martes, 9 de abril de 2013

Capítulo 19- ¿A dónde vamos a parar?




La mañana del sábado de la fiesta, agarró a Sofía con mucha flojera. Se despertó a las 8, no sabía por qué pero, no tenía más sueño. Sí tenía fiaca, y fue quizás porque hacía demasiado frío como para levantarse a esa hora, aún sabiendo que la esperaba una taza de té con leche y tostadas en el comedor. No era segura su presencia en el cumpleaños de su amiga esa noche, por más que sólo sea una cena con amigos. Algo dentro de sí, no la convencía de ir, y más influyente fue la pereza matinal de ese momento. Se levantó de la cama casi las diez menos veinte. Quedó sentada en el borde, con los pies en la alfombra y una mano que despejaba su cara del sueño, antes de incorporarse. Se fijó en su celular la hora, y vio con mucha sorpresa que tenía un mensaje sin leer. Lo leyó, era de Joel. La hora del texto era de las cinco de la madrugada. No supo si le llegó en ese momento o tardó en hacerlo.
-“Te extraño, hermosa! Y te quiero!”
Con un fuerte suspiro que hizo que se le inflara el pecho, dejó soltar el aire que le atravesaba la garganta. Fue un soplido con una fuerza tal que temió que la hayan escuchado en la sala, desde el otro lado de la puerta. Se volvió a recostar. Con la cabeza en la almohada miraba, y a la vez no miraba, al techo. Los ojos se clavaron en la pintura blanca que recubre toda la techumbre. Su mente se iba lejos, no sonreía. No lo hacia de la misma forma que siempre lo hace cuando Joel le escribía, o cuando le hablaba, o le decía que estaba linda, o cuando le decía que adoraba sus besos. No se le llenó de brillo lunar las pupilas, no sintió que se sonrojaba la cara. No quiso apretar fuerte la almohada como sintiendo que él estaba junto a ella, recostado, mirando al techo también. Sólo pudo sentir un impulso de angustia, casi de tristeza. Esa que le provoca llenar los párpados de agua de lágrimas. Como un baldazo de agua sintió a los recuerdo empujar su memoria. Le apretaba la mente tener que darle la razón a su amiga. Tener que ser consiente que Joel no la quiere, en realidad y después de todo. No lo hace como ella se lo merece, o como ella lo demostraba. No era así. No era la misma profundidad del sentimiento, no cantaban la misma canción, no miraban la misma estrella todas las noches, aunque estuviera nublado. La asaltó el deseo de gritar y llorar fuerte, pero eso no podía hacerlo. No por censurarse a sí misma al cuidarse de que no la escucharan. Más bien porque ya ni eso le salía. Ni siquiera eso podía manejar, aunque mordiese la sábana para sacarse la rabia. No tendría sentido. El nudo de su garganta raspaba como mil agujas, y repetía:
-“Era mentira. Nada de lo que dijo o hizo fue verdad.”
Una frase que llevaría tatuada en el alma desde aquellos días de llantos como marea espesa que hunde barcos titánicos.  No respondió ese mensaje y quedó mirando el cielo de su habitación. Sintió como un calor profundo se apoderaba de sus venas. Deseaba con todas sus fuerza, y apretando los dientes, que fuera verdad ese “te quiero”. Que fuera más eterno, que traspasará los límites de los razonamientos. Que fuera en serio. Que no terminara en sólo ese mensaje, que sea demostrado en acciones que lo avalen. Deseó fervientemente poder despertar aunque sea una sensación pequeña en aquel pecho que tantas veces sintió suyo al apretarlo contra ella en los abrazos que no tenían tiempo finito. No imaginó nunca un mañana sin ellos. Se pensó incompleta si algún día, su sol no brillara. Susurrando con los ojos cerrados, ésta vez, dejó soltar una verdad que la atravesó sin piedad.
-“Ahí, en un rinconcito agazapada entre la casi oscuridad de lo oculto, ahí estoy yo. Casi como mendigando pedacitos de ti. Recibiendo lo que sobra. Pero eso no es lo grave… lo fatal es que soy consiente, y no hago nada para detenerlo.”
Pero, no podía convencerse por completo a sí misma. Sabía que el verdadero gobernante en su vida era su corazón, que hace unos meses fue entregado en bandeja de plata a unas manos torpes que decidieron regalarlo. Como la canción de La Oreja de Van Gogh: “te di mi corazón, y tú lo regalaste. Te di todo el amor que pude darte y me robaste.” Escuchó claramente esa estrofa desde los auriculares del mp3 aún encendido a un costado de la almohada. No contestó el mensaje porque habían pasado cuatro horas desde que le llegó al celular. Y, porque, no tuvo ánimos de hacerlo. Las fuerzas se le escurrieron a un costado de la cama y huyeron hacia quién sabe dónde. Cayó, por fin, en el razonamiento punzante que no era bueno seguir así. Ella no merecía ese tipo de tratos. Por más que Joel no quisiera herirla más de lo que ya lo hizo, lo seguí haciendo. ¿Por qué el “te extraño”? ¿Debía volver a creer en eso? Porque si la extrañaba era porque él provocó las cosas que pasaron. Aún así, no dejaba de pensar en que ese momento donde un torbellino de ideas negativas empujaba las nubes de la mañana, pasaría.
Se levantó definitivamente de la cama. Apagó la radio. Se vistió y fue a lavarse la cara para desayunar. El diario estaba sobre la mesa del comedor, su mamá salió de compras a la carnicería. Era día de empanadas. Se sirvió el té con leche en su taza con el escudo de su equipo de fútbol, River Plate. Mezcló el azúcar, eran las diez y cuarto. Su perrita la saludó como siempre, saltándole a su cintura, dejando que le diera un beso y le hablara como a un bebé. Fue a buscar su celular a la habitación, lo agarró y volvió al comedor. Se sentó. Se acomodó el pelo que terminó de peinar con los dedos. Buscó el mensaje de Joel. Le respondió.
-“¡Yo también te extraño mucho, mi sol!”

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