lunes, 11 de marzo de 2013

Capítulo 12- El llamado




Un día, no recuerdo cuánto pasó desde ese 12 de marzo, Sofía  estaba recostada en la cama escuchando la radio. Aún consternada por lo que le ocurrió, le fue inevitable dejar de pensar el Joel. No habló con él, ni él le volvió a hablar. Pensaba que quizás le estaba dando un tiempo para “reponerse”. Claro, total a él no le quedó doliendo nada. No le fue difícil decir aquello que dijo, y que tatuó en la frente de Sofía como una condena. Más que otra cosa, ella sintió todo el peso de la desilusión como si fuera un yunque de varias toneladas en sus hombros. No pudo terminar de creer que todo fue mentira, que le vieron la cara de ilusa. Que alguien fue capaz de hacerle lo que le hizo. Sobretodo que ese alguien, fuera Joel. No le cabio en la cabeza que ese brillo particular en los ojos de ese “extraño” haya sido falso. No lo creyó. Creo que si hoy le preguntara sobre eso, aún me diría que no lo cree.
Fue todo rápido, fue todo demasiado brusco. Idealizó ese futuro perfecto que enseñan en lengua y literatura. Soñó un camino a la par de Joel. Sendero que terminó aniquilado muy fácil. No la consoló aquella frase que él dijo cuando la llamó para decirle que lo que ni empezó, se terminaba. Le dijo:
“Yo sé que con vos sería el hombre más feliz del mundo”
Qué significó eso. Por qué Sofía tendría que creerle si todo lo anterior no existió. Miró a su oso de peluche, que desde aquel día se volvió invisible, y se le llenaban los ojos de agua. Y no era un llanto desconsolado, era un desborde de lágrimas que no pudieron contenerse más. Sus caídas eran automáticas, al ritmo del lento parpadeo de quien está triste por estar quebrada.
Realmente, a Sofía se le confundieron los hechos. Su inexperiencia para habilitar como capitán a su razón no la dejaba tranquila. El día era soleado. El sol entraba por su ventana e iluminaba más su cuarto porque resplandecía entre las cortinas blancas bordadas de flores. En su reproductor de música seguía sonando canciones lentas autodestructivas. Como aquel que usa agua, jabón y detergente para limpiar un recipiente, Sofía limpiaba su corazón con lágrimas. Así de a poco iría quedando libre de tristeza, aunque necesitara mucho tiempo para eso.
Pasaban las horas del día, realizaba las tareas lo más tranquila posible, tratando de que nadie en su casa notara esa situación que la tiene a mal traer por las noches, más que por las mañanas.
“¿Por qué lo hizo? ¿Estaba aburrido y no tuvo otra cosa que hacer?”
La invadieron extrañas explicaciones. La invadió una angustia muy profunda, la dejó como trapo de piso deshilachado. No debió, simplemente, entregar semejante poder a Joel. No debió volverse una ciega y regalarle plena confianza. Debió caminar con cautela, despacito. Pero, ¿cómo? Si él no demostraba otra cosa más que seguridad. Esa que nunca tuvo. Era profesional en engañar de esa forma. Muy por el contrario, Sofía era más transparente que el agua de río. Nunca demostró otra cosa más que lo que sintió. Y seguía sintiendo. Compró cada una de las palabras que le dijo, compró de los detalles que tuvo con ella la más barata de las ilusiones. Compró y la estafaron. Ahora vestía un manto de abatimiento que no sabía cómo ocultar. Es como si quisiera disimular que le duele nada, en cambio, le dolía todo. Como querer evitar que la lluvia no la mojara teniendo un paraguas roto y lleno de agujeros.
Los días pasaban rápido. En realidad, el tiempo era relativo. Los minutos corrían a mil por hora, y en otros momentos dos horas eran un segundo. Y como si el mundo boicoteara a Sofía, cada cosa que se lo ponía en frente le hacía recordar a él. Un cigarrillo, una canción, su nombre, una frase, un mate, o simplemente alguien que se le parezca. A punto de explotar por eso, decidió acudir a una de sus amigas, una de sus alas en ese momento. Sofía todavía no contó nada sobre Joel. Tuvo que hacerlo en ese momento, sino no soportaría ella sola semejante traje de plomo. Largos minutos le llevaron explicarle todo, al menos lo más importante. Pero, Monserrat su amiga, dijo que sería mejor juntarse. Mate de por medio la tranquilizaría mucho más en su compañía. Y así fue, al día siguiente por la mañana la visitó. Entre galletitas, los mates, y pañuelitos descartables, Sofía descargó gran parte de su nudo de garganta. La ayudó mucho. Volvió a su casa un poco más aliviada, y agradeció infinitamente el oído prestado de su amiga.
Corrían las dos de la tarde cuando sonó el celular de Sofía. Era Joel. Agarró el teléfono y antes que le diera un pico de baja presión, atendió. Una voz del otro lado habló antes que Sofía dijera “hola”. Esa voz, que tantas veces le traspasó la piel, y que supo elevarla hasta la estrella más cerquita de la luna, dijo:
“¿Cómo estás?”
Al menos se preocupó en llamar. Pero, ya que caso tiene, lo dicho, dicho está, dolió y dolerá. Seguirá doliendo como un clavo en el oído. Porque aquellos que poseen buena memoria, sufren más. La mente es engañosa, Sofía se deja manipular por ella. Y sus recuerdos, tarde o temprano la traicionarán, quiera o no, pase el tiempo que pase.
Hablaron por unos minutos. Joel seguía intentando explicar lo que Sofía ya no tenía ganas de saber. Lo escuchaba, pero no le prestaba demasiada atención. Es más, ni siquiera recuerda bien lo que se dijeron en ese momento.
“Estoy bien” mintió una vez más ella.
Total, a él ya no le importaba, si es que alguna vez le importó. Si es que alguna vez sintió algo, aunque sea mínimo por Sofía, ya desapareció. Esa charla no hizo más que darle un poquito de calma a ella. Escucharlo era como un estupefaciente, aunque suene exagerado. Calmó las aguas revoltosas del corazón vencido de Sofía. Era él. La llamó para saber cómo estaba, aunque sea. Era él. Era su sol, aunque en su pecho todo estaba nublado a punto de llover.

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