Quince
días después aproximadamente, Sofía estaba más calmada. Más tranquila y con la
cabeza más fría. Su pecho seguía bastante destrozado, pero con los pedazos se
propuso reponerse. Esa mañana se despertó más temprano de lo normal. Tomó uno
de los libros que estaba leyendo, se sentó cerca de la ventana en la sala
comedor de su casa aprovechando que no había nadie. Ya que todos salieron a
realizar sus obligaciones.
Cuando
despertó tuvo el impulso de mirar su celular y esperar el clásico “buen día”,
que siempre le enviaba Joel. Pero no había ningún mensaje. Tuvo, también,
el impulso de mandarle ella un texto. Su
razón, o su orgullo, ganó la pulseada y no lo hizo. Al cabo de media hora de
lectura, o de intentar leer, Sofía decidió salir con su bicicleta por ahí. Dar
un par de vueltas en el barrio con los auriculares puestos, perdiéndose del
mundo y de los que habitan en él. Despojarse de pensamientos que la llevaban a ponerse
triste. Siguió los consejos de su amiga:
“Tenés que sacarlo de tu cabeza. Tratá de no
pensar en él.”
Sofía
trataba. Trató en muchos momentos no caer en pensar en Joel. Mostraba interés
en hacer las cosas de su casa, no porque antes no lo hiciera con afán sino
porque ahora estaba obligada a desviar su mente. En cualquier lugar, de
cualquier manera, si no pensaba en sus estudios debía pensar en otra cosa que
no tuviera que ver con él. Y como si el universo conspirara en su contra, cada objeto
o entidad diminuta que se le cruzaba lo recordaba. Ella sabía que eso pasaría. Estaba
segura que no podría tener su pensamiento lejos de Joel. Cómo hacerlo si, había
invadido cada segundo de su reloj diario. No le gustaba decir que era algo así
como, dependencia, porque no lo era. No lo atosigaba con mensajes a cualquier
hora o con preguntas de una celosa delirante. Pero, en su cabeza sí. En su
cabeza estaba él, y nadie más que él. Y se arriesgaba a que la llamen loca, en el
sentido en que dejaba que tan rápido entrara alguien a su mente. Se dejaba
manipular mentalmente, en su mundito de sueños, pero porque le encantaba que el
que tuviera el timón fuera esa persona que sintió marcada para acompañarla
hasta su vejez. Y eso lo sintió en un abrazo. Claro, ella es de las que viven
en su nube, esa que cree en una sonrisa, que cree en una mirada. Y por eso fue
muchas veces juzgada.
“Vos confías mucho. Ojalá fuera como decís.”
Las personas
que la rodeaban siempre, no por pisotear su espíritu sino porque la querían, le
advertían que no todos son como ella pensaban que era.
Pero,
ella vio en Joel alguien como ella. Es más, hoy en día sigue segura que así es.
Podría poner las manos en el fuego cuando aseguraba que él era así, entregado a
cada cosa, bueno de corazón. En sus ojos lo vio siempre, en el brillo de su
mirada. En ese único brillo que la dejó dormida en la historia. La marcó como
un sello en una carta postal. Como carbón ardiente en cada rincón de su piel
que tocó, y no tocó. La marcó. Porque ella no vio su cuerpo, no admiró sus
manos, ni su cintura ni su panza ni nada corporal. Ella entró en sus ojos, como
él entraba en sus sueños cada noche para allí realizar lo que deseaba con
fuerzas en la vida real. Entró en ese resplandor que destilaba de sus pupilas. Vio
su interior. Lo vio nítido, transparente. Abrió su pecho y lo vio. Lo deslumbró
al instante. Se cegó, entregó su corazón confiando en que Joel nunca lo
destrozaría. Y se equivocó. Aprendió, claro que sí. Se magulló su pecho, como
si aprendiera a andar en bicicleta y se raspara las piernas. Se raspó más que
el alma. Y se estaba reponiendo.
Ya pasaron
días desde que todo se dio vuelta. Venía trazando un camino lleno de luz, de
esperanza, de imaginar su mano tomada de otra que le dijera que todo está bien.
Que la hiciera reír de la nada, que le hiciera cosquillas y llorar de
carcajadas. Y eso se quemó con un chispeo de encendedor.
“No me nace darte otra cosa más. Perdoname, no
fue mi intención lastimarte”
Sofía
quiso creer siempre en sus palabras. Y siempre lo hizo. Aun esos “perdoname” Aún
con todo el enmarañamiento de pensamientos y sentimientos. Aún pasando de detestarlo
a sentir que lo quería con todas las fuerzas de su existencia. Porque esto último
pasaba la mayor parte del tiempo, si no el 98 por ciento del día. Y cómo no, si
él sacudía sus neuronas y las dejaba en júpiter.
No habrá
durado muchos meses. No habrá durado años. No habrá durado siglos. Quizás Joel ahora
ya ni se acuerde de Sofía. Tal vez mañana le digan su nombre y él no sepa quién
fue. Posiblemente en su memoria la haya borrado definitivamente. Quién sabe, si
apenas un mes más tarde de esos tres días después ya su nombre no era nada, si
es que lo fue. Sofía no pretendió marcarse a fuego, nunca presumió de su gran amor
hacia él. Siempre con humildad sus “te quiero” se escapaban de entre sus
costillas. Supo llenar esos días de felicidad. Supo Joel, hacerla feliz. Y ella
intentó llenarlo a él de risas. Él quedó inmortal en su corazón. Ella… no se
sabe.
Sofía
lo quiso, de verdad lo quiso.

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