En la
primera semana de febrero, Sofía tenía planeado irse de vacaciones a Misiones.
Ahora que estaba más confiada de lo que sentía ella por Joel, y viceversa, la
invadió un deseo de querer quedarse y no salir de a ningún lugar que sea lejos.
Comenzaba a vivir algo nuevo y bueno, no quería que se corte esa racha que
traía.
A
todo esto Joel no hacía más que decirle que la iba a extrañar mucho, que
preferiría pasar el Día de los Enamorados juntos, pero que si no se podía, no importaba,
él iba a estar presente con un mensaje, como siempre. Bastante afectivo su
deseo, y a decir verdad, creo que era lo que le encantaba más a Sofía, ese
desbarate de ternura de Joel. Tampoco pudieron verse antes de que saliera de
viaje. Eso le causó frustración a ella porque tenía muchas ganas de despedirse
de él, ya que estaría fuera un mes.
Joel era
de esos que Sofía soñó encontrar. Alguien como ella, que esté completamente
loco, según las etiquetas de hoy en día, y que no le de vergüenza de
demostrarlo con cada cosa que diga o haga. Ella no era exactamente así, pero de
esa forma se veía ella. Si bien no demostraba demasiado el desequilibrio en su
juicio, los que la conocían bien, podrán asegurar que así es. Es cuestión de
tomarse un tiempo y observarla con detenimiento. No era alguien que
despilfarraba demencia. Pero le encantaba rodearse de personas así. Es más, sus
amigos más cercanos eran así. Por eso, apenas conoció a Joel, supo que él era tal
y como a ella la deslumbraban. Joel era de esos que a pesar de estar loco no
dejaba su inteligencia de lado. Era un inteligente demente. Y a eso Sofía no
supo resistirse. Tan risueña, necesitaba a su lado a alguien que la haga reír,
que le de el elixir de su esencia. Que la divierta con enloquecimientos y a su
vez la desborde de amor. Alguien puro, así como ella se identificaba. Joel era
ese alguien capaz de subirla a su nave espacial y llevarla por el espacio
sideral. Él era una buena persona, que se merecía las mejores cosas de este
planeta, y las mejores cosas del cielo entero. Eso era una de las tantas cosas
que también más llamó la atención de Sofía. Su personalidad la atrapó como el
agua con azúcar dentro de un frasco atrapa a las moscas. Un abrazo de Joel era
perderse en el limbo de este universo y de todos los que existan y se
descubran.
Horas
antes de irse de vacaciones, Sofía decidió hablar con una de sus amigas, Monserrat.
No quería contárselo a nadie antes de viajar, tenía planeado hacerlo a su
regreso, y cerca de la fecha de su cumpleaños. Pero, no aguantó, la necesidad
de decirle y expresar lo que le sucede a una de las hermanas de su vida fue más
fuerte que el deseo de esperar. Y quizás si esperaba más, se le formaría la
clásica, (para ella), pelotita en la garganta que no la hubiese dejado hablar
bien, y le daría una voz de chica afónica. Eso era molesto, muy molesto en
ella. Cuando sentía la necesidad de gritar algo y no podía, aparecía la pelota en
su cuello que denotaba sus emociones. Cuando era grande lo que quería expresar,
el glóbulo también lo era. Sólo desaparecía cuando soltaba lo que la apretaba
en su expresión.
Mandó
mensaje a Monse, ésta le contestó diciendo que podría pasar por su casa antes
de irse a la terminal de ómnibus. Así fue. Su amiga la visitó poco antes de que
Sofía se fuera. Su amiga era una chica muy simpática, al extremo. Sociable y
graciosa. Terca a veces, pero nunca desdibujando su larga sonrisa. Tenía la
misma edad que Sofía, pero por unos meses de diferencia era menor. Ella era uno
de los “payasitos adorables” que conoció en la Facultad. Monserrat le daba su
apoyo cada vez que lo necesitaba. Era su hombro y su oído. También un dedo que
la regañaba si se pasaba de inocente. Cada abrazo que propinaban era un lazo invisible
más que las unía en la esfera transparente pero de paredes de roca llamada
amistad. Llegó y se sentaron en la sala comedor, que siempre jugó de ambiente cálido
para Sofía. La ventana permitió que continuamente el sol entrara sin problemas
a todo el lugar. Las cuatro paredes funcionaban como un confesionario en ese
momento. Mientras cargaba la pava de metal brilloso color rojo, y servía
galletitas dulces en un plato de loza, comenzó a contar lo genial que venían
siendo sus días. Lo ideal que el sol se ponía en los mediodías, por el solo
hecho de hablar con Joel. Casi como si fuera un resumen de una novela, o de una
película de comedia romántica, de esas que a veces se le da por ver, detalló a
la perfección las cosas que más le gustó de él.
¿Y? ¿Ya estás de novia? – preguntó su
amiga indiscretamente
Sofía
no supo qué contestar, si hubiera sido por ella, hubiese dicho que sí, pero,
había algo que era real y que no podía evadir ni aún negándolo: era muy pronto
para afirmar eso. Joel nunca se lo había mencionado de esa forma, pero la
manera de actuar y de comportarse, podían asegurar de que los días estaban
contados para que pueda cambiar su estado civil, de soltera a “feliz”.
La cuestión
más importante era que en su interior sentía que todo marchaba viento en popa,
aunque no sepa donde quedara la popa. Pasó gran parte de su joven vida leyendo
poemas y versos que no podía dedicar, y gran parte escribiéndolos también.
Ahora, estaba él, el extraño que un día dijo nada más que “Hola”, para empezar
una charla que ayudó a cambiar los días venideros de Sofía. Ese que le dijo “Te
quiero” con un beso inigualable en toda la historia humana y extraterrestre. Imposible
de olvidar, realmente. Cuando la tierra y la humedad calen sus huesos dentro de
cientos de años, encontraran el recuerdo de ese beso. Se grabó en una esquina
del cielo, y ahí quedará hasta el fin de las historias. Lisa y llanamente.
Antes
de irse y partir a sus vacaciones, Monserrat le recordó a Sofía que debe
prestar atención, que no se apresure en certificar que los pasos que daba
estaban seguros. Que debe esperar un tiempo razonable para conocer del todo a
Joel. Que la conocía muy bien, y sabía que podía llegar a endulzarse los oídos
con las frases azucaradas que le decía. En fin, que viva el minuto a minuto
para no perderse de nada, y estar del todo confiada de que él es el indicado.
Sofía prestó oído a todo lo que le aconsejó su amiga del alma. Sin embargo, no
tuvo el suficiente valor para decirle que el 90 por ciento de su corazón latía
por estar enamorada. Pero, en parte, más que faltarle valor, le faltó
seguridad. Quería estar bien segura ella misma de que estaba enamorada de Joel.
Era casi como un voto cantado, se le notaba en el semblante, la delataba el
espejo.

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