lunes, 15 de abril de 2013

Capítulo 21- Un regalo especial




Nunca dejaba que sus emociones estuvieran a flote cuando algún integrante de su familia estaba frente a ella. Disimulaba cualquier sensación. En estos casos evitaba cualquier seña que delate lo que le pasaba. Y entonces todo andaba bien. Incluso en los días en los que vivía con la existencia arrugada por lo que Joel le hizo. Ni en esos momentos dejó que se hiciera notorio lo que le pasaba por cada espacio de su cuerpo. Ahora que las cosas se estaban componiendo para ella, la sonrisa era permanente, como las hojas secas en cada vereda en ese otoño tan particular. Lunes al mediodía, después de almorzar un gustoso y admirable guiso de lentejas que apañó el frío, con la excusa de necesitar dormir una siesta, fue hasta su cuarto y se encerró ahí. Abrió la persiana de su ventana a una altura considerable para que el sol, (¡siempre el sol!), entrara sin pedir permiso, y chocara con las cortinas. Se tiró como agotada en la cama, con la cara arriba sintiendo como las chispas de calor la acariciaban. Dentro de su mente, miró hacía atrás en toda esa historia que la tomó por sorpresa. Recordó el día en que comenzó a hablar con él. Lentamente, se fue rindiendo a los mandatos del sueño. Después de varios minutos, casi media hora, se despertó y abrió los ojos en dirección a su escritorio. Ahí, estaba colgado un almanaque con la foto de su perrita. Vio un pequeño círculo de color rojo en una fecha del mes de junio. Claro, era el día en que Joel cumpliría años. Dio vuelta su cabeza, y quedó mirando al techo. La leve sonrisa que se escapó se tradujo en sólo un pensamiento. Mejor dicho, en una pregunta: ¿qué le podría regalar? Si bien, aún tenía casi un mes de tiempo para comprar o planificar algo, se puso en campaña para poder llegar a un acuerdo. Debía y quería poner su creatividad en movimiento. Mientras más tiempo tenga mejor, así que se levantó de la cama, se sentó en la silla frente al escritorio, y se puso a leer los apuntes de la Facultad. Así, más tarde, por la noche antes de dormir, tendría más espacio en sus quehaceres para planear algo especial. Tenía que ser algo que tenga su marca personal, es decir, que quedara en la memoria de Joel como un recuerdo imborrable y exclusivo. Se le cruzó por la cabeza muchas ideas, que fue anotando en un papel que dejaba sobre la mesa, por si en cualquier momento se le ocurría algo.
Escribió varios poemas para él, le dedicó fotos con frases, y canciones también. Así que, nada de eso sería original. Pero, si mezclara esas cosas, quizás saldría algo bueno y digno de regalarle al dueño del cien por ciento de su mente. “Puedo hacer un video con frases que tenga de fondo una cortina musical con algún tema que quiera dedicarle.”, pensó para sus adentros. Después de unos segundos desistió de esa idea, aunque no del todo. Sino, algo que le llegue a domicilio, como él lo hizo en su cumpleaños con Román. Esa ocurrencia le gustó más. Lo anotó en el papel. Dejaría para más luego definir qué sería en verdad el regalo delivery. De solo pensar cuál sería la reacción de Joel, sus pálpitos aumentaban a mil por hora. “¿Le gustará? Espero que sí.” Miró la hora y ya eran las cinco de la tarde, debía ir a ayudar a su papá en el negocio. Emprendió viaje montando su bicicleta rosa fuerte, con un canastito frente. Llegó al lugar, y al parecer vestía una de las mejores sonrisas, porque don Mario no ocultó su sorpresa al verla.
-“¿Qué pasó que estás tan contenta?”
-“Eh… No, nada. Aprobé uno de los trabajos prácticos, recién me fijé mi nota por internet.”, mintió piadosamente. No era momento, aún, para sacar a la luz esa posible reencarnación de su corazón. Tenía que esperar. En aquellos días, en los que a veces no podía disimular cierta tristeza, su padre casi descubre los motivos de por qué ella estaba así de ánimos. Sofía no pensó que se notaría, pero así fue. Era su papá y la conocía. Pero, luego de una tarde de intensa charla, se despejaron las dudas. Ella dejó en claro que no le pasó nada que tenía que ver con Joel. Que era otra cosa. No quería preocuparlo por algo que ya a esas alturas no tenía remedio. De nada iba a servir que le tuvieran rencor. Ahora, era diferente. Quizás, si esperaba hasta el cumpleaños de él, podría planear invitarlo a su casa, y presentarles a sus padres, comerían un asado. En fin, era demasiado pronto para pensar eso. Tenía que poner energías en el regalo que le haría. Miró la bandeja de las medialunas y pensó que quizás eso le gustaría mucho. Podría ser comida artesanal que ella misma preparaba en la panificadora y se lo enviaría a su casa. Listo. Ese iba a ser el regalo. Casi un mes antes ya lo tenía listo, Joel cumplía a finales de junio, y era 28 de mayo.
