Los
últimos días de enero pasaron más rápido que el correcaminos, y Sofía quería
ser el coyote. Atrapar esos instantes en algo, un frasco, un cuaderno, una
cámara. Quedarse en esos días eternamente, aunque parezca una exageración.
Pensaba que tiempo era lo que sobraba. Que ir tranquilamente conociendo poco a
poco el terreno, era lo mejor, estaba bien. Claro que sí. Cuántas veces le dijo
a Joel que quería ir despacio, que necesitaba disfrutar de lo que le estaba
pasando. ¿O qué? ¿A cualquiera le pasa que llega alguien a su vida y le empieza
a dar un giro de equis cantidad de grados? No sé. Lo más probable que sí, quién
sabe.
Lo
seguro es que Sofía volaba, con los ojos bien abiertos, con los brazos extendidos,
como en el comienzo de Heidi. Con el viento contra el pecho, con el corazón
agrandándose hasta hacerle doler las costillas. Así de fácil fue. Así conoció a
esa persona que ya la tiene entre sus manos. A ella y a toda su existencia. A
todo su mundo desequilibrado e ilusorio. ¿Él supo en dónde se estaba metiendo?
Creo que eso, ni si quiera ella podía prever.
Una tarde
mientras preparaba unas galletitas caseras para acompañar el mate-merienda,
prendió la radio. Esa era otra de las pasiones de Sofía: la radio. Desde sus
once años la escuchaba antes de ir al colegio por las mañanas en un walkman a
pilas. Era su compañía de siempre, si le faltaba el reproductor de música se
sentía desnuda y en soledad. Y fue ese gusto por la radio, y la música que la
llevó a proponerse una meta. Llegar un día a trabajar en ella. Claro, que mucho
no la atraía eso de estar frente a un micrófono, pero sí le encantaría tener la
posibilidad de que a diario pueda pisar los estudios de una radio para trabajar.
Entonces, mientras preparaba las cosas en la cocina, suena una canción de Juan Luis
Guerra. Quedó un momento quieta y sonriendo cerca de la mesada. Recordó que a Joel
le gusta, como a ella, ese cantautor. Su mente hizo “clik”. Se dio cuenta que
de ahora en más algunas canciones ya no serían sólo eso. Sino que tendrían
sentido. Así como cada cosa que le recordara a él no sería algo más ocupando un
espacio y un tiempo. Sería algo que le revolvería el baúl de los recuerdos de su memoria y traería a su
cabeza el recuerdo de Joel. Así como una persona empapela una habitación con un
motivo preferido, Sofía empapeló las paredes de su lucidez con los rasgos que más
le atraían de él. Lo que más sobresalía en sus recuerdos es el brillo de sus
ojos, siempre el brillo de sus ojos. Inconfundibles por su calidez, y por la entrega
de serenidad que profesaban. Sin dudas ella naufragaba en los mares de los ojos
de Joel.
Sofía
se propuso algo, que no se lo contó a nadie. Hasta ese entonces aún nadie sabía
de la existencia del “extraño”. A nadie había contado que conoció por fin a
quien quería hacer feliz con los más mínimos detalles. Desayuno sorpresa al
despertar, poemas escritos en cualquier pedazo de papel que se convertiría en
un pase dorado a su futuro. Dibujos de los más cursis que a ella no le
parecerían así porque los inspira ese ser iluminado. Sí, así de exagerados eran
los estados emocionales por los que pasaba. Ella no contó nada. Quería
sorprender a su círculo de amigas. Si es que nadie se daba cuenta antes, porque
tranquilamente podía delatarla el brillo de su rostro.
De
ninguna manera se permitiría tratar de ir apurada, ¿por qué? Si todo caminaba
de mil maravillas. Nada podría estorbar en estos momentos, ¿por qué lo haría?
Marchaba un tren a vapor recién inaugurado.
Comenzaba
otro mes del año en el que se proponía hacerlo diferente. Y así iniciaba el
año. Él ocupaba la mayor parte de su tiempo. Cada tanto se ponía a leer los
mensajes que le enviaba. Poniendo esa carita de ilusa tonta tan característica
y delatora de su parte. Siempre que estaba así, se ponía más animada. Hacía las
cosas con más ímpetu, con más ganas, sea lo que fuese que tenga que hacer. La frente
se incendió de esperanza y reflejó la luz interior que la invadía de pies a
cabeza. Un mensaje de Joel sentenció el veredicto:
“Creo que encontré a la mujer con la cual
quiero pasar el resto de mi vida”
Llegado
febrero, con éste mes bajo el brazo viene una nueva cita, un nuevo encuentro
entre ellos. Una nueva oportunidad de tenerlo frente a ella, admirando su
persona. Sintiéndose la mejor de su alrededor, afortunada por tomar de su mano.
Viendo
el reflejo de ellos dos en un vidrio transparente de la planta alta del
shopping en el que se encontraron el sábado 4 de febrero, comprendió de golpe
que de verdad empezaba a cambiar sus días. Sofía ya no pensaría más en ella
sola, ahora sería ella y él cada vez que planee algo.
Cuando
algo se metía en la cabeza de Sofía, nada o sacaba. Aunque siempre reconoció
que le cuesta mantener las ganas de concretar algo que empieza. Así sea un
dibujo, o un poema. Lo comienza con todas las ambiciones que podrían caber en
su cabeza y en todo su cuerpo, pero si hacerlo incluye tener que esperar un período
largo de tiempo, entonces, dudablemente se complete el trabajo. Si es algo que
tiene que hacer ella sola, mejor que sea algo simple e inmediato de terminar. Pero,
ésta vez es totalmente diferente a otras cosas que empezó y no concluyó. Ahora ella
encontró a ese alguien con el cual debía compartir los más mínimos instantes de
su tiempo. Lo encontró. Así como aquel que se empeña en encontrar una aguja en
un pajar y no desiste sin antes tenerla entre sus manos. Sofía estaba allí, a
punto de alojar entre sus manos, las manos del ser que la haría feliz hasta su último
suspiro.
Por
más que le cueste modificar su vocabulario y tenga que comenzar a usar palabras
que sirvan de imperativo a Joel, lo intentaría, no sería tan difícil. De todas
formas ella ya lo llamaba de manera especial desde que sintió esa cosquilla al
verlo. Le decía “mi sol”. Pero, aprendía cada día a dejar de ser tan silenciosa
con las palabras, tan escueta, tan concisa. Esa peculiaridad tan suya que a
veces los demás no comprendían.
“Sos callada, eh”
Sofía
no lo era, entonces ¿por qué aparentaba eso? Nunca lo supo. Aunque su
apariencia de ser una chica pacífica, tranquila, serena, como si se inyectara
té de tilo en las venas y en las arterias, hacía que los demás la tilden de
callada.
En
fin, lo único que le importaba en este momento era que Joel la quiera como es.
Así de rara, así como si fuera una chica en extinción. Lo único que deseaba con
ferviente afán era que él la deje hacerlo feliz.

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