Un día,
no recuerdo cuánto pasó desde ese 12 de marzo, Sofía estaba recostada en la cama escuchando la radio.
Aún consternada por lo que le ocurrió, le fue inevitable dejar de pensar el Joel.
No habló con él, ni él le volvió a hablar. Pensaba que quizás le estaba dando
un tiempo para “reponerse”. Claro, total a él no le quedó doliendo nada. No le
fue difícil decir aquello que dijo, y que tatuó en la frente de Sofía como una
condena. Más que otra cosa, ella sintió todo el peso de la desilusión como si
fuera un yunque de varias toneladas en sus hombros. No pudo terminar de creer
que todo fue mentira, que le vieron la cara de ilusa. Que alguien fue capaz de
hacerle lo que le hizo. Sobretodo que ese alguien, fuera Joel. No le cabio en
la cabeza que ese brillo particular en los ojos de ese “extraño” haya sido
falso. No lo creyó. Creo que si hoy le preguntara sobre eso, aún me diría que
no lo cree.
Fue todo
rápido, fue todo demasiado brusco. Idealizó ese futuro perfecto que enseñan en
lengua y literatura. Soñó un camino a la par de Joel. Sendero que terminó
aniquilado muy fácil. No la consoló aquella frase que él dijo cuando la llamó
para decirle que lo que ni empezó, se terminaba. Le dijo:
“Yo sé que con vos sería el hombre más feliz
del mundo”
Qué significó
eso. Por qué Sofía tendría que creerle si todo lo anterior no existió. Miró a
su oso de peluche, que desde aquel día se volvió invisible, y se le llenaban
los ojos de agua. Y no era un llanto desconsolado, era un desborde de lágrimas
que no pudieron contenerse más. Sus caídas eran automáticas, al ritmo del lento
parpadeo de quien está triste por estar quebrada.
Realmente,
a Sofía se le confundieron los hechos. Su inexperiencia para habilitar como
capitán a su razón no la dejaba tranquila. El día era soleado. El sol entraba
por su ventana e iluminaba más su cuarto porque resplandecía entre las cortinas
blancas bordadas de flores. En su reproductor de música seguía sonando
canciones lentas autodestructivas. Como aquel que usa agua, jabón y detergente
para limpiar un recipiente, Sofía limpiaba su corazón con lágrimas. Así de a
poco iría quedando libre de tristeza, aunque necesitara mucho tiempo para eso.
Pasaban
las horas del día, realizaba las tareas lo más tranquila posible, tratando de
que nadie en su casa notara esa situación que la tiene a mal traer por las
noches, más que por las mañanas.
“¿Por qué lo hizo? ¿Estaba aburrido y no tuvo
otra cosa que hacer?”
La invadieron
extrañas explicaciones. La invadió una angustia muy profunda, la dejó como
trapo de piso deshilachado. No debió, simplemente, entregar semejante poder a Joel.
No debió volverse una ciega y regalarle plena confianza. Debió caminar con
cautela, despacito. Pero, ¿cómo? Si él no demostraba otra cosa más que
seguridad. Esa que nunca tuvo. Era profesional en engañar de esa forma. Muy por
el contrario, Sofía era más transparente que el agua de río. Nunca demostró
otra cosa más que lo que sintió. Y seguía sintiendo. Compró cada una de las
palabras que le dijo, compró de los detalles que tuvo con ella la más barata de
las ilusiones. Compró y la estafaron. Ahora vestía un manto de abatimiento que
no sabía cómo ocultar. Es como si quisiera disimular que le duele nada, en
cambio, le dolía todo. Como querer evitar que la lluvia no la mojara teniendo
un paraguas roto y lleno de agujeros.
Los días
pasaban rápido. En realidad, el tiempo era relativo. Los minutos corrían a mil
por hora, y en otros momentos dos horas eran un segundo. Y como si el mundo
boicoteara a Sofía, cada cosa que se lo ponía en frente le hacía recordar a él.
Un cigarrillo, una canción, su nombre, una frase, un mate, o simplemente alguien
que se le parezca. A punto de explotar por eso, decidió acudir a una de sus
amigas, una de sus alas en ese momento. Sofía todavía no contó nada sobre Joel.
Tuvo que hacerlo en ese momento, sino no soportaría ella sola semejante traje
de plomo. Largos minutos le llevaron explicarle todo, al menos lo más
importante. Pero, Monserrat su amiga, dijo que sería mejor juntarse. Mate de
por medio la tranquilizaría mucho más en su compañía. Y así fue, al día
siguiente por la mañana la visitó. Entre galletitas, los mates, y pañuelitos
descartables, Sofía descargó gran parte de su nudo de garganta. La ayudó mucho.
Volvió a su casa un poco más aliviada, y agradeció infinitamente el oído
prestado de su amiga.
Corrían
las dos de la tarde cuando sonó el celular de Sofía. Era Joel. Agarró el teléfono
y antes que le diera un pico de baja presión, atendió. Una voz del otro lado
habló antes que Sofía dijera “hola”. Esa voz, que tantas veces le traspasó la
piel, y que supo elevarla hasta la estrella más cerquita de la luna, dijo:
“¿Cómo estás?”
Al menos
se preocupó en llamar. Pero, ya que caso tiene, lo dicho, dicho está, dolió y
dolerá. Seguirá doliendo como un clavo en el oído. Porque aquellos que poseen
buena memoria, sufren más. La mente es engañosa, Sofía se deja manipular por
ella. Y sus recuerdos, tarde o temprano la traicionarán, quiera o no, pase el
tiempo que pase.
Hablaron
por unos minutos. Joel seguía intentando explicar lo que Sofía ya no tenía ganas
de saber. Lo escuchaba, pero no le prestaba demasiada atención. Es más, ni
siquiera recuerda bien lo que se dijeron en ese momento.
“Estoy bien” mintió una vez más ella.
Total,
a él ya no le importaba, si es que alguna vez le importó. Si es que alguna vez
sintió algo, aunque sea mínimo por Sofía, ya desapareció. Esa charla no hizo más
que darle un poquito de calma a ella. Escucharlo era como un estupefaciente,
aunque suene exagerado. Calmó las aguas revoltosas del corazón vencido de Sofía.
Era él. La llamó para saber cómo estaba, aunque sea. Era él. Era su sol, aunque
en su pecho todo estaba nublado a punto de llover.

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