Con
la marea más calma, y los vientos soplando con tranquilidad así como en un
campo rodeado de espigas y flores blancas pequeñas, Sofía vio un rayito de luz
en el horizonte. Creyó que podría darse y dar a Joel una segunda oportunidad. Quizás
con un poco más de tiempo los sentimientos cambiarían a su favor. Ya sabía lo
que no debía hacer, no debía ceder demasiado espacio en su vida y en sus días
como antes. Ahora que se sentía más animada, y con varios parches en su
interior, centró su cabeza en pensamientos positivos. Ya comenzó sus clases en
la Facultad y no podía permitirse que esa cuestión del corazón roto la desvíe
de su meta profesional. Si bien era inevitable que deje de pensar en todo lo que
pasó, ahora su mente se enfocaría en sus estudios. Con serena templanza fue
tanteando el terreno que de ahora en más Joel le plantearía. En realidad, no le
planteó nada claro. Solo imaginó que si él volvió a dirigirle la palabra era
porque la extrañaba y era una probabilidad no muy lejana que existiera un
intento de segunda vuelta. Con más calma, con más paciencia. Si bien el corazón
estaba echo mendrugos, la esperanza nunca la perdió. La dejó en la mesita de
luz para cuando se secaran las lágrimas que estaba derramando en esos días. La
dejó ahí, al lado de su Román. Una noche vio a la esperanza descansando a su
lado, la tomó y se vistió de ella de nuevo. Nunca la perdió. Su alma de nube
voladora era inmune a cualquier desilusión. No lo sabía, lo supo desde
entonces. Supo también que no debía repetir esos pasos, se prohibió a sí misma
hacer lo que antes hizo, o no decir lo que antes no dijo. Vio una nueva
probabilidad de conseguir mover alguna sensación más fuerte en Joel. Más allá
de lo que quizás dijera Monserrat, o alguna de sus amigas si le contaba la
historia, Sofía estaba decidida a hacer lo formulado por su alocada cabeza. Existió
la opción que le dio pie para rearmar su mundo mágico entre las nubes de nuevo.
Pero esta vez tendría una cuerda que la ataba del pie hasta la pata de su cama
en el planeta tierra. Al menos eso ella pensó tener. Pensó asumir el control de
la situación, de sus sentimientos y de lo que ocurriría.
Sofía
se tomó un sábado para ella. Nada de estudiar, nada de salir a hacer compras ni
de salir con sus amigas. Aprovechó la soledad de la mañana fresca y soleada que
le regalaba el otoño. Luego de su desayuno cerca de las 9 y media de la mañana,
buscó uno de sus libros que descansan en su mini biblioteca hecha de un porta
cds reciclado, barnizado y puesto horizontalmente en la pared por encima de un
armario. Tomó uno de suspenso, ese que hace años leyó y quiere revivir página
por página. Se llamaba “Poco digno para una mujer” de PD James. Era la historia
de una joven detective que investigaba el supuesto suicidio de un joven
universitario. Esa clase de historias la fascinaban, porque la llevaban a otro
espacio de la realidad. La desenchufaban de lo cotidiano y de todo lo que le
venía ocurriendo. Se tomó su mañana. Se preparó el mate, le puso boldo. Se
ubicó en la sala de su casa, allí donde entraba un poco de sol por la ventana. Y
dejó volar las horas. Hace mucho que no se sentía como se sintió en ese
momento. Y por un instante la asaltó el antojo de querer que él estuviese a su
lado en ese momento.
Justo
en esa semana, Sofía, se había enfermado, se resfrío por culpa de un cambio de
clima medio brusco. Siempre el paso de verano a otoño la trató mal como trapo
de piso. Además, las clases en las que cursaba eran de noche. La parada de
colectivos frente a la Facultad, quedaba pegada a un campo grande. Por ende,
siempre que había mucho viento, característica del otoño, ahí se sentía más que
en otro lugar. Eso la maltrató. Y algunos afirmaban que cuando una persona está
triste, las defensas bajan, y uno está más propenso a enfermarse. Pero Sofía ya
casi no estaba triste. Melancólica, quizás. Obviamente, porque no se olvidaría
de la noche a la mañana de algo que la marcó hasta en las venas como un tatuaje
en el alma.
Joel
volvió a hablar con Sofía porque ella no era como cualquier otra chica. Era de
esas que no se encuentran en cualquier lugar. Y al encontrarla no debía dejar
escapar. Quizás pensó que él podría poner reglas de ahora en más a la relación.
A lo mejor pensó que Sofía, y su mundo de ensueños, llegarían a entender que él
no podía sentir nada por ella. No le salía abrigar en su pecho algo parecido a
lo que Sofía albergaba. Joel pretendió frenar eso que crecía por su culpa entre
las costillas de ella. Su intención no fue confundirla, al contrario, creyó
dejar todo muy en claro cuando aquella vez charlaron. Él no quiso tratarla mal,
nunca lo quiso. Toda esa situación, toda esa historia se le escapó de las manos
como un jabón de tocador resbaloso que cae al piso. No midió todas esas
dulzuras, no controló esas miradas que dejaban desnuda el alma de Sofía. Pero,
ahora sus pretensiones eran estabilizar el presente para tapar un poco el
pasado del que tenía, en gran parte, la culpa del color que tomó. Si volvió fue
para remendar lo descocido, y tratar de pegar con algo duradero las partes
rotas del frágil cristal que terminó rompiendo por bruscos movimientos con sus
manos.
Sofía
sintió que se abría otra puerta. Veía por la cerradura que el otro lado estaba
más claro. La mitad de abril trajo frío y un nuevo sueño: hacer las cosas
mejor. Si bien, no tenía la mayor culpabilidad, supo siempre que abrir las
puertas de par en par de su pecho era dejar vulnerable e indefenso a su
corazón. Se propuso ir despacio y tener más paciencia. Ir más tranquila y dejar
que las cosas fluyan con el correr de las agujas del reloj. Dejó pasar de nuevo
a Joel en su existencia, no importó que las cosas estén desordenadas en ella.
Las sillas y las mesas se encontraban tiradas, el mantel sin desempolvar, la
alfombra sin barrer y algunos almohadones sin sacudir. Había un desorden
inusual en el lugar. Era raro en ella estar así, pero al menos estaba mejor que
hace un mes. Cosas nuevas empezaría a experimentar. Era dejar que levemente
Joel vuelva a conquistar terreno, dejando totalmente de lado el dolor. Y si él
se portó mal, ya no se acordaría. Sofía siempre hizo caso al núcleo de su
cuerpo, nunca a su razón. En este caso el titiritero, dueño absoluto de las
viseras del corazón, era Joel. Quien volvía para realizar una segunda parte.

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