Nunca
dejaba que sus emociones estuvieran a flote cuando algún integrante de su
familia estaba frente a ella. Disimulaba cualquier sensación. En estos casos
evitaba cualquier seña que delate lo que le pasaba. Y entonces todo andaba
bien. Incluso en los días en los que vivía con la existencia arrugada por lo
que Joel le hizo. Ni en esos momentos dejó que se hiciera notorio lo que le
pasaba por cada espacio de su cuerpo. Ahora que las cosas se estaban componiendo para ella, la sonrisa era permanente, como las hojas secas en
cada vereda en ese otoño tan particular. Lunes al mediodía, después de almorzar
un gustoso y admirable guiso de lentejas que apañó el frío, con la excusa de
necesitar dormir una siesta, fue hasta su cuarto y se encerró ahí. Abrió la
persiana de su ventana a una altura considerable para que el sol, (¡siempre el
sol!), entrara sin pedir permiso, y chocara con las cortinas. Se tiró como
agotada en la cama, con la cara arriba sintiendo como las chispas de calor la
acariciaban. Dentro de su mente, miró hacía atrás en toda esa historia que la
tomó por sorpresa. Recordó el día en que comenzó a hablar con él. Lentamente,
se fue rindiendo a los mandatos del sueño. Después de varios minutos, casi
media hora, se despertó y abrió los ojos en dirección a su escritorio. Ahí,
estaba colgado un almanaque con la foto de su perrita. Vio un pequeño círculo
de color rojo en una fecha del mes de junio. Claro, era el día en que Joel
cumpliría años. Dio vuelta su cabeza, y quedó mirando al techo. La leve sonrisa
que se escapó se tradujo en sólo un pensamiento. Mejor dicho, en una pregunta:
¿qué le podría regalar? Si bien, aún tenía casi un mes de tiempo para comprar o
planificar algo, se puso en campaña para poder llegar a un acuerdo. Debía y
quería poner su creatividad en movimiento. Mientras más tiempo tenga mejor, así
que se levantó de la cama, se sentó en la silla frente al escritorio, y se puso
a leer los apuntes de la Facultad. Así, más tarde, por la noche antes de
dormir, tendría más espacio en sus quehaceres para planear algo especial. Tenía
que ser algo que tenga su marca personal, es decir, que quedara en la memoria
de Joel como un recuerdo imborrable y exclusivo. Se le cruzó por la cabeza
muchas ideas, que fue anotando en un papel que dejaba sobre la mesa, por si en
cualquier momento se le ocurría algo.
Escribió
varios poemas para él, le dedicó fotos con frases, y canciones también. Así
que, nada de eso sería original. Pero, si mezclara esas cosas, quizás saldría
algo bueno y digno de regalarle al dueño del cien por ciento de su mente. “Puedo hacer un video con frases que tenga
de fondo una cortina musical con algún tema que quiera dedicarle.”, pensó
para sus adentros. Después de unos segundos desistió de esa idea, aunque no del
todo. Sino, algo que le llegue a domicilio, como él lo hizo en su cumpleaños
con Román. Esa ocurrencia le gustó más. Lo anotó en el papel. Dejaría para más
luego definir qué sería en verdad el regalo delivery. De solo pensar cuál sería
la reacción de Joel, sus pálpitos aumentaban a mil por hora. “¿Le gustará? Espero que sí.” Miró la
hora y ya eran las cinco de la tarde, debía ir a ayudar a su papá en el
negocio. Emprendió viaje montando su bicicleta rosa fuerte, con un canastito
frente. Llegó al lugar, y al parecer vestía una de las mejores sonrisas, porque
don Mario no ocultó su sorpresa al verla.
-“¿Qué pasó que estás tan contenta?”
-“Eh… No, nada. Aprobé uno de los trabajos
prácticos, recién me fijé mi nota por internet.”, mintió piadosamente. No
era momento, aún, para sacar a la luz esa posible reencarnación de su corazón. Tenía
que esperar. En aquellos días, en los que a veces no podía disimular cierta
tristeza, su padre casi descubre los motivos de por qué ella estaba así de
ánimos. Sofía no pensó que se notaría, pero así fue. Era su papá y la conocía.
