viernes, 22 de marzo de 2013

Capítulo 15- En la boca del león




Con la marea más calma, y los vientos soplando con tranquilidad así como en un campo rodeado de espigas y flores blancas pequeñas, Sofía vio un rayito de luz en el horizonte. Creyó que podría darse y dar a Joel una segunda oportunidad. Quizás con un poco más de tiempo los sentimientos cambiarían a su favor. Ya sabía lo que no debía hacer, no debía ceder demasiado espacio en su vida y en sus días como antes. Ahora que se sentía más animada, y con varios parches en su interior, centró su cabeza en pensamientos positivos. Ya comenzó sus clases en la Facultad y no podía permitirse que esa cuestión del corazón roto la desvíe de su meta profesional. Si bien era inevitable que deje de pensar en todo lo que pasó, ahora su mente se enfocaría en sus estudios. Con serena templanza fue tanteando el terreno que de ahora en más Joel le plantearía. En realidad, no le planteó nada claro. Solo imaginó que si él volvió a dirigirle la palabra era porque la extrañaba y era una probabilidad no muy lejana que existiera un intento de segunda vuelta. Con más calma, con más paciencia. Si bien el corazón estaba echo mendrugos, la esperanza nunca la perdió. La dejó en la mesita de luz para cuando se secaran las lágrimas que estaba derramando en esos días. La dejó ahí, al lado de su Román. Una noche vio a la esperanza descansando a su lado, la tomó y se vistió de ella de nuevo. Nunca la perdió. Su alma de nube voladora era inmune a cualquier desilusión. No lo sabía, lo supo desde entonces. Supo también que no debía repetir esos pasos, se prohibió a sí misma hacer lo que antes hizo, o no decir lo que antes no dijo. Vio una nueva probabilidad de conseguir mover alguna sensación más fuerte en Joel. Más allá de lo que quizás dijera Monserrat, o alguna de sus amigas si le contaba la historia, Sofía estaba decidida a hacer lo formulado por su alocada cabeza. Existió la opción que le dio pie para rearmar su mundo mágico entre las nubes de nuevo. Pero esta vez tendría una cuerda que la ataba del pie hasta la pata de su cama en el planeta tierra. Al menos eso ella pensó tener. Pensó asumir el control de la situación, de sus sentimientos y de lo que ocurriría.
Sofía se tomó un sábado para ella. Nada de estudiar, nada de salir a hacer compras ni de salir con sus amigas. Aprovechó la soledad de la mañana fresca y soleada que le regalaba el otoño. Luego de su desayuno cerca de las 9 y media de la mañana, buscó uno de sus libros que descansan en su mini biblioteca hecha de un porta cds reciclado, barnizado y puesto horizontalmente en la pared por encima de un armario. Tomó uno de suspenso, ese que hace años leyó y quiere revivir página por página. Se llamaba “Poco digno para una mujer” de PD James. Era la historia de una joven detective que investigaba el supuesto suicidio de un joven universitario. Esa clase de historias la fascinaban, porque la llevaban a otro espacio de la realidad. La desenchufaban de lo cotidiano y de todo lo que le venía ocurriendo. Se tomó su mañana. Se preparó el mate, le puso boldo. Se ubicó en la sala de su casa, allí donde entraba un poco de sol por la ventana. Y dejó volar las horas. Hace mucho que no se sentía como se sintió en ese momento. Y por un instante la asaltó el antojo de querer que él estuviese a su lado en ese momento.
Justo en esa semana, Sofía, se había enfermado, se resfrío por culpa de un cambio de clima medio brusco. Siempre el paso de verano a otoño la trató mal como trapo de piso. Además, las clases en las que cursaba eran de noche. La parada de colectivos frente a la Facultad, quedaba pegada a un campo grande. Por ende, siempre que había mucho viento, característica del otoño, ahí se sentía más que en otro lugar. Eso la maltrató. Y algunos afirmaban que cuando una persona está triste, las defensas bajan, y uno está más propenso a enfermarse. Pero Sofía ya casi no estaba triste. Melancólica, quizás. Obviamente, porque no se olvidaría de la noche a la mañana de algo que la marcó hasta en las venas como un tatuaje en el alma.
Joel volvió a hablar con Sofía porque ella no era como cualquier otra chica. Era de esas que no se encuentran en cualquier lugar. Y al encontrarla no debía dejar escapar. Quizás pensó que él podría poner reglas de ahora en más a la relación. A lo mejor pensó que Sofía, y su mundo de ensueños, llegarían a entender que él no podía sentir nada por ella. No le salía abrigar en su pecho algo parecido a lo que Sofía albergaba. Joel pretendió frenar eso que crecía por su culpa entre las costillas de ella. Su intención no fue confundirla, al contrario, creyó dejar todo muy en claro cuando aquella vez charlaron. Él no quiso tratarla mal, nunca lo quiso. Toda esa situación, toda esa historia se le escapó de las manos como un jabón de tocador resbaloso que cae al piso. No midió todas esas dulzuras, no controló esas miradas que dejaban desnuda el alma de Sofía. Pero, ahora sus pretensiones eran estabilizar el presente para tapar un poco el pasado del que tenía, en gran parte, la culpa del color que tomó. Si volvió fue para remendar lo descocido, y tratar de pegar con algo duradero las partes rotas del frágil cristal que terminó rompiendo por bruscos movimientos con sus manos.
Sofía sintió que se abría otra puerta. Veía por la cerradura que el otro lado estaba más claro. La mitad de abril trajo frío y un nuevo sueño: hacer las cosas mejor. Si bien, no tenía la mayor culpabilidad, supo siempre que abrir las puertas de par en par de su pecho era dejar vulnerable e indefenso a su corazón. Se propuso ir despacio y tener más paciencia. Ir más tranquila y dejar que las cosas fluyan con el correr de las agujas del reloj. Dejó pasar de nuevo a Joel en su existencia, no importó que las cosas estén desordenadas en ella. Las sillas y las mesas se encontraban tiradas, el mantel sin desempolvar, la alfombra sin barrer y algunos almohadones sin sacudir. Había un desorden inusual en el lugar. Era raro en ella estar así, pero al menos estaba mejor que hace un mes. Cosas nuevas empezaría a experimentar. Era dejar que levemente Joel vuelva a conquistar terreno, dejando totalmente de lado el dolor. Y si él se portó mal, ya no se acordaría. Sofía siempre hizo caso al núcleo de su cuerpo, nunca a su razón. En este caso el titiritero, dueño absoluto de las viseras del corazón, era Joel. Quien volvía para realizar una segunda parte.

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