viernes, 1 de marzo de 2013

Capítulo 10- Tres días después




Anotaciones de la escritora que te cuenta ésta historia:
Qué rápido pasa el tiempo. Ahora me pongo a pensar que pasó casi un año de todo. De lo que pasó con Sofía y Joel en esos días de pleno sol. De plenitud en amores. De florecimiento en sus ojos que reflejaban las razones por las cuales palpitaban sus pechos. O al menos el de ella. Yo no estoy segura, Sofía nunca me lo contó de manera exacta, pero puedo suponer que ella sintió más. De qué, tampoco lo sé con seguridad. Lo único que puedo afirmar y por lo cual puedo poner las manos en el fuego es que ella abrigó un sentimiento que él no tenía en sus adentros. Que Joel hizo que sintiera eso, y así fue. Que no sé bien qué fue lo que quiso conseguir, pero lo consiguió. Después pasó, lo que ahora voy a contarte. Y sin prejuicios certifico que quizás de ahora en más Joel no caiga tan bien como hasta ahora cayó simpáticamente. Algo hizo. Y si bien podría decirse que Sofía tiene un porcentaje de culpabilidad, yo digo que sí, la tiene, pero en su defensa aclaro y recuerdo que se enamoró. Y que se haya enamorado no es una vestidura que la vuelve inmune a las acusaciones que se le pueden hacer. Pero, ella creyó en algo que no tenía soporte en la realidad. Y así le fue.