Pero, luego de una tarde de intensa charla, se despejaron las dudas. Ella dejó
en claro que no le pasó nada que tenía que ver con Joel. Que era otra cosa. No
quería preocuparlo por algo que ya a esas alturas no tenía remedio. De nada iba
a servir que le tuvieran rencor. Ahora, era diferente. Quizás, si esperaba
hasta el cumpleaños de él, podría planear invitarlo a su casa, y presentarles a
sus padres, comerían un asado. En fin, era demasiado pronto para pensar eso.
Tenía que poner energías en el regalo que le haría. Miró la bandeja de las
medialunas y pensó que quizás eso le gustaría mucho. Podría ser comida
artesanal que ella misma preparaba en la panificadora y se lo enviaría a su casa.
Listo. Ese iba a ser el regalo. Casi un mes antes ya lo tenía listo, Joel
cumplía a finales de junio, y era 28 de mayo.
Esa
noche le manda un mensaje para desearle un feliz descanso al dormir. No recibió
respuesta. Un poco ansiosa y nerviosa, se convenció a sí misma que seguramente
ya se había dormido. Siempre hacía eso. Se ocultaba la realidad, y la verdad,
para evitarse ciertas heridas que sabría dolerían mucho. Así fue como pasó aquel
temporal, miró para otro lado, sacudió la cabeza como diciendo “no”, y siguió
su camino, evitando ver a los costados. Fue por eso que cuando tuvo que bajarse de
su nube se golpeó hasta el alma. En fin, corrían días en los que eso quedó
demasiado atrás, al menos para Sofía. Además, le sumó la responsabilidad de las
materias que estaba cursando. Transitaban épocas de parciales y el estudio
ocupaba gran parte de su día. No así de sus fines de semana, el cual siempre el
sábado era de él. Como si fuera en un cuento de hadas, de esos que nos hacen
creer en una perfección que no existe porque nadie es perfecto, se levantaba
más enérgica que de costumbre. Tarareaba canciones que le subían el ánimo y le
ayudaban a mantener un semblante único y radiante. Los sábados tenían su
nombre, seguido de latidos profundos sumisos a los besos que propinaban en cada
encuentro. De vez en cuando a Sofía le caía la ficha de que Joel siempre que
pudo le dejaba en claro que no quería nada con ella. Nada, en el sentido de
nada comprometedor. Es decir, era utilizada como una frazada en invierno. Así y
todo, seguía a su lado con la absurda esperanza de revertir la situación. Con
el anhelo infinito de morir a su lado cuando las canas ganen sus cabellos y las
arrugas dibujen formas inexactas en su piel. Fue estúpida, pero inconsciente de
ello. Más nunca dio el brazo a torcer y fue terca en ese asunto. Aunque su
almohada por las noches se llenaran de lágrimas que no merecía derramar.
Pasaron
los días, se acercaba la fecha en cuestión, y Sofía tenía definido el regalo,
hasta su envoltorio. A tan sólo tres días del cumpleaños de Joel, había
preparado una bandeja de mimbre en la cual pondría unas medialunas de manteca,
cañoncitos con dulce de leche, masitas con frutas, palmeritas. Todo casero.
Envuelto en papel celofán de color rojo, con un moño azul, y una tarjeta que
decía: “¡Que disfrutes de éste día tan especial para vos! Te quiero, Sofi” Era
su costumbre tener todo listo con anticipación algo que sabría que ocurrirá.
Planear las cosas y tenerlas ordenas y en su lugar era una característica
fundamental de su personalidad. La descolocaba saber que algo estaba fuera de límites. No era maniática del orden, pero tener en su posición cada pieza le era
esencial. La canasta la puso sobre la cómoda que tenía en su habitación, allí
estaría hasta que llegara el día clave. Después de tener listo eso, tachó esa
tarea de su anotador. Le quedaba pendiente aún contratar un repartidor que lo
llevara hasta la casa de Joel. No perdió tiempo, eran las dos de la tarde y a
las seis tenía que estar en su clase de lunes en la Facultad. Buscó por internet direcciones
de mensajería en moto. Encontró una que la convenció, llamó y arregló fecha y
hora de la entrega. Tenía que ser antes que Joel se vaya a su trabajo, así que
vendría bien como desayuno en su día. Ya tenía todo preparado, el cumpleaños de
Joel sería genial. Aún tenía la duda si él lo festejaría el fin de semana, o al
menos planearía un almuerzo familiar con ella de invitada. Ya soñaba con recibir
la invitación. Por lo pronto el regalo estaba bien encaminado. Y era una de las
tantas formas con la que Sofía contaba para demostrarle su amor a Joel.

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