Llegó
el mes de abril. Sofía y Joel comenzaron a hablarse de nuevo, por mensajes en
una red social, pero no como antes. Ya no estaban esas frases que en cada punto
llevaban arrastradas mil caricias. Ni esos “yo te quiero más” que delataban
cuantos suspiros se guardaron hasta ese momento. Ya no había un “mi sol” que
encerraba millones de sensaciones que se empujaban unos a otros dentro de la
existencia de Sofía. No había sol, en definitiva. Los días eran más duros con
ella. De él no se supo nada. A simple vista no dolió, no dejó siquiera una
cicatriz como un raspón cuando se aprende a andar en bicicleta. No dejó huella.
Porque si lo hubiera hecho se hubiese notado. Eso se nota en la mirada, como
cuando se golpea una manzana, queda una parte morada, oxidada. Pero no, Sofía
no pisó tan fuerte. No tuvo la capacidad de despertar tanto fulgor del pecho de
Joel. Inexperiencia, o quién sabe qué cosa le impidió hacer aquello. No tuvo
fuerza su espíritu para dejar una raíz en la memoria del “extraño” que saqueó
su corazón. Ya no se hablaban así. Y esa frialdad primera fue el punta pie para
que Sofía entendiera que habría una distancia indeseada por ella. Joel no era
malo, por eso aceptaron seguir una amistad que los mantuviera al tanto de las
cosas de cada uno. Ella se puso, sin darse cuenta, una prueba de fuego. Tantas
veces él pidió perdón que le creyó una vez más. Si parecía sincero al pedir
disculpas. Uno puede equivocarse en muchas cosas, claro. Pero, ¿podría alguien,
un ser humano con la mente clara, enamorar a otra persona sin estar seguro de
lo que sentía? En varias oportunidades, Joel explicó que nunca sintió algo
“fuerte” y seguro por Sofía. No era profundo su querer. Y además, era solo eso,
querer. No era amor. Nunca lo fue. Nunca fue nada. Es más, fue absolutamente
nada. Todo lo que pasó, todo lo que ocurrió en una aparente realidad, toda la
secuencia de la historia tan similar a un cuento de hadas, fue creado en la
mente de Sofía. Al menos eso se pudo asegurar. La totalidad de los hechos
tuvieron como escenario su imaginación, a fin de cuentas su percepción era
diferente a la de él. Y más trágica. Porque si desde el principio Joel hubiese
puesto los puntos sobre las ies, Sofía hubiera frenado eso que crecía con pasos
de gigante. Hubiese seguido imaginando ese futuro perfecto entre sus brazos,
pero sabiendo que nada ocurriría. Por qué Joel no expresó eso en la entrada.
Por qué no aclaró que no estaba seguro de nada. Por qué tuvo que esperar hasta
que Sofía se estrellara contra una muralla. Por qué dejó que pasara. Lo dijo,
pero tarde. La noche se hundió en lo más oscuro, casi absorbiendo a la luna, y
en ese hundimiento se escapaban las ilusiones de Sofía, sin que ella opusiera
resistencia. Era tarde, muy tarde. Sofía enamorada, y él sin sentir nada. Un
oso de peluche, y muchas hojas de un cuaderno, la almohada fue cómplice de
todo, de charlas y sueños, y al final de lágrimas y tristeza. Joel nunca sintió
ese brillo radiante salir de su interior. Por eso nunca se enamoró de Sofía. Se
lo explicó, trató de no herirla, pero sabiendo que la hacia pedazos. Y a
sabiendas, también, de que se ganaba el infierno.
Sí,
se ganó un mar de penurias. No se lo deberá merecer, pero se lo ganó al jugar
con un sentimiento tan noble. En el alma de Sofía aún se escuchaban las risas
que provocaron su llegada. Quizás él nunca supo que a quien tuvo a su lado era
el ser más puro que pudo encontrar entre tanta humanidad descorazonada. Y que
de ahora en más él la convirtió en una más de tantas. En una de esas que le da
igual hoy que mañana. En una que ya no piensa en castillos de colores,
perfumados con flores campestres en las habitaciones, ni con mascotas en el
patio jugando alrededor de una mesa llena de galletitas y mate. En una que no
sueña en esforzarse por ser diferente en la capacidad de amar, y que ahora ama
igual que cualquiera. Que ya no sueña con emocionarse al llegar una hora
señalada, en un lugar determinado, o una fecha de cumpleaños. Joel tuvo en sus
manos el poder de cambiarse a él, de llenarse de dicha a cada instante sin la
necesidad de devolver la mitad de lo que recibía, y que su pase mágico era un
“buen día, te quiero”. Lo desperdició. No lo valoró, y lo arrojó a la nada como
a una colilla de cigarrillo. Sofía era una más de tantas gracias a él. Qué
orgulloso debía sentirse.
Volvieron
a hablarse, y muy diferente. Una conversación de las normales. Un “hola, ¿cómo
estás?” y nada más allá de lo formal. Seguían siendo los mismos locos de
siempre. Con las mismas actitudes, el mismo tono de confianza. Pero ahí faltaba
algo, que desapareció aquel lunes de marzo. Comenzaron a hablarse de nuevo, y
fue Joel quien puso un principio, otra vez. No soportó la idea de saber que no
sabría más nada de ella. O quizás, vio un corte en las paredes de la distancia y
sintió que era una oportunidad para mantener algo más que una amistad con Sofía.
Al fin y al cabo, ella ya sabía que con él no tendría oportunidad de escribir
una historia. Al menos no esa historia que ella tanto transmitió en sus sueños.
Entonces, él vio la posibilidad de mantener un cierto contacto afable,
cariñoso, afectuoso con ella. Una especie de contrato en el que Sofía ya había
leído la letra chica y estaba de acuerdo. No podría reclamar nada. Porque nada fue
de ella, así como tampoco nada era de él. Esa nueva, pero conocida, conversación
los llevó a la risa. Los transportó a palabras endulzadas con sacarina. Todo pretendía
ser liviano, como recomenzar un dibujo.
Después
de horas de intercambio de palabras escritas, Sofía sintió un gran alivio en su
pecho. Pudo adivinar cuando se acabó ese malestar en su estómago, mezcla de
ansiedad y nerviosismo, que la tenía frenética. Charló con él varios minutos. Le
robó sonrisas como siempre supo hacerlo. Volvió un ratito a ese día en que empezaron
a conversar, en el que se inició todo. Volvió a sentir que Joel le arrancaba el
aire. Sabiendo que nada pasó y nada podría pasar en adelante, Sofía se dejó
llevar, así como un barquito de papel en el río, con corriente al mar.

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