Cuando Sofía apoyó su cabeza en la almohada no hizo otra cosa más que agradecer al cielo lo afortunada que era al tener a su lado a una persona como Joel.  Miraba el regalo que tenía frente a ella, le sonrió sin querer. Se dio vuelta en la cama, y se quedó dormida pensando y repasando en lo que vivió en ese día. Empezaba para ella una nueva etapa. Llegó ese alguien que le haría bien. Ese alguien que funcionaría como medicina diaria para ella. Sacándole sonrisas, robándole carcajadas, adueñándose de cada uno de los segundos de los días.  Ahí estaba ella, soñando despierta como siempre. Con la cabeza pegada al cuerpo, pero volando entre las estrellas. Un mensaje de buenas noches sentenció el escape hasta la luna de su mente y sus neuronas.
“Con que así es esto del amor. Tener carita de boba en todo momento… ¡Qué lindo!”
Se despertó el domingo más feliz que aquel que toma un colectivo semivacío en hora pico un lunes. Hacía las cosas sin pensarlas, de forma automática, teniendo la cabeza en otro lado, o en otro cuerpo, mejor dicho.
Pasado el mediodía recibió un mensaje, era él, quién más.
“Hola! Todo bien?”
Fue realmente corto. Y bastante carente de afecto, algo raro para alguien que te considera importante en su vida. Contestó ese mensaje de texto. Le preguntó cómo estaba y qué haría en el día, para empezar la conversación. Después de varios minutos llegó la respuesta.
“Bien, bien, voy a salir con amigos.”
“Ah, qué bueno mi sol! No te desabrigues, hoy está medio fresco. Comiste algo?
Esperó. Esperó. Esperó. Y siguió esperando por horas. Nunca llegó una respuesta. Bueno, pensó que quizás dejó su celular en otra habitación y por eso no lo escuchaba. O que ya lo pasaron a buscar sus amigos, o que se quedó sin crédito. En fin, respondería cuando lo lea, quizás a la noche. O por la mañana del lunes, temprano, antes de irse a trabajar. Se excusaba ella misma y en seguida pensó en otra cosa. Se acercaba la fecha para anotarse en las materias que cursaría en la facultad y fue en eso que enfocó su mente, en fijarse el listado de cátedras para ir acordando cuál haría ese cuatrimestre.
Llegó la noche, y no hubo respuestas de Joel. Sofía no podía disimular su impaciencia por saber el por qué no contestó, sentía una revolución en su estómago, mezcla de nervios con ansiedad. Por un momento se le cruzó por la cabeza la posibilidad de enviar de nuevo un mensaje, pero la descartó de inmediato para no parecer una chica sofocante. Mejor dejarlo así, quizás nunca le llegó ese texto, existía esa opción, ya que no siempre las compañías de celulares funcionan con efectividad al ciento por ciento. Se convenció que era mejor la idea de esperar a la mañana siguiente, cuando esté frente a la computadora y pueda enviarle mensajes desde conversaciones en la red social.
Durmió como pudo. Al final de tanto pensamiento se calmó y pudo pegar los ojos. Eran las 10, y algunos minutos, de la mañana del lunes 12 de marzo. Lo vio conectado desde su trabajo. Le mandó un mensaje.
“Hola mi sol!”
Esperó contestación. Llegó.
“Hola!”
Sólo eso. Un medio seco “hola”. Pero después llegó:
“Ayer no te respondí, perdóname. Comí pizzas con mis amigos. Cómo estás?”
“No importa… Yo, bien, por tomar mates. Tengo un mensaje para vos”. Trató de crear cierta expectativa para ver cómo reaccionaba él.
“Cuál?”. Dijo Joel.
“Te quiero mucho!”. Dejó soltar casi sonrojándose, pero con la despreocupación de que él no la veía. Y respondió.
“Yo también… Pero no me siento bien.”
Cuando leyó eso, Sofía pensó que le dolía un poco la panza, o quizás la cabeza. Le preguntó qué le pasaba, por qué se sentía así. Joel respondió algo que ni en el más remoto pensamiento de Sofía podía ocurrírsele.
“Siento que no puedo dar más de lo que hasta ahora te di. Sé que te puedo estar lastimando con lo que te digo, pero prefiero esto antes que seguir con algo que no siento y lastimarte peor.”
Está de más decir que a Sofía se le cayó medio mundo al leer esas pocas líneas. No. No, no, no. Se negaba a creer que eso que estaba leyendo fuese verdad. Y entonces preguntó.
“Por qué? Qué pasó? Hice algo malo?”. Quería encontrar explicación a ese baldazo de agua helada que cayó encima de su cabeza.
“No, no sos vos. Pasa que no siento que pueda llegar a darte algo más que lo que te di hasta ahora.”
Sentenció Joel. Qué hacer en un momento así. A Sofía no se le ocurrió otra cosa que quedarse asombrada y sin poder moverse de su silla. Petrificada frente a la pantalla de la computadora. No le salía el llanto. No le salía la risa nerviosa. No le salía expresar nada. No se movió por largos minutos, más largos que los de costumbre, eternos minutos. Y como no escribió más, Joel le mandó otro mensaje.
“Te puedo llamar?”
“Sí, dale” le salió decir a Sofía. Qué más quedaba. Aún en shock, hablaría con él. Para saber más, si se puede.
Pasaban las 12 y media del mediodía. Era la hora del descanso de Joel en el trabajo. La llamó. Hablaron. Él no hizo otra cosa más que seguir explicando lo que ya explicó. Con las mismas palabras, esta vez con un “perdón” detrás de cada una. Hablaron, en realidad habló él. A Sofía no le salían las palabras. No le salía nada. Él habló. Explicó. La hizo llorar. La hizo llenar de dudas, de preguntas, de bronca, de ira, de desilusiones, de incertidumbres, de lágrimas. De pena. Le llenó el pecho de penas, de tristeza.
Cortó el teléfono. Fue a almorzar. Se fue a recostar, quería dormir, y en realidad no podría. Sabría que no podría. Lloraba. Lloró lo suficiente para ahogar la bronca del momento. Después de unas horas, Joel le preguntó cómo se sentía. Sofía no respondió. Lo hizo, pero después de unas horas más.
“Bien… creo.” Mintió ella.
Llegó la noche, sin saber cómo. Y no queriendo saber nada. No se explicaba, no caía. Flotaba. No sabía cómo, por qué, cuándo, dónde. Qué pasó. Qué hizo.
La almohada que hace tres noches era testigo de sus sueños, del plan para el futuro, de sus risas de ensueño, ahora testificaba su tristeza. Esas cuatro paredes que atesoraban su historia de amor con Joel, que acogieron la llegada de Román, el regalo de cumpleaños, se entristecían al verla abatida. Sin camino. Sin respuestas.
Tres días después. Fueron exactamente tres días después. Ese castillo de oro puro que formó Sofía a su alrededor, se convirtió en un cajón de manzanas con los clavos hacia fuera con intenciones de lastimar. Tres días, desde aquella noche en que nació Román, cuando nació su ilusión, el comienzo de su romance.
¿Qué hizo Joel? ¿Acaso le mintió? ¿Se rió de ella? ¿Se burló? Él sabía, y supo siempre que con sus acciones y sus maneras de tratarla la estaba enamorando. Es más, lo dejó en evidencia al contarle que le tenía preparado un regalo que “la iba a enamorar”. Eso hizo, porque eso se propuso. Con cada detalle, cada atención, cada palabra. Con aquel beso. Ese beso épico en el que le dijo “te quiero”, por primera vez. La vez que por mensaje le dijo “te amo”.
Lo único que se cruzaba por la cabeza de Sofía era una duda, una pregunta que la acosaba: ¿Acaso fue todo mentira?

No hay comentarios:

Publicar un comentario