Esa noche le manda un mensaje para desearle un feliz descanso al dormir. No recibió respuesta. Un poco ansiosa y nerviosa, se convenció a sí misma que seguramente ya se había dormido. Siempre hacía eso. Se ocultaba la realidad, y la verdad, para evitarse ciertas heridas que sabría dolerían mucho. Así fue como pasó aquel temporal, miró para otro lado, sacudió la cabeza como diciendo “no”, y siguió su camino, evitando ver a los costados. Fue por eso que cuando tuvo que bajarse de su nube se golpeó hasta el alma. En fin, corrían días en los que eso quedó demasiado atrás, al menos para Sofía. Además, le sumó la responsabilidad de las materias que estaba cursando. Transitaban épocas de parciales y el estudio ocupaba gran parte de su día. No así de sus fines de semana, el cual siempre el sábado era de él. Como si fuera en un cuento de hadas, de esos que nos hacen creer en una perfección que no existe porque nadie es perfecto, se levantaba más enérgica que de costumbre. Tarareaba canciones que le subían el ánimo y le ayudaban a mantener un semblante único y radiante. Los sábados tenían su nombre, seguido de latidos profundos sumisos a los besos que propinaban en cada encuentro. De vez en cuando a Sofía le caía la ficha de que Joel siempre que pudo le dejaba en claro que no quería nada con ella. Nada, en el sentido de nada comprometedor. Es decir, era utilizada como una frazada en invierno. Así y todo, seguía a su lado con la absurda esperanza de revertir la situación. Con el anhelo infinito de morir a su lado cuando las canas ganen sus cabellos y las arrugas dibujen formas inexactas en su piel. Fue estúpida, pero inconsciente de ello. Más nunca dio el brazo a torcer y fue terca en ese asunto. Aunque su almohada por las noches se llenaran de lágrimas que no merecía derramar.
Pasaron los días, se acercaba la fecha en cuestión, y Sofía tenía definido el regalo, hasta su envoltorio. A tan sólo tres días del cumpleaños de Joel, había preparado una bandeja de mimbre en la cual pondría unas medialunas de manteca, cañoncitos con dulce de leche, masitas con frutas, palmeritas. Todo casero. Envuelto en papel celofán de color rojo, con un moño azul, y una tarjeta que decía: “¡Que disfrutes de éste día tan especial para vos! Te quiero, Sofi” Era su costumbre tener todo listo con anticipación algo que sabría que ocurrirá. Planear las cosas y tenerlas ordenas y en su lugar era una característica fundamental de su personalidad. La descolocaba saber que algo estaba fuera de límites. No era maniática del orden, pero tener en su posición cada pieza le era esencial. La canasta la puso sobre la cómoda que tenía en su habitación, allí estaría hasta que llegara el día clave. Después de tener listo eso, tachó esa tarea de su anotador. Le quedaba pendiente aún contratar un repartidor que lo llevara hasta la casa de Joel. No perdió tiempo, eran las dos de la tarde y a las seis tenía que estar en su clase de lunes en la Facultad. Buscó por internet direcciones de mensajería en moto. Encontró una que la convenció, llamó y arregló fecha y hora de la entrega. Tenía que ser antes que Joel se vaya a su trabajo, así que vendría bien como desayuno en su día. Ya tenía todo preparado, el cumpleaños de Joel sería genial. Aún tenía la duda si él lo festejaría el fin de semana, o al menos planearía un almuerzo familiar con ella de invitada. Ya soñaba con recibir la invitación. Por lo pronto el regalo estaba bien encaminado. Y era una de las tantas formas con la que Sofía contaba para demostrarle su amor a Joel.

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