La mañana
del sábado de la fiesta, agarró a Sofía con mucha flojera. Se despertó a las 8,
no sabía por qué pero, no tenía más sueño. Sí tenía fiaca, y fue quizás porque
hacía demasiado frío como para levantarse a esa hora, aún sabiendo que la
esperaba una taza de té con leche y tostadas en el comedor. No era segura su
presencia en el cumpleaños de su amiga esa noche, por más que sólo sea una cena
con amigos. Algo dentro de sí, no la convencía de ir, y más influyente fue la pereza
matinal de ese momento. Se levantó de la cama casi las diez menos veinte. Quedó
sentada en el borde, con los pies en la alfombra y una mano que despejaba su
cara del sueño, antes de incorporarse. Se fijó en su celular la hora, y vio con
mucha sorpresa que tenía un mensaje sin leer. Lo leyó, era de Joel. La hora del
texto era de las cinco de la madrugada. No supo si le llegó en ese momento o
tardó en hacerlo.
-“Te extraño, hermosa! Y te quiero!”
Con un
fuerte suspiro que hizo que se le inflara el pecho, dejó soltar el aire que le
atravesaba la garganta. Fue un soplido con una fuerza tal que temió que la
hayan escuchado en la sala, desde el otro lado de la puerta. Se volvió a
recostar. Con la cabeza en la almohada miraba, y a la vez no miraba, al techo. Los
ojos se clavaron en la pintura blanca que recubre toda la techumbre. Su mente
se iba lejos, no sonreía. No lo hacia de la misma forma que siempre lo hace
cuando Joel le escribía, o cuando le hablaba, o le decía que estaba linda, o cuando
le decía que adoraba sus besos. No se le llenó de brillo lunar las pupilas, no
sintió que se sonrojaba la cara. No quiso apretar fuerte la almohada como
sintiendo que él estaba junto a ella, recostado, mirando al techo también. Sólo
pudo sentir un impulso de angustia, casi de tristeza. Esa que le provoca llenar
los párpados de agua de lágrimas. Como un baldazo de agua sintió a los recuerdo
empujar su memoria. Le apretaba la mente tener que darle la razón a su amiga. Tener
que ser consiente que Joel no la quiere, en realidad y después de todo. No lo
hace como ella se lo merece, o como ella lo demostraba. No era así. No era la
misma profundidad del sentimiento, no cantaban la misma canción, no miraban la
misma estrella todas las noches, aunque estuviera nublado. La asaltó el deseo
de gritar y llorar fuerte, pero eso no podía hacerlo. No por censurarse a sí
misma al cuidarse de que no la escucharan. Más bien porque ya ni eso le salía. Ni
siquiera eso podía manejar, aunque mordiese la sábana para sacarse la rabia. No
tendría sentido. El nudo de su garganta raspaba como mil agujas, y repetía:
-“Era mentira. Nada de lo que dijo o hizo
fue verdad.”
Una frase
que llevaría tatuada en el alma desde aquellos días de llantos como marea
espesa que hunde barcos titánicos. No respondió
ese mensaje y quedó mirando el cielo de su habitación. Sintió como un calor
profundo se apoderaba de sus venas. Deseaba con todas sus fuerza, y apretando
los dientes, que fuera verdad ese “te quiero”. Que fuera más eterno, que
traspasará los límites de los razonamientos. Que fuera en serio. Que no
terminara en sólo ese mensaje, que sea demostrado en acciones que lo avalen. Deseó
fervientemente poder despertar aunque sea una sensación pequeña en aquel pecho
que tantas veces sintió suyo al apretarlo contra ella en los abrazos que no tenían
tiempo finito. No imaginó nunca un mañana sin ellos. Se pensó incompleta si algún
día, su sol no brillara. Susurrando con los ojos cerrados, ésta vez, dejó soltar
una verdad que la atravesó sin piedad.
-“Ahí, en un rinconcito agazapada entre la
casi oscuridad de lo oculto, ahí estoy yo. Casi como mendigando pedacitos de
ti. Recibiendo lo que sobra. Pero eso no es lo grave… lo fatal es que soy
consiente, y no hago nada para detenerlo.”
Pero,
no podía convencerse por completo a sí misma. Sabía que el verdadero gobernante
en su vida era su corazón, que hace unos meses fue entregado en bandeja de
plata a unas manos torpes que decidieron regalarlo. Como la canción de La Oreja de Van Gogh: “te di mi corazón, y tú
lo regalaste. Te di todo el amor que pude darte y me robaste.” Escuchó claramente
esa estrofa desde los auriculares del mp3 aún encendido a un costado de la
almohada. No contestó el mensaje porque habían pasado cuatro horas desde que le
llegó al celular. Y, porque, no tuvo ánimos de hacerlo. Las fuerzas se le
escurrieron a un costado de la cama y huyeron hacia quién sabe dónde. Cayó, por
fin, en el razonamiento punzante que no era bueno seguir así. Ella no merecía
ese tipo de tratos. Por más que Joel no quisiera herirla más de lo que ya lo
hizo, lo seguí haciendo. ¿Por qué el “te extraño”? ¿Debía volver a creer en
eso? Porque si la extrañaba era porque él provocó las cosas que pasaron. Aún así,
no dejaba de pensar en que ese momento donde un torbellino de ideas negativas empujaba
las nubes de la mañana, pasaría.
Se levantó
definitivamente de la cama. Apagó la radio. Se vistió y fue a lavarse la cara
para desayunar. El diario estaba sobre la mesa del comedor, su mamá salió de compras
a la carnicería. Era día de empanadas. Se sirvió el té con leche en su taza con
el escudo de su equipo de fútbol, River Plate. Mezcló el azúcar, eran las diez
y cuarto. Su perrita la saludó como siempre, saltándole a su cintura, dejando
que le diera un beso y le hablara como a un bebé. Fue a buscar su celular a la
habitación, lo agarró y volvió al comedor. Se sentó. Se acomodó el pelo que
terminó de peinar con los dedos. Buscó el mensaje de Joel. Le respondió.
-“¡Yo también te extraño mucho, mi sol!”

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