lunes, 4 de marzo de 2013

Capítulo 11- Las cosas están mal




La mañana siguiente de la triste noticia, Sofía se levantó muy aturdida, todavía le dolían los ojos de tanto llorar, no se les hinchó sólo porque ella lo controló. No quería que su familia preguntara. Principalmente porque no sabían de Joel, y segundo porque a la primera pregunta de qué era lo que le pasaba, no aguantaría y se quebraría en llanto al instante. Al despertarse se fregó los ojos, se sentó en la cama. Se quedó mirando el piso por algunos minutos, y en realidad no lo miraba, tenía la visión perdida. Miraba el aire, miraba la nada. Retenía las lágrimas como podía. Trataba de pensar en otra cosa, y no en “eso” que le pasó con Joel. Miró su celular para ver la hora, y eran las nueve de la mañana y cinco minutos. Se puso de pie, no supo cómo, se vistió, con lo que encontró a su mano. Abrió la puerta de su habitación, y como siempre su perrita pasó corriendo y se subió a la cama. Todas las mañanas la saludaba de la misma forma, ladrándole y moviendo su cola. Sofía la acariciaba y jugaba con ella un rato, siempre. Todas las mañanas. Pero esa no. Esa mañana ella no tuvo ganas, nada más le rascó la cabeza y se fue. Entró a la cocina, prendió la hornalla para calentar el té. Saludó a su mamá, justo estaba saliendo a hacer las compras. Sofía quedó sola en casa. En realidad, quedó junto a su perrita, que después de saludarla se fue a acostar a su pequeño colchón que tiene en la sala de la casa. Se lavó la cara. Buscó la mermelada en la heladera, la llevó a la mesa junto al recipiente de azúcar. Se sirvió el té, lo mezcló con leche. Se sentó en la mesa del comedor, prendió la televisión para ver el noticiero del canal 9, sólo para que algo de ruido le haga compañía. Miraba su celular, por las dudas si le llegaba un mensaje de Joel diciendo “buenos días”. Al menos diciendo eso. Pero nada, veía sólo su fondo de pantalla: una foto del oso de peluche. Terminó de revolver el azúcar en el té con leche, y se secó una lágrima del ojo con una mano antes de agarrar la taza. Los sorbos mezclaban el llanto con lo dulce del desayuno. No tenía ganas de tomar nada, pero si no lo hacía corría el riesgo de desmayarse por ahí por baja de presión arterial.
A decir verdad, Sofía no recuerda lo que pasó ese día, ni los dos siguientes. Lo que se puede asegurar es que volvía a ver esa conversación que tuvo con Joel una y otra vez, y se la podría tildar de masoquista, pero es que aún no creía en lo que pasó. Cómo creerlo si hasta hace pocas horas todo estaba tan bien, todo era claro como el agua, todo marchaba hacia el norte, para arriba. Todo calzaba en su justa medida, donde miraba veía rosas floreciendo, sentía como le quemaba los rayos del sol, como el viento de marzo le despeinaba el pelo, como no le importaba nada malo de lo que pudiera pasar, porque ahí estaría él, sacándole una sonrisa y elevándola a otro universo. Pero, ya no, y ni siquiera sabe por qué, qué culpa tuvo ella en todo ese asunto, qué fue lo que olvidó decir o hacer para que todo eso acabe sin empezar.
Realmente, el día siguiente a los tres días después, Sofía no hizo nada. Sólo pensaba en que no entendía qué pasó, y aún hoy, casi un año más tarde, no lo sabe. Básicamente respiró. Respiró, habló, se movió. Y todo lo hizo como un robot. El sentido de las cosas que hacía no lo encontró. Joel no aparecía, ni siquiera para preguntar cómo estaba ella. Ni siquiera un “hola”, ni siquiera otro “perdoname”. Él no apareció, se volvió a convertir en un “extraño” desconocido. Antes ella lo conocía, sus gestos, sus sonrisas, sus muecas, sus lunares, el brillo de sus ojos. Al menos, Sofía creyó conocerlo. Pero no. Era un desconocido. No era nadie, y a la vez era todo. Porque con tanta facilidad se construyó un castillo imaginario donde ella descansaba en aposentos con almohadas que olían a jazmines y algodón. Con cortinas hasta el piso de color “naranja amanecer”, y un escritorio de madera caoba oscura donde reposaban sus novelas y sus libros de misterio. Pero donde lo más lindo de todo lo aportaba la voz de Joel exclamando cuanto la quería y deseaba pasar el resto de su vida. Recordando ésto, Sofía sintió como si leyera en ese mismo momento aquel mensaje en donde él le dijo: “cuando vivamos juntos, me vas a cocinar cosas ricas?” Y todo porque ella le contaba que estaba fritando milanesas mientras hablaba con él. Se le escapó una sonrisa desvergonzada. Imaginó lo lindo que sería si ocurriera eso. Lo bien que le sentaría el vestido de la felicidad si eso fuese real. Pero como una piedra que cae desde un piso 20, cayó a la realidad. A su miserable realidad.
Trató, mucho, con todas sus fuerzas, pensar en otra cosa. No pensar en él, no pensar en Joel. Tratar de desviar sus neuronas, explotarlas si fuese necesario. Pero descubrió, con un asombro desmedido y esperanzas mutiladas, que no podía hacer otra cosa más que pensar en él. ¡Y cómo no! Si en su habitación descansaba un oso de peluche a medio sonreír con un corazón rojo furioso que le recordaba que todo fue mentira. Inmediatamente le asaltó esa idea, de empezar a creer que todo, (si es que existió un todo), era mentira. Como si una construcción de cemento de 30 centímetros de grosor estuviera reposando sobre un caballete hecho de palitos de helado. Le nació ese sentimiento de desprecio, de humillación, de insulto, de creerse tonta, de creerse estúpida, boba, de abusar de inocente. De imaginarse a él riéndose de ella, de casi verlo frente suyo con una risa burlona despreciando su afecto, creyendo tenerla en sus manos. Y así era, Sofía estaba en sus manos. Era una marioneta maleable a los gustos de Joel. No porque hiciera todo lo que él quería que hiciese, sino porque se cegó ante su brillo, y puso el corazón potente de ternura y gordinflón de sueños, en sus manos.
Quería disimular esa tristeza, sabía cómo hacerlo. Era experta en eso. Ella misma era un océano que ni siquiera su espejo conocía en profundidad. Sacó las fuerzas de donde pudo. Ganó la pelea ante el llanto. Aguantaba como heroína. Sólo cuando estaba sola se desvestía de ese disfraz de “nada  me pasa”, y podía ser ella. Solo la almohada la consolaba. Y en una tormenta de bronca, de desilusión, de incertidumbre, pasaba las horas. Ya habían pasado dos días del lunes. De esos tres días después. Qué pobre el sabor que quedó. Por primera vez se sintió importante para alguien, realmente importante para alguien… y fue mentira.

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