era una canción que Joel le había dedicado hace mucho tiempo, pero que ella aún recordaba. Y podría apostar sus pulmones a que él ya no se acordaba del momento en que lo hizo. Respiró profundo. Siguió pedaleando, con más rapidez para alejarse de inmediato de ahí. Llegó a su casa, olvidó ese percance, y emprendió camino hasta donde estaba su papá.